El público se acomoda en las butacas del Richard Rodgers Theatre esperando ver un musical como todos los demás que se presentan en Broadway. De pronto Lin-Manuel Miranda entra en escena, acompañado por el familiar sonido rítmico de los palitos, y comienza a rapear: “Lights up on Washington Heights…” Con esas palabras abandonamos el área turística de la ciudad para insertarnos directamente en el corazón del Barrio, el sector latinoamericano de Nueva York. No, definitivamente ésta no es la experiencia típica del teatro musical neoyorquino.
Se trata de In the Heights, una nueva obra que presenta tres días en la cotidianidad de Washington Heights. Ciertamente se han presentado en Broadway musicales sobre latinos, como West Side Story y The Capeman. No obstante la diferencia de In The Heights estriba en que es el primer musical sobre latinos creado por un latinoamericano. Lin-Manuel Miranda, de padres puertorriqueños y criado en el Barrio, escribió la primera versión de la obra con apenas 19 años mientras cursaba su segundo año en Wesleyan University. Eventualmente fue presentada Off-Broadway donde recibió tanto éxito comercial y crítico que terminaron trasladándola. Ahora los ritmos de salsa, merengue, bachata, reggaetón y hip-hop invaden Broadway.
In The Heights es construida a partir de sus personajes. Usnavi, encarnado genialmente por Miranda, es el dueño de una bodega por donde transitan todos los vecinos de Washington Heights. A través de él vamos conociendo los demás personajes. Nina (Mandy González), una joven estudiante puertorriqueña regresa de su primer año en Stanford, sin saber cómo decirles a sus padres que perdió su beca. Kevin (Carlos Gómez) y Camilla (interpretada por la legendaria Priscilla López) son los padres de Nina, dispuestos a sacrificarlo todo por su hija. Benny (Christopher Jackson), es el empleado de la compañía de taxis de Kevin, enamorado de su hija, que siente el rechazo de la familia por no ser latino. Vanessa, interpretada por la talentosa Karen Olivo, es una aprendiz de peluquera que sueña con mudarse del barrio. Daniela (Andrea Burns) es la peluquera chismosa que está a punto de mudar su negocio al Bronx. El corazón de la obra es, sin duda alguna, Abuela Claudia, una mujer cubana que llegó a Nueva York de niña en 1943. La voz y emoción de Olga Merediz nos estremece mientras recuenta su pasado en la canción “Paciencia y fe”, uno de los momentos más impactantes de la obra. Hasta el piragüero, interpretado por Eliseo Román con una voz que nos recuerda a Danny Rivera, tiene sus propias luchas y en muchos sentidos representa el espíritu de la cultura latina en la obra.
Cada una de estas historias calan en algo profundamente humano y cada personaje resuena con la vida real. Son sentimientos, vivencias, situaciones que todo el mundo, en mayor o menor grado, puede entender y sentirse identificado. Son incontables las referencias específicas a nuestra idiosincrasia y cultura, desde el lelolai al coquito, o las menciones de pueblos específicos de Puerto Rico, Cuba y República Dominicana. Aspectos que sólo un latinoamericano conoce y puede transmitir con certeza. Algunas canciones citan libremente nuestras plenas, boleros e incluso nuestra música pop. También se entrelazan alusiones sutiles a nuestra literatura. El origen del nombre de Usnavi resuena con Usmail de Pedro Juan Soto. En la obra hay un apagón de electricidad que nos remite a “La noche que volvimos a ser gente” de José Luis González. Ante la frustración de estar sin electricidad, los personajes de In the Heights improvisan una fiesta y entre el bullicio, Abuela Claudia se regocija de que al fin puede ver las estrellas como cuando estaba en su isla.
Lo que ha hecho Lin-Manuel Miranda ha sido contar en canción las luchas, los sueños, las frustraciones y las alegrías de personas que intentan echar hacia delante en una ciudad que los margina y trata como minoría. (“We are powerless” canta el coro cuando se va la electricidad en el barrio). Hay un fuerte aire de nostalgia en la obra. Mientras en West Side Story personajes como Anita, recién emigrados de Puerto Rico, desean que la isla se hunda en el mar, en In The Heights se expresa la añoranza y nostalgia real que padece todo aquel que haya abandonado sus tierras en búsqueda de una mejor vida. Algo que todo caribeño puede entender perfectamente porque la diáspora de los 1940s nos marcó a todos. En la canción que inicia la obra un coro canta: “In the Heights I hang my flag up on display, it reminds me that I came from miles away.” La bandera se convierte en una evocación de la familia, la gente, las raíces, todo lo que uno es y que nunca se abandona a pesar de la distancia. En “Carnaval del Barrio”, una canción que mezcla la bomba y la plena puertorriqueñas, se canta: “Arriba esa bandera/ álzala donde quiera/ recuerdo de mi tierra/ recuerdo de mi tierra/ esa bonita bandera/ contiene mi alma entera/ y cuando yo me muera/ entiérrame en mi tierra.” La añoranza se derrama en cada palabra, mientras el elenco alza con orgullo las banderas de Puerto Rico, República Dominicana, Cuba y México.
