Cita Histórica


“El único árbitro de nuestro destino es la voluntad soberana de nuestra Patria”
Pedro Albizu Campos

 

Puerto Rico • 22 al 28 de mayo de 2008

 

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La miseria del sindicalismo puertorriqueño PDF Imprimir E-Mail
Reinaldo Pérez Ramírez/Especial para Claridad   

...“éramos demasiado distintos
y demasiado parecidos.
No podremos engañarnos,
lo que hace difícil el diálogo.”
Jorge Luis Borges
“El Otro”, El libro de arena

La Federación de Maestros de Puerto Rico es la organización sindical independiente más grande del país, si consideramos el número de afiliados que representa. Como organización ha ocupado los diferentes espacios que la ley le ha reconocido en diferentes momentos de su historia. Nació como asociación bona fide de empleados de gobierno independiente y autónoma, organizada bajo una ley, la 134 de 19 de julio de 1960, que permitía promover el bienestar general de empleados públicos sin que sus representados pudieran ejercer el derecho a la negociación colectiva, y mucho menos el derecho a la huelga. Se convirtió en afiliada de la organización sindical norteamericana American Federation of Teachers, de la que se desafilió posteriormente por determinación de su matrícula, bajo su actual liderato. En 1998 junto a los empleados de la mayoría de las agencias del gobierno central que no son corporaciones públicas, a través de la Ley 45 obtienen el derecho a la negociación colectiva, limitado en diversos extremos que sería prolijo discutir aquí.

Al día de hoy, a pesar de las cualificaciones académicas que se les requiere y de la importancia de su labor, los maestros del Departamento de Educación devengan salarios más bajos que infinidad de empleados públicos de todo tipo. Para sólo resaltar un ejemplo -sin desmerecer la importancia de la labor de unos y otros- un maestro devenga un salario inferior al de un policía. Esos mismos maestros de salón de clase, eligieron en votación democrática al liderato que dirige la organización. Aun aquellos que coinciden con el perfil público que ha configurado la prensa comercial interpretando de manera parcializada las expresiones de estos líderes, deben admitir que las condiciones de trabajo de los maestros -incluyendo sus salarios- son patentemente injustas. Mientras tanto, a lo largo de los años el Departamento de Educación se ha convertido en un leviatán burocrático, que consume el porcentaje mayor del presupuesto de gasto público de todos los departamentos de la Rama Ejecutiva del Gobierno de Puerto Rico, el que, dicho sea de paso, constituye -si no el mayor- uno de los porcentajes más altos dedicado por gobierno alguno en el mundo a la educación pública. Lamentablemente, esa extraordinaria inversión no se ha traducido en resultados ni para los estudiantes ni para los maestros, ni para el país.

La Ley 45 que les concedió el derecho a negociar a decenas de miles de empleados públicos que antes no lo tenían –incluyendo los maestros y otros empleados del Departamento de Educación- prohíbe las huelgas como mecanismo de presión. Es por haber expresado esa intención que la Federación de Maestros ha sido descertificada como representante de los trabajadores al determinar la Comisión de Relaciones del Trabajo del Servicio Público que había “promovido” y “decretado” una huelga. Sus oficiales han sido desautorizados a actuar a nombre de los empleados y han sido sujetos a una amplia orden mediante la cual se les expone a multas por el solo hecho de haberse expresado. El Fondo de Huelga del Sindicato ha sido congelado. El mecanismo de arbitraje ha sido dejado sin efecto. Mientras todo esto ocurre, la Federación enfrenta un reto de la Asociación de Maestros, aparentemente apoyada por la SEIU, en la que ésta le disputa el derecho a ser la representante exclusiva de los maestros bajo la Ley 45.

Frente a este ominoso panorama, debe resultar obvio para cualquier observador imparcial que la única opción de la Federación es la de luchar por los derechos de sus afiliados y los de la propia organización. Los maestros, que tenían la expectativa real de que el Departamento de Educación negociase un Convenio justo, se han convertido en rehenes de los medios de comunicación, que los proyectan como enemigos de los estudiantes, de sus padres, del país.

