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Gratificante la experiencia de Obama |
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Manuel de J González/Claridad
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Del dicho al hecho hay un gran trecho es un refrán popular de mucha vigencia cuando se quiere dramatizar la diferencia que existe entre las leyes que en Estados Unidos condenan el racismo y la realidad social de ese país durante los últimos doscientos años. Aunque la norma legal aparece de forma clara, sus efectos sobre la realidad se tornan lentos y penosos.
En la misma Declaración de Independencia de 1776 se afirma que todos los hombres fueron “creados iguales”, frase que entonces resultaba ser revolucionaria y de avanzada. Pero mientras eso se afirmaba en el documento donde se anunciaba el nacimiento del nuevo país, millones de hombres y mujeres permanecían esclavizados(as). Habría que esperar 89 años para que al final de una dolorosa y sangrienta guerra civil, se decretara mediante enmienda constitucional la prohibición formal de la esclavitud.
Aquella enmienda de 1865, si bien terminó con la esclavitud, no eliminó -realmente ni siquiera redujo- la marginación y los abusos de la gran población negra. En el inmenso Sur a la marginación se añadía un odio visceral de blancos contra negros que se traducía en todo tipo de agresiones y hasta en linchamientos. La segregación y la subordinación de los negros ante los blancos seguían siendo la norma.
Esa realidad se mantuvo con pocos cambios durante casi un siglo, hasta la década de 1950, cuando la lucha de los negros impuso algunas reformas en el sistema educativo y en otros ámbitos de la sociedad. Entonces la palabra “primero” comenzó a escucharse. En 1947 jugó el primer negro en el béisbol de Grandes Ligas y en 1956 un grupo de jóvenes de Arkansas logró acceso a una de las escuelas exclusivas para blancos. En 1954 se había producido la famosa decisión Brown v. Board of Education donde el Tribunal Supremo declaró ilegal la segregación escolar. Ese dictamen judicial siempre se ha presentado como un gran avance en la lucha contra el discrimen y realmente lo es, pero también resulta una vergüenza que se esperara casi un siglo desde la abolición de la esclavitud para que se reconociera el derecho de un negro a sentarse al lado de un blanco en un salón de clases. Además, como reza el refrán, del dicho al hecho siguió habiendo un gran trecho. La norma legal cambió, pero la realidad no. Los negros siguieron estando al margen de la buena educación que se les daba a los blancos.
Luego se produjo la Ley de Derechos Civiles de 1964 que prohibió el discrimen en casi todos los ámbitos de la sociedad estadounidense y anuló la legislación racista que seguía vigente en los estados sureños y algunos norteños. Tras de esta legislación y gracias al poder político que fue ganando la población afroamericana, los cambios fueron más rápidos. La presencia pública del discrimen y de la segregación comenzó a desaparecer y los negros fueron poco a poco acercándose a ámbitos de poder y de actividad previamente vedados debido al color de su piel.
Los cambios en la vida pública e institucional son innegables, pero el atraso social, el discrimen económico y el rechazo social solapado subsisten en la sociedad estadounidense. Como el mito de la culebra que reencuentra la cabeza luego de ser decapitada, la enfermedad racial se niega a desaparecer.
La pasada semana se celebraron primarias presidenciales en Carolina del Sur, estado donde sigue ondeando aquella vieja bandera con las estrellas en cruz que nos recuerda la confederación que peleó la sangrienta guerra civil. Por ser uno de los estados con mayor porcentaje de población negra, ubicado en el histórico Sur, vale la pena fijarnos en algunos datos de la realidad socioeconómica.
Lo que encontramos en Carolina de Sur nos indica otra vez que del dicho al hecho sigue habiendo un largo trecho. La diferencia entre blancos y negros sigue siendo abismal. El desempleo entre los blancos es un raquítico 3.3% mientras que entre los negros la cifra se multiplica casi por siete para llegar a 20%. Lo mismo ocurre cuando nos fijamos en un indicador más amplio, el de la población por debajo del nivel de pobreza. En el caso de los negros, el 38% está por debajo de ese nivel, mientras que entre los blancos la cifra es tres veces más pequeña, 13%.
Las victorias logradas por la población negra de Estados Unidos a lo largo de dos siglos han sido importantes. Aun cuando esa sociedad caminó de manera mucho más lenta que otras sociedades que en el pasado también fueron esclavistas, los avances de los últimos 50 años son notables. Pero el atraso, la marginación y el discrimen permanecen, unas veces de manera encubierta y otras no tanto.
Por eso, para la propia población de Estados Unidos y para el resto del mundo, ha resultado tan interesante la postulación del senador Barak Obama para la candidatura a la presidencia por el Partido Demócrata. En el pasado la candidatura presidencial de algún líder negro, era una gestión mayormente simbólica. Sólo intentaban insertarse en el debate y capturar un grupo de delegados para luego, en la convención partidaria, tratar de influenciar el contenido del programa que allí se ratifica. Era una gestión en busca de una herramienta de presión, un esfuerzo por concentrar el poder de un sector.
La candidatura de Obama ha sido distinta porque se lanzó pensando en ganar y ahora mismo, tras un mes de primarias, se mantiene como uno de los dos candidatos con posibilidades de triunfo. El hecho mismo de que todavía nadie puede descartarlo, representa un avance importante.
Igual de sorprendente ha sido el apoyo que le han ofrecido figuras ubicadas en lo que podemos llamar el “establishment” Demócrata, como Edward Kennedy y el ex candidato presidencial John Kerry. Ese apoyo, que ha incrementado la credibilidad de su candidatura, llegó en un momento crucial, cuando los aspirantes se reducen a dos, Obama y la senadora Hillary Clinton.
En Estados Unidos, como señalamos previamente, sigue habiendo una gran diferencia entre lo que afirman las normas legales y la realidad social y subjetiva del país. Tal vez esa realidad termine cerrándole el paso a un candidato o candidata de piel negra, pero la experiencia de los últimos meses tiene que haber sido gratificante para los que en ese país han luchado y siguen luchando contra el discrimen y la marginación de los que no son blancos.
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