Frente a todas las situaciones difíciles los personajes en escena hacen lo que realmente hacemos los puertorriqueños y latinoamericanos: buscamos dentro de todo algo que celebrar, alzamos nuestra bandera, sacamos las maracas, güiros y pleneras y hacemos lo mejor que podemos con nuestra realidad. Como dice el personaje principal, refiriéndose al apagón:“So we’re powerless, light up a candle, there’s nothing going on that we can’t handle.” Este espíritu también es encarnado en el piragüero, quien mientras intenta mantener su negocio frente al Mr. Softy, nos canta “Keep scraping by” de alguna manera aludiendo no sólo al hielo de las piraguas que raspa, sino al espíritu trabajador frente a la adversidad. También con Abuela Claudia, cuya frase “Paciencia y fe” se convierte en unsa frase emblemática de la obra. Es a esta esencia luchadora, de sonreír a pesar de las desgracias, a lo que Lin-Manuel Miranda le rinde homenaje en su obra.
El trabajo de Miranda como compositor es realmente asombroso. Se emplean distintos tipos de música latina, así como ritmos urbanos del hip-hop o el reggaetón que dialogan perfectamente en el género musical. La alusión a Cole Porter que se hace al abrir la obra, no es fortuita, Lin-Manuel Miranda se inscribe dentro de una tradición teatral y presenta una nueva dirección para la misma. Las letras de las canciones son muy ingeniosas, en ocasiones chistosas, en otras desgarradoras. Uno de los aspectos más impresionantes de la obra es que la música es utilizada casi como un recurso narrativo. Es posible identificar la nacionalidad de cada personaje nada más con escuchar el tipo de música que cantan. Es un detalle sumamente efectivo y muestra un profundo conocimiento de nuestra música. Las voces del elenco les dan vida a las composiciones, en particular sorprenden Mandy González, Olga Merediz, Karen Olivo y Andrea Burns. Miranda es encantador como Usnavi, su dinamismo sólo ofuscado por Robin de Jesús quien interpreta a su primo Sonny y termina robándose las escenas. La rica y enérgica coreografía de Andy Blankenbuehler se combina perfectamente con las melodías de Miranda para crear los bailes más innovadores y emocionantes en tiempo reciente y seguramente dejará sus influencias.
La única crítica negativa que ha tenido In the Heights hasta ahora ha sido respecto el libreto de Quiara Alegría Hudes. Según las reseñas la obra es demasiado “sana” para ser una representación realista de la comunidad latina de Nueva York. Tal parece que para los críticos la realidad de la gente de Washington Heights es impensable sin gangas, drogas o prostitución. Al fin de cuentas, la asociación de latinos con la criminalidad todavía persiste en Estados Unidos, por lo que las vidas y experiencias concretas de individuos humildes y luchadores resulta irreal. No obstante, cualquier latinoamericano que vea la obra sabrá que es, sin duda alguna, la representación más auténtica de nuestra gente, nuestra música y nuestra cultura en Broadway. En Estados Unidos, donde el racismo todavía es un asunto alarmante, hay un teatro donde su público ríe y llora con seres humanos puertorriqueños, dominicanos y cubanos y por una noche son transportados a un sector de Nueva York que desconocen. No hay palabras para describir lo emocionante que es ver esta obra. La reseña del New York Times, que no fue del todo positiva, dice que la energía que crea la música podría iluminar el puente de George Washington por dos años. Yo diría más bien que el amor, palpable en todo aspecto de la obra, genera tanta energía que la luz de las estrellas que añora Doña Claudia brilla con más fuerza que los letreros de Times Square.
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La autora es crítica de arte puertorriqueña y estudiante doctoral en la Universidad de Salamanca.
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