Otros, más jenerales, pueden desir: las cosas i las palabras. Pero Juan Antonio Corretjer situaba su beículo existensial, qe era su bida, entre la realidá i la lucha. Para él abía una inebitable realidá cresiente desde el paisaje asta la consiensia; i una desidida respuesta para la defensa de esa realidá amable, contra su daño. La biolensia era una nesesidá espesífica de la espesífica realidá patria:
Si nos abían imbadido nuestra intimidá, si nos abían torsido torturadas todas nuestras capasidades, si nos dejeneraban a los puertorriqeños ofresiéndonos unirnos a torturar e imbadir unísonos con eyos a los puertorriqeños qe se negaran juntarse a la traisión, como único camino permitido por eyos a nosotros para salir de esa imbasión i esa tortura: La respuesta, la única respuesta posible, es la lucha. La lucha biolenta agtiba. Altiba i desidida. Sacrifisial, constante. Pública i clandestina. La ‘realidá’ es la dura referensia económica, material, a qe estamos sometidos en un estado de despojo i desamparo. Sin gobierno propio i sin representasión internasional, mediatisada cualqier jestión de embergadura qe impliqe desisiones trasendentales para nuestra bida colegtiba como pueblo, comunitaria, gremial, sindical, empresarial: La realidá qe nos acoje respirando desde nuestro nasimiento asta nuestra agonía, es una adbersidá.
I así tenemos qe oponerle la audasia del despresio, el ejersisio aeróbico de la libertá constante, para expandirnos ijiénica, saludablemente en su monóxido unánime. Luchar contra una realidá mala, distiende los pulmones; para al menos qitarles la bigtoria, desaserles el gusto a los a cargo, de qe nos sometieran. I para segri bibiendo, para segir luchando. En el campo de consentrasión de la colonia, sabemos más experimentos inumanos qe todos los judíos en fila de la istoria. En el presidio i en el manicomio colonial –qe es todo el territorio puertorriqeño imbadido por la exaxión, i no la ‘poblasión’ interna de las institusiones espesíficamente marcadas cársel o clínica–, qe no benga ningún primermundista a exibirnos trajedias de tortura i de deprabasión.
La lucha es nuestra realidá. En eya desoyamos la sangre de Salcedo, de Riggs, de los maríns en Puertorrico, en Bieqes, de los ajentes i magnates en aqeya taberna aristocrática de Nuebayor, i de una lista larga de imbasores cuyos nombres también fueron desmontados con sus piesas de robo i de robot, inutilisadas para ya no abusar. La realidá real de Puertorrico para el mundo fue el Comando qe a nombre suyo, en Casa Blair i en El Congreso usano, en el momento más alto del imperialismo yanqi, demostró qe ‘los amos’ también sangraban. Nadie en los 50, en plena Corte Imperial, le serrajó la cara a tiros a ‘la aristocrasia capitalista’, sino puertorriqeños. Ni uno solo de esos gerriyeros fue cubano, árabe, benesolano, tan balientes. La estadística de este agto no es apabuyante: es patente. La realidá del puertorriqeño, la única realidá buena qe puede aportar el puertorriqeño ante la realidá mala qe le engriyetan, es su lucha.
La realidá qe nos ofresen las camisas de fuersa con insignias de eqipos de pelota i futból de sus sircos romanos, es sofocar lo nuestro. La realidá de gringisarnos gisados a lo gringo, nos deja la identidá puertorriqeña sin cosinar. Nos ofresen la posibilidá de trasbestirnos a cualqier cosa –jipi, rasta, no-nuke, bejetariano– después qe no seamos puertorriqeños. Podemos ser asta peligrosamente feministas, negristas, asta podemos partisipar rebolusionariamente de los prosesos progresistas de otros países; siempre qe no insistamos en la libertá de Puertorrico.
Ante esa ‘realidá’: la lucha. «La vida es lucha toda», Corretjer qiso con Marx i Eráclito. Albizu no lo desautorisaría. Aunqe su maestro solo qería ber a Puertorrico libre i bibir tranqilo con su familia, como el disípulo mismo a atestiguado; también a Albizu le tocó solo esa realidá mala, i por lo tanto, también la lucha buena. Qisá la serenidá albisuísta no se reconosca en la fogosidá corretjeriana, qisá en el fondo teórico albisuísta la realidá i la lucha dialogaran de una manera más amistosa qe en la teoría posterior de su muchacho: No importa, pues compartieron una misma objetibidá existensiaria, qe a la larga igualó sus comparesensias praxiolójicas.
La realidá dura i la lucha dura.. Qe un poeta, echo de sutilesas, enebrara ese aserto, parese una locura. Porqe es qe la colonia es la locura. Se lebanta la figura de ese teorema cresido desde la sensibilidá más exqisita, como una paradoja: La realidá i la lucha componiendo un uniberso, paresen más el produgto de una fragua de ierro. Pero es qe el temple de un poeta puede ser afinado a cualqier ‘realidá’, si es qe está echo del material presiso. El otro poeta también secretario otra jenerasión posterior de su mismo maestro, Francisco Matos Paoli, me dijo un día: «Juan Antonio i yo somos iguales. Lo qe pasa es qe a mí me duele la colonia.» Pensaba Don Paco qe aqeya duresa de su ermano jimagua no bibraba. Olbidaba el misterio qe declaró El Oscuro: la misma bibrasión emana del arco i de la lira, i los ermana.
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