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Cita Histórica


Puerto Rico • 26 de junio al 2 de julio de 2008

 

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Los desastres del capitalismo neoliberal: Una visita a The shock doctrine PDF Imprimir E-Mail
Carlos R. Lugo Ortiz, Ph. D. / Especial para Claridad   

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The shock doctrine: the rise of disaster capitalism, de Naomi Klein, es uno de esos pocos libros que merece el calificativo de indispensable. La periodista canadiense, autora también de No logo, no tan sólo ha producido un texto de una prosa fuerte y ágil sobre una serie de realidades desgarradoras generadas por las patologías del poder en general y del neoliberalismo en particular, sino que provee un sinnúmero de rigurosas anotaciones y referencias de los diferentes temas que trata que nos invitan a explorar aún más. Ahora bien, quien se atreva a abrir el libro y leer sus más de 500 páginas tendrá que armarse con nervios de acero para ser testigo de experimentos inhumanos, tortura, insensibilidad, cinismo, alevosía y, claro está, toda clase de desastres, todo en nombre de una doctrina económica y política que sólo ha servido para beneficiar a unos pocos y propagar la miseria como una plaga más del Apocalipsis. No obstante, al final Klein atenúa el tenor del libro con ejemplos esperanzadores de cómo se ha venido contrarrestando en los últimos años esta doctrina tan devastadora en varios países, y no podemos sino sentirnos instados a tomar algún tipo de acción para, como dirían en el Foro Mundial Social, hacer posible otro mundo.

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Un preámbulo inquietante: los experimentos de Ewen Cameron en Canadá

Klein comienza el libro con una discusión del psiquiatra Ewen Cameron y sus investigaciones durante los años cincuenta y sesenta en el Allan Memorial Institute de la Universidad de McGill, en Montreal, Canadá. Nacido en Escocia y radicado en Estados Unidos y Canadá, Cameron tenía un curriculum vitae que a todas luces parecía intachable: entre otras funciones, fue miembro del tribunal de Núremberg contra los médicos nazis y presidente de algunas de las sociedades más prestigiosas de psiquiatría, incluyendo la americana, la canadiense y la mundial. Pero, en el Allan Memorial Institute, Cameron llevaba a cabo experimentos con seres humanos que hubieran sido la envidia de los médicos que él mismo juzgó y condenó en la antigua ciudad bávara luego de la Segunda Guerra Mundial.

Los experimentos de Cameron esencialmente consistían en lavarles el cerebro a sus pacientes sin su consentimiento. Para ello, empleaba los siguientes métodos: alteración de los patrones de sueño y vigilia, supresión y sobreestimulación de los sentidos, aislamiento, manipulación de la dieta, administración de drogas psicoactivas y aplicación de numerosas sesiones de electrochoque. El propósito putativo de estas “terapias” era crear una especie de tabula rasa en sus pacientes para que comenzaran sus vidas de nuevo como si sus historias individuales nunca hubieran ocurrido. Cameron entendía que cuando sus pacientes comenzaban a balbucear como infantes y a tratar a sus atormentadores como si fueran sus padres, estaban básicamente curados.

La Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés) mostró sumo interés en las investigaciones de Cameron en la institución canadiense. Desde 1957 hasta 1961, la agencia le proveyó una suma considerable de dinero para que continuara haciendo sus experimentos, pues entendía que con sus técnicas era posible extraer información de enemigos ideológicos (recordemos que durante esa época la Guerra Fría estaba en su apogeo). La CIA y Cameron hicieron los arreglos contractuales en secreto. En los años setenta, sin embargo, bajo la presión de algunos reporteros investigativos audaces y la lupa de varios comités del Congreso en Wáshington, todo quedó expuesto.

Lo que salió a la luz no es nada halagüeno y refleja el tipo de aventurismo irresponsable que ha caracterizado a la CIA desde su creación. Los experimentos de Cameron fueron parte importante del Programa MKUltra de control mental, en el que, entre 1950 y 1963, la CIA gastó alrededor de $25 millones. Según el senador Edward Kennedy, más de 30 universidades e instituciones norteamericanas estuvieron envueltas en el programa que, como la misma CIA admitió, tenía poco sentido científico. Uno de los productos de este programa descabellado fue el Kubark counterintelligence interrogation, nada menos que un manual de extracción de información a través de la aplicación de técnicas de tortura.

A pesar de la naturaleza e implicaciones de las revelaciones congresionales, muchas de las técnicas derivadas del Programa MKUltra y discutidas en el manual Kubark continúan siendo aplicadas sin impunidad. Los prisioneros ilegalmente detenidos en Guantánamo y Abu Ghraib son los ejemplos más recientes de este modo vejaminoso de operar.