Todos los que conocemos el proceso de negociación colectiva sabemos que la opción de la huelga es un último recurso que nunca quisiéramos utilizar. Pero el solo hecho de poder invocarlo como derecho, es un arma poderosa que la clase trabajadora no puede aceptar que ha perdido, aun cuando esté sea consciente de que el ordenamiento jurídico no se lo reconozca. Examinemos sólo dos ejemplos. En 1974, la propia Federación, siendo una organización bona fide bajo la Ley 134, realizó una huelga a pesar de que el estado de derecho no se lo permitía. A partir de ésta se fortaleció como organización y, eventualmente -luego de la Ley 45- negoció su primer Convenio Colectivo. En 1992, la Unión de Abogados de la Sociedad Para la Asistencia Legal demandó ante el Tribunal Federal a los jueces de nuestro Tribunal Supremo, que habían permitido el encarcelamiento de varios abogados por haber ejercitado su derecho a actividades concertadas protegidas por la ley federal. Un oportuno acuerdo en la mesa de negociaciones evitó que el Tribunal Federal resolviera el asunto.

Es por eso que llama la atención el fragmentado discurso lleno de contradicciones del sindicalismo puertorriqueño, ante a la situación extrema de indefensión jurídica en que han quedado los maestros frente a la prematura descertificación de la Federación. Aunque ello responde a la realidad de intereses y características de las organizaciones -grandes y pequeñas, nacionales y norteamericanas- que conforman el escenario sindical del país, todos deberíamos repudiar al unísono el que pueda dejarse sin franquicia a una organización en medio de un proceso de negociación por el hecho de haber expresado su disposición a violar la Ley, sin que todavía dicha violación haya ocurrido, en un contexto en el que el hecho medular para determinar que se violó la ley consiste de la propia expresión realizada.

En el cuento “El Otro”, un Jorge Luis Borges de setenta años se encuentra con el mismo Borges de veintidós años en un banco de un parque. La conversación gira en torno a las diferencias y parecidos entre dos, que son uno mismo. Según nos indica luego el propio autor en el epílogo de su libro de relatos, el diálogo entre dos que son uno se hace difícil, pero no imposible. Algo parecido nos pasa hoy. Cuando en 1847 Carlos Marx respondió a Proudhom con su ensayo “La Miseria de la Filosofía”, elaboró el concepto de “clase para sí” al referirse a los trabajadores con conciencia del lugar que ocupan en las relaciones de producción y la necesidad de luchar como clase, para mejorar sus condiciones materiales y políticas. Hoy, más allá del marxismo, el concepto es todavía vigente a toda lucha social: si no tenemos consciencia de lo que somos, estaremos impedidos de luchar por nuestros derechos como clase. La “miseria” del momento actual del sindicalismo nuestro consiste precisamente en que la fragmentación de intereses particulares (nuestras diferencias), nos impiden plantarnos de manera firme en la condición que nos define como trabajadores (nuestros parecidos). Por un lado, la Federación de Maestros, al defenderse de esta ofensiva brutal no debe plantearse como objetivo invalidar el estatuto que le permitió a ésta y a otros casi cien mil empleados públicos, organizarse y poder negociar mejores condiciones de trabajo. Pero tampoco puede el resto del movimiento sindical olvidar que la amenaza de huelga, aún más que la huelga misma, es el arma más eficaz que tiene un sindicato para obtener conquistas para sus representados. El poder expresar que estaríamos dispuestos a utilizarla es parte del derecho a la expresión que todos reclamamos y debemos defender.

No tenemos que estar de acuerdo con las estrategias trazadas por la Federación ni con las expresiones de sus líderes. Sólo tenemos que solidarizarnos con su derecho a hacerlas, cual si fuéramos nosotros, puestos en su lugar. Sólo tenemos que considerar nuestras diferencias y parecidos, mirarnos en ellos y vernos a nosotros mismos. Como para los dos Borges, que son uno, el diálogo es difícil, pero no imposible.


 
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