Cita Histórica


“Nunca llegaremos a merecer el respeto de un pueblo libre como el americano
si seguimos pidiendo qué debe hacerse con nosotros…
la soberanía nacional es la creadora…”
                                                                                
  Juan Santiago Nieves

 

Puerto Rico • 15 al 21 de mayo de 2008

 

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La zona gris PDF Imprimir E-Mail

Los hundidos y los salvados, uno de los libros que el químico italiano Primo Levi dedicó a sus experiencias en Auschwitz, recoge varios ensayos que reflexionan y examinan las experiencias vividas en ese campo de concentración y exterminio, cuarenta años luego de su liberación. Uno de los ensayos más enjundiosos y perturbantes de esa colección, “La zona gris”, expone cómo en los campos la distinción entre el perpetrador y la víctima se difuminaba en una zona de éticas confusas y situaciones que colmaban los límites de la peor pesadilla. Parte integral de la estructura de los campos fue hacer que los prisioneros formaran parte de la maquinaria que mantenía al campo en operación. Ya fuera como doctores, oficinistas o kapos de los distintos grupos de prisioneros, las víctimas del campo eran forzadas a colaborar con la destrucción de sus semejantes y, a la larga, con la suya propia.

The Counterfeiters, una coproducción austro-alemana, presenta una curiosa versión de la enmarañada zona ética de la que habla Levi. Basada en una historia real, la película narra la historia de Solomon