Milton Friedman y los Chicago boys: de desmantelamientos y desastres
La autora luego pasa a discutir la no menos controversial figura de Milton Friedman, padre del neoliberalismo económico y eje de la llamada Escuela de Chicago. No es mero capricho que Klein se adentre en Friedman después de discutir a Cameron: ambos muestran paralelos sorprendentes en la manera de abordar sus especialidades. De hecho, muchos de los métodos de coerción y tortura que Cameron desarrolló en el Allan Memorial Institute han sido literalmente utilizados para implantar las políticas económicas pregonadas por Friedman y los Chicago boys, ya que parte importante del programa de reforma neoliberal consiste en  neutralizar o eliminar a los opositores. En el caso de las prescripciones de Friedman, sin embargo, el sufrimiento generado ha sido considerablemente más vasto, pues no tan sólo ha afectado a individuos, sino a sociedades completas.

El pensamiento de Friedman y sus seguidores neoliberales establece que las economías mundiales deben básicamente hacer borrón y cuenta nueva para regirse de la manera más estricta posible por las leyes de oferta y demanda. El mercado se “liberalizará” y todo alcanzará un balance en el que las necesidades de los productores y de los consumidores quedarán satisfechas. El objetivo real, no obstante, es permitir que las grandes corporaciones tengan algo parecido a un control absoluto de las economías para dictar lo que se haga en ellas. Pero sucede que los principales obstáculos para llegar a ese estado ideal son nada más y nada menos que, por un lado, el gobierno y, por otro, los ciudadanos. Toda reforma neoliberal debe, por lo tanto, centrarse en independizar la economía de cualquier intervención gubernamental y en eliminar o neutralizar la oposición popular. La pregunta que obviamente surge es la siguiente: ¿cómo se pueden lograr estos dos objetivos?

Una manera de llegar al paraíso de ensueño económico de los neoliberales es desmantelando todo aquello que tenga que ver con controles gubernamentales sobre las corporaciones. En otras palabras, se tiene que desregular la economía. Esto incluye desde el debilitamiento de las leyes que protegen los derechos de los trabajadores y del medio ambiente hasta la eliminación de todo tipo de impuestos. Ése es, por ejemplo, el procedimiento que han seguido agresivamente las corporaciones en Estados Unidos mediante su cabildeo en el Congreso, especialmente a partir de la administración de Ronald Reagan. (Ahora que estamos en año de elecciones, las sustanciales donaciones corporativas a las campañas de los candidatos no pueden sino verse como parte de ese cabildeo.) El decaimiento y la desaparición en los últimos años de muchos de los programas sociales que han beneficiado a los desaventajados en Estados Unidos también se deben en gran medida a la puesta en práctica de los preceptos neoliberales de desregulación y desmantelamiento gubernamental. Según la lógica, estos programas son una carga onerosa y artificiosa para el gobierno, y el sector privado puede ofrecer los servicios mientras hace dinero y pone en marcha la economía. No es casualidad que otro mantra que repiten y llevan a cabo los neoliberales sea el de privatizar.

La otra manera en que el neoliberalismo económico puede lograr sus objetivos es a través de desastres. A primera aproximación, pensamos que los desastres tienen que ser naturales, pero sucede que la mayoría de los desastres que Klein discute en The shock doctrine son ideados por un grupo relativamente pequeño de individuos en los centros de poder. En el caso de que los desastres tengan un origen natural, las corporaciones se deben encargar, a través de los gobiernos, de perpetuar el estado de choque generado para adelantar sus agendas de exclusión y acaparamiento. Así, pues, tenemos una amplia y triste gama de desastres, entre los que encontramos el golpe de estado contra Salvador Allende en Chile, los años oscuros de la junta militar en Argentina, la época incierta luego del triunfo de Solidaridad en Polonia, el descalabro de la Unión Soviética, la China de la masacre de Tiananmen, la estrepitosa caída de los mercados del sudeste asiático, la salida de Sudáfrica del apartheid hacia la esclavitud de los ajustes estructurales, los estragos del tsunami en el Océano Pacífico en diciembre del 2004, la devastación del Huracán Katrina en Nueva Orleáns y la invasión y ocupación de Irak en marzo del 2003. La lista no es de ningún modo exhaustiva, pero ofrece una buena idea del panorama. En cada uno de estos casos, y en otros similares, Friedman y sus acólitos intelectuales se regocijaban de las oportunidades que proveían para la creación de sus edenes financieros.

