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Cita Histórica


Puerto Rico •  27 de noviembre al 3 de diciembre de 2008

 

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Los males de Maldeamores a pesar de los elogios de la crítica local PDF Imprimir E-Mail
Cine
María Cristina / Especial para En Rojo   

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Maldeamores ha sido el filme más promovido desde que Jacobo Morales marcó un giro en nuestro cine nacional en 1980 con Dios los cría…. Resumí esta aportación en Idilio tropical: La aventura del cine puertorriqueño (Banco Popular, 1994): “su labor sí reenfoca el cine puertorriqueño, al volver su mirada hacia lo nuestro—temas, historias, personajes, idiosincrasia—y partir de esa realidad para proponer una definición original, arraigada en elementos nacionales, de esta forma de arte” (67).

Soy muy consciente de la importancia de mercadear una película en la economía globalizada que rige el mundo de hoy. Por eso aplaudo la decisión de los directores de Ladrones y mentirosos, Ricardo Méndez y Poli Marichal, y de los directores de Maldeamores, Carlos Ruíz y Mariém Pérez, de no exhibir su filme localmente hasta que no tuvieran un distribuidor en Estados Unidos. También creo que es una excelente estrategia el llevar sus filmes a diferentes festivales para que los críticos, y los públicos muy diversos que acostumbran a asistir a estos eventos, se familiaricen con ellos, y sus comentarios y aceptación se puedan utilizar para venderlos mejor. En el caso de Maldeamores la crítica local– en verdad los periódicos de la empresa Ferré Rangel– se ha desbordado en elogios desde antes de su fugaz estreno en septiembre para que pudiera cualificar en la selección nacional para el Oscar hasta hace dos semanas cuando JuanMa Fernández insistía que este filme debió haber sido uno de los cinco nominados para Mejor Película Extranjera. Como no hubo un “screening” para la prensa (no la de farándula sino la especializada en cine)– como sí la hubo para los otros filmes puertorriqueños– no tuve la oportunidad de ver Maldeamores hasta hace dos semanas cuando comenzó su exhibición comercial aquí.

Aunque no conozco ningún trabajo anterior en cine de Carlos Ruíz, sí he visto el excelente documental sobre Vieques de Marién Pérez, Cuando lo pequeño se hace grande (Claridad 11-17 enero 2002) y he escrito sobre él. Tuve la oportunidad de ver su exhibición en el Museo Fuerte Conde de Mirasol cuando la realizadora lo presentó al público que la inspiró, colaboró y agradeció su compromiso en esta lucha. En el Festival Internacional del Cine Latinoamericano en La Habana ganó dos premios muy importantes en la categoría de documental: Saul Yelin y Memoria. El documental no tiene un narrador, deja que las imágenes, las canciones e interpretaciones de jóvenes artistas, y los cortos testimonios abran el camino. El trasfondo histórico se reduce a unos cuantos datos– la presencia de la marina desde 1940 y su maltrato a la población– ya que la construcción del presente es el enfoque principal.

Antes de mirar detenidamente el guión de Maldeamores, quiero destacar lo que considero que este filme aporta al desarrollo de un cine nacional. Sin duda, el tener una pareja que colabora en un proyecto fílmico enriquece todos los elementos, desde la historia, la fotografía, la edición, la selección de actores y el equipo técnico hasta la dirección y producción general. El presentar la cotidianidad del Puerto Rico contemporáneo con sus conflictos y diferencias (aunque las complejidades quedaron fuera) es situarse en ese hoy que vivimos, leemos en el periódico, vemos en la TV y del que nos sentimos prisioneros. El filme presenta– tal y como se promociona– diferentes vertientes del amor aunque yo diría del quehacer diario: la muerte de un familiar cercano, la infidelidad recién descubierta, la ruptura de matrimonios frágiles, la poca confianza y comunicación entre padres e hijos, el aislamiento que se vive a pesar de la cercanía física, la incapacidad de bregar con los problemas apremiantes, y la búsqueda de soluciones rápidas sin pensar en sus repercusiones. Todo esto presentado con el sentido de humor que nos caracteriza. El escogido de localizaciones– desde lo urbano a la urbanización y el barrio– para las tres historias y el uso de diversos estilos en el manejo de la cámara son aciertos de este filme.

