Es talentoso, encantador, conversador brillante. Poseedor de una profundidad de pensamiento que va en proporción indirecta con su edad. Como decían de los Reyes Magos “de tierras lejanas venimos a verte”, el joven de nuestra historia llegó de tierras lejanas a su San Juan natal–llegó de California, Los Angeles, Massachusetts, donde fue a conocer sobre técnicas de hacer cine– el llamado séptimo arte–. Aparte de su talento, el arte habita en él, por obra y gracia del tronco del que proviene, dos reconocidas figuras del quehacer artístico: David Ortiz Angleró y su compañera Myriam Torres.
El arte es pues su hábitat natural y el cine su pasión de vida, lo que ya se hacía evidente desde que a una muy tierna edad, Lorenzo, el joven de marras, hacia rudimentarias peliculitas caseras a las que les impartía movimiento y ponía diálogos.
En los pasados días nos recibió, en su espacio vital, allá en lo mas alto de la Calle Norzagaray, frente al imponente mar que le sirve de paisaje permanente y privilegiado y que mucho tiene que haberle servido de inspiración. Allí, abrió su valija cargada de vivencias, sueños, proyectos para compartirlos con En Rojo, especialmente el más reciente: la presentación en Puerto Rico de su primera película comercial, de arte, Lo que cuento al viento, un largometraje de 78 minutos de duración, filmada en español e inglés y con subtítulos en ambos idiomas.
La película transcurre durante una larga caminata de los protagonistas, ella (Andrea Ortiz) y él Nathan Johnson a través de hermosísimos parajes de nuestra tierra borincana en los que la impresionante belleza de cascadas, riachuelos, lagunas, mares y montes, junto a la exuberancia e intensos matices de plantas y flores conforman un delirante espectáculo de color que logra el efecto de sentir que penetramos dentro del paisaje para fundirnos en él convirtiendo a la naturaleza en la principal protagonista.
Durante la caminata, los protagonistas van sosteniendo una conversación en la que aluden al misterio de la vida y de la muerte y a sus respectivos significados, en ocasiones mediante reflexiones profundas, proféticas, sentenciosas, que llevan al observador inexorablemente a realizar el mismo ejercicio. El largometraje seguramente provocorá interpretaciones contrarias según el grado de sensibilidad de los espectadores y sus particulares conceptos y visiones de la vida y de la muerte.
En fin, Lo que cuento al viento, es un viaje directo a la conciencia, timoneado por el talento de un cineasta joven que, con una imbricación de color, naturaleza y poetización del lenguaje, nos expone, no a un intento de descifrar los misterios de la vida y de la muerte, sino a su muy particular visión de los mismos, con la cual, desde mi personal forma de sentir, logré establecer una perfecta sintonía.
(Esto fue lo que le contó el viento a una diletante sensiblera, la crítica especializada se la dejo a María Cristina)
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