El parasitismo del neoliberalismo: el ejemplo de la ocupación de Irak
Klein hace abundantemente claro que las políticas económicas neoliberales están basadas en una flagrante falacia: que el gobierno es, precisamente, un obstáculo. Todas las gestas de esta doctrina perniciosa necesitan cuantiosas inyecciones de dinero e intervenciones gubernamentales o de organizaciones pseudogubernamentales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para zarpar y mantenerse a flote, de la misma manera que los seres humanos precisan de un insumo constante de oxígeno para sobrevivir y hacer sus actividades diarias. Por otro lado, para ser implantadas, las políticas económicas del neoliberalismo tienen que aliarse a regímenes represores, autoritarios y antidemocráticos. Esto evidentemente resulta en la exclusión rampante y en el sufrimiento generalizado de los ciudadanos.

La ocupación de Irak por parte de Estados Unidos demuestra elocuentemente las hipocresías y el parasitismo del neoliberalismo en acción. La mayoría de las corporaciones estadounidenses que se encuentran en Irak han obtenido sus pingües contratos a través de conexiones e influencias en los altos niveles gubernamentales, no mediante subastas abiertas, como debía haber sido. Reciben, además, generosas subvenciones por parte del tesoro federal. Como si esto fuera poco, cobran por sus supuestos servicios (supuestos porque, en muchas ocasiones, éstos son deficientes o inexistentes, y no existe una contraloría confiable). Todo esto resulta en el drenaje del dinero público estadounidense, que actualmente se estima en $275 millones diarios (ver la excelente página de Internet www.nationalpriorities.org/costofwar_home para un desglose de lo que significa este gasto desmedido). Muy pocas personas habrán de diferir en que todo ese dinero muy bien podría utilizarse para asistir a los excluidos dentro de Estados Unidos (que cada día son más) o para ayudar a países que han colapsado o se encuentran en el borde del abismo.

Dado el estado idílico que se ha creado, pocas o ninguna de las corporaciones que se encuentran en Irak tienen interés en mejorar la situación del malhadado país asiático. Todas viven del desastre perpetuado por la ocupación, cuya brutalidad ha generado cerca de 700 mil muertes de civiles y cuatro millones de refugiados. Mientras el gobierno estadounidense les provea sustento y protección a las corporaciones invasoras, las consideraciones e implicaciones éticas y morales de cómo les fluye el dinero –desde el hurto del dinero público hasta el sufrimiento de los iraquíes– las tienen sin el más mínimo cuidado.

Reacciones antineoliberales
Como es de esperarse, la glotonería insaciable y los abusos de toda clase generados por el neoliberalismo propugnado por Friedman y sus Chicago boys han tenido su justa reacción. Klein discute varios ejemplos, entre los que hay que destacar los esfuerzos de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.

Los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador han decidido tomar sus propios recursos en sus manos –específicamente el petróleo y el gas natural– para beneficiar a sus ciudadanos, no a las corporaciones extranjeras. Esto ha resultado ser anatémico para el gobierno estadounidense, pues siempre ha considerado a Latinoamérica como el patio en que pueden hacer lo que se les venga en gana, como muy bien ha señalado Noam Chomsky en muchos de sus escritos sobre la región. A pesar de los obstáculos internos y externos que han venido enfrentando, y de evidentes errores administrativos, estos tres países están dando pasos en la dirección correcta al reafirmar su soberanía política y económica. Por otro lado, estos países también están exigiendo indemnización por los daños debido a las prácticas abusadoras e irresponsables de las corporaciones extranjeras. En Ecuador, por ejemplo, alrededor de 30,000 residentes del área amazónica recientemente demandaron a la corporación Chevron por $6,000 millones por degradarles y contaminarles la selva. El presidente Rafael Correa los ha apoyado incondicionalmente en su demanda. El presidente ecuatoriano, además, ha rehusado extender el contrato de arrendamiento de la base aérea de Manta, que es utilizada para llevar a cabo las operaciones (muchas de ellas ilegales) del Plan Colombia.

Lo que resulta particularmente alentador dentro de lo que está ocurriendo en Venezuela, Bolivia y Ecuador es que existe un amplio apoyo democrático (en especial de los que siempre han sido excluidos) para las gestiones reivindicadoras de sus presidentes (todos electos en comicios reconocidamente limpios). Es posible que mucho de ello se extienda al resto de Latinoamérica.

