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Hillary y Pedro... ¡Qué desgracia! |
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Noel Colón Martínez
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A Pedro Rosselló y a Hillary Clinton se les pronostican sendos triunfos en sus correspondientes primarias. Pedro tiene en sus manos la maquinaria de su partido PNP y Hillary cogobernó a Estados Unidos, junto a su esposo William J. Clinton durante los mismos ocho años que Rosselló sembró en Puerto Rico las peores malas mañas y los peores escándalos administrativos de que ha tenido conocimiento este país.
Hillary le dio dirección a la administración de su marido en asuntos fundamentales como la salud. Rosselló es médico y se creó entre el matrimonio Clinton y Rosselló una alianza muy singular que llevó a Rosselló a las más altas posiciones dentro del Partido Demócrata como lo fue presidir la organización de gobernadores Demócratas, convirtiéndose simultáneamente en uno de los recaudadores principales de ese partido hasta el punto de que en una ocasión se le invitó a pernoctar en el Lincoln Room, la habitación reservada en Casa Blanca para los más influyentes inversionistas políticos. Rosselló puso en ejecución en Puerto Rico una reforma de salud que contenía muchos de los principales ingredientes de la reforma que defendía Hillary en Estados Unidos y que fracasó al no conseguir apoyo congresional.
Mientras se desarrollaba una estrecha relación de colaboración entre Clinton y Rosselló, en Puerto Rico el fiscal Gil, que no había sido nunca confirmado por el Congreso de Estados Unidos, desarrolló una investigación amplia sobre el uso de fondos federales por la Administración Rosselló para uso del PNP en diversos proyectos, entre ellos un proyecto de Estatus que se alimentó de los fondos federales que le robaban al país y los utilizaban para sobornar congresistas. Bill y Hillary Clinton le dieron el más abierto apoyo a aquel funesto Proyecto Young que llegó a aprobarse por un voto en la Cámara de Representantes del Congreso gracias en gran medida al visto bueno de la Casa Blanca instrumentado por Jeffrey Farrow. Mientras tanto, a pesar de que el fiscal aseveraba públicamente que la corrupción en Puerto Rico tenía el nombre PNP, el Departamento de Justicia de Estados Unidos nunca se movió a encausar a ese partido como una empresa criminal.
Siempre he dicho que Bill Clinton ha sido el presidente más indiferente a los reclamos de Puerto Rico siendo a la vez el que más fuertemente entronizó la práctica de utilizar a Puerto Rico como fuente de inversión para su partido sin importarle si el dinero venía de fuentes legítimas o de fuentes totalmente fraudulentas.
Y ahora ambos Clinton quieren regresar a Casa Blanca y Rosselló quiere regresar a Fortaleza. Sin embargo, los tiempos de bonanza económica que acompañaron a Clinton y a Rosselló han cambiado totalmente y aunque Hillary reclama como su gran bandera de triunfo que tiene 35 años de experiencia en asuntos públicos, tengo la impresión de que cada día que pasa el votante norteamericano va percibiendo que Bill Clinton quiere circunvalar la tradición para instalarse de nuevo en el poder.
La alianza Clinton Rosselló durante los años 1992 al 2000 no produjo el más leve cambio en las relaciones políticas entre Estados Unidos y Puerto Rico. Los Clinton no sólo se aliaron con las fuerzas anexionistas para lo cual utilizaron a Jeffrey Farrow como su instrumento congresional sino que lo colocaron al frente del invento llamado grupo interagencial que se convirtió en poco tiempo en un fotuto de las teorías anexionistas sobre la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. La vinculación de los Clinton con Rosselló, en un momento de bonanza en la economía de Estados Unidos y de Puerto Rico, sólo sirvió para corromper nuestro proceso político hasta un grado no soñado anteriormente. Como senadora la señora Clinton ha favorecido un esquema legislativo sobre las relaciones futuras entre Puerto Rico y Estados Unidos que ha seguido el patrón de la legislación que favorecen los anexionistas y que nosotros hemos combatido por resultar más de lo mismo. Ha sido objeto de mucha especulación que las relaciones entre Hillary y Aníbal Acevedo Vilá han sido muy tirantes desde que en una reunión política ella desestimó todo reclamo de soberanía política para Puerto Rico reclamando que sólo al Congreso corresponde decidir el curso de acción que nuestro país debe tomar. Para ella la iniciativa puertorriqueña tiene que estar subordinada a los designios del Congreso, lo que significa en buena teoría política que ella no reconoce el derecho de los puertorriqueños a su autodeterminación política y que –de ser electa a la presidencia– seguirá el mismo estéril curso de acción de sus predecesores.
A pesar del apoyo que parece tener Hillary y que se refleja en las encuestas hasta el momento, su contendiente más fuerte, Barack Obama, está hablando sobre cosas que el americano promedio entiende fácilmente, sobre todo que la larga experiencia haciendo las cosas que han descompuesto al país no constituye una credencial muy fuerte pues esa conducta constituye precisamente el juego que hay que cambiar. Obama no es un contendiente de papel y no diré en esta columna todo lo que pienso que representa él para Puerto Rico y sobre todo para los que estamos comprometidos con el cambio verdadero en las relaciones de Puerto Rico con Estados Unidos.
Por el momento bastará señalar que es muy probable que si Obama llegara a la presidencia Estados Unidos reiniciará un período de relativa paz y de reexamen profundo de los compromisos y supuestos que han regido las relaciones internacionales de ese país y de la arrogancia del poder que ha caracterizado su conducta internacional. Tengo razones para pensar que su conducta política no estará regida por influencias anexionistas del modo que han estado éstas regidas por ese sector durante las últimas cuatro elecciones. Aunque nosotros sólo podemos observar desde lejos ese proceso eleccionario norteamericano, cuatro millones de puertorriqueños que viven allá participan directamente de él y es nuestro deber seguir de cerca ese proceso y en la mínima manera en que podamos afectarlo debemos intentarlo con la esperanza de que las opciones para Puerto Rico no se parezcan ni a Bush, ni a Clinton. Y naturalmente que no a Pedro Rosselló en Puerto Rico.
Puerto Rico necesita con urgencia un presidente norteamericano que sienta respeto por el pueblo de Puerto Rico, que nos reconozca como país, como nación intervenida y que tenga la fuerza política necesaria para convertirse en un facilitador de nuestros reclamos de libre determinación, camino a soluciones no territoriales y no coloniales. Barack Obama, por su procedencia, su educación humanista y su preparación, está más cerca de ser ese facilitador que cualquiera de los otros candidatos. La combinación de Hillary allá y Pedro aquí me parece sencillamente monstruosa.
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