Pero nuevamente Maldeamores no puede separarse de su conexión con las comedias de la televisión local y con la actuación teatral de sus actores. Por eso las escenas de cada historia son viñetas con un diálogo, aunque ágil, de muy poco significado que parece siempre ir en busca del chiste fácil. Por supuesto, el público se ríe porque ve situaciones ya conocidas en la televisión, el teatro comercial y los shows de comediantes. Estos “sitcoms” ya sean de la TV o en salas de teatro se caracterizan por los diálogos de doble sentido, la gritería, las actuaciones exageradas y, nuevamente, el chiste fácil. El resultado es la trivialización de toda esa temática que nos acosa diariamente y donde sobrevivimos a pesar de todo. Actoras del talento de Teresa Hernández, Dolores Pedro, Georgina Borri, Yaraní del Valle no solamente están mal utilizadas sino que sus caracterizaciones se reducen a mujeres histéricas cuya única manera de lidiar con una crisis es gritando, agrediendo y tratando siempre de controlarlo todo. Las actuaciones de los veteranos Miguel Ángel Alvarez y Chavito Marrero y de los más jóvenes Luis Gonzaga, Norman Santiago, Yamil Collazo y el propio Carlos Ruiz se reducen a caricaturas en situaciones verdaderamente ridículas y poco creíbles. Sabemos que el incluir a Luis Guzmán (excelente actor a través de los años que nos voló la cabeza con su interpretación de Ray Castro en Traffic y que fue homenajeado en el CinemaFest XIX con el Premio Raúl Juliá) es otra estrategia de publicidad, pero su papel es tan ínfimo que cualquiera pudo haberlo interpretado.

Quiero enfocar en algo que me preocupa muy seriamente en este filme: la visión e imagen que se presenta de la mujer. ¿Cómo es posible que nos orgullezca cuánto la mujer ha avanzado en su participación social y en su independencia de criterio y que en pleno 2007-2008 volvamos a encontrarnos con los roles tradicionales de esposa y madre como las únicas opciones? Lourdes pelea con su marido por boberías y se pone histérica cuando se entera de que la traiciona con su prima. Esto hace que se olvide de la pena que lleva por la muerte de su abuela y hace un show en la casa de su madre donde le cae encima a Tati. Mete a su hijo en medio de toda esta garata y hasta lo obliga a llamar a su padre un mentiroso. Tati está tan desligada de lo que significa traicionar a su prima que miente por los codos y después se va corriendo con Ismael para escaparse con él a San Juan o Nueva York (y como en ninguno de esos lugares hay televisor Ismael se lleva el del hogar que abandona donde todavía permanece su hijo). La novia de Macho es una bimbo/airhead que para lo único que sirve es para tocar bocina y que la manden a callar. La mamá de Ángel es tan dominante que lo mantiene en un estado de perpetua niñez. Marta parece ser una mujer muy segura e independiente pero es, precisamente, esa altanería y seguridad lo que causa el secuestro de los pasajeros de la guagua y el encarcelamiento (probablemente en el ala psiquiátrica) de Ángel. Flor, la septuagenaria, parece ser la mujer más libre ya que vive con su segundo ex marido y luego completa un triángulo con su primer ex (al que usualmente llamamos ‘el difunto’ por haber abandonado o arruinado el hogar). Se supone que esta historia es ingeniosa por contar una relación tipo Jules et Jim o Doña Flor y sus dos maridos pero entre viejos. Aquí el problema es que, nuevamente, es poco creíble y se presenta de manera ridícula. Lo único que tenían que hacer al desarrollar esta historia era visitar los centros de reunión de envejecientes para ver cómo fiestean sin pensar en los años aunque sí en los achaques.

Dejo para el final lo que considero más ofensivo de Maldeamores: la escena inicial y final (mientras corren los créditos). Se supone que éste es el chiste inicial y final que abre y cierra las tres historias contadas. Aparece una joven pareja casada en su carro; él guía y ella pretende leer el periódico. Cuando vemos su cara tiene un golpe en un ojo y se supone que el público piense enseguida que es víctima de violencia doméstica. Pero no es así, porque a través de una conversación que no puede ser más infantil y estúpida nos damos cuenta de que ésta es otra mujer histérica que para escapar al acoso verbal de su marido se tira del carro. Con una escena muy similar termina todo aunque esta vez la mujer muestra los golpes de haberse tirado del carro al principio de la película. ¿Qué se supone que hagamos con estas escenas de apertura y clausura? ¿Que, en este caso, la violencia doméstica es autoinfligida? Estoy segura de que el senador Jorge de Castro Font debe estar supercontento con esta visión.

 
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