El juego neoliberal en Puerto Rico
Gran parte de las prácticas neoliberales que Klein trata a través del libro las podemos ver reflejadas en Puerto Rico. Es innegable que en la isla hay un gran vacío gubernamental y que Estados Unidos dicta lo que se hace en términos políticos y económicos. Una de las consecuencias de ello es que nuestra economía está atada a la economía estadounidense, dejándonos vulnerables y con pocas alternativas de crecimiento. Como debe ser de todos conocido, son pocas las industrias locales que prosperan, pero muchas las estadounidenses que exprimen el bolsillo del consumidor puertorriqueño y sacan el dinero de la isla. A pesar de la profunda crisis fiscal, el gobierno les concede subsidios muy generosos a esas mismas industrias para que se asienten aquí, con el pretexto de que éstas generarán empleos, pero muchos de los departamentos gubernamentales y oficinas de asistencia social operan deficientemente en considerable medida debido a los recortes que esta práctica implica. En ocasiones, incluso, el gobierno local se hace de la vista larga o protege a empresarios y corporaciones que vienen de afuera y operan sin haber obtenido los debidos permisos, como hemos visto recientemente en El Condado y en áreas sensitivas del corredor ecológico del nordeste. Varias cadenas estadounidenses de megatiendas –Walmart, Walgreens, Sam’s Club, Costco, entre otras– se han beneficiado con el trato preferencial que les ha venido dando el gobierno. Walgreens, por ejemplo, logró que se declarara inconstitucional la emisión de los Certificados de Necesidad y Conveniencia, lo que le ha permitido construir tiendas a granel en perjuicio de las farmacias locales. Todas estas prácticas resultan en la erosión de las leyes de Puerto Rico y en el detrimento de nuestro patrimonio fiscal, histórico y natural. También envía el mensaje de que en la isla puede venir cualquiera con buen dinero y conexiones y hacer lo que desee.

Gracias a todo lo anterior –y a mucho más, por supuesto–, el costo de vida se ha disparado en Puerto Rico, los empleos se han precarizado y el número de personas en la calle ha aumentado. El nivel de pobreza es escandaloso, con más del 50% de la población viviendo en ella. No es simple casualidad que la criminalidad también se haya disparado. La emigración de puertorriqueños cualificados a Estados Unidos y a otros países en busca de mejores oportunidades de trabajo y condiciones de vida también ha aumentado de manera significativa, dejándonos huérfanos de talentos esenciales para nuestro bienestar. La situación, en realidad, se está tornando cada vez más insoportable, y es posible que se llegue a crear un verdadero desastre económico y social en la isla. Los únicos que se beneficiarán de ello serán los inversionistas de las corporaciones que se repartan el pastel que los facilitadores locales (esto es, los políticos coloniales de turno) nos hayan obligado regalar.

Una última consideración
A pesar del rigor investigativo que Klein muestra en The shock doctrine, podemos encontrar una falla significativa: el libro es escueto en cuanto al impacto de la implantación de las políticas económicas neoliberales en el medio ambiente. Es indudable que la naturaleza toma el asiento trasero al momento de las corporaciones planificar y llevar a cabo sus esquemas de hacer ganancias. Para las corporaciones, el medio ambiente es prácticamente un recurso infinito que se puede explotar infinitamente, ya sea sustrayendo beneficios de él o echándole desperdicios. Muchos de los esfuerzos cabilderos de las grandes corporaciones en Estados Unidos y otros países desarrollados están dirigidos a debilitar o a derogar las leyes y restricciones de impacto ambiental que se han impuesto a través de luchas heroicas y con evidencia incontrovertible, pues entienden que éstas son un obstáculo injusto para su crecimiento económico. En no pocos casos, estas mismas corporaciones se dirigen a países donde las leyes para proteger el medio ambiente son débiles o inexistentes, o donde los gobiernos son fácilmente corruptibles, de manera que, aparte de explotar a las poblaciones locales con trabajos abusivos o riesgosos, también las destruye y envenena junto a su flora y fauna. La República Dominicana, Haití y Jamaica son casos cercanos y harto elocuentes de esto.

Tal vez sea que el tema del impacto de las prácticas depredadoras de las corporaciones sobre el medio ambiente merezca un trato aparte y que Klein tenga planificado abordarlo en otro libro. Si es así, será tan bienvenido como su libro anterior y el que nos ha ofrecido ahora.

* El autor es entomólogo y profesor del Departamento de Biología, Química y Ciencias del Ambiente de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de San Germán. Agradece a Milly Negrón sus comentarios y sugerencias para la preparación de este escrito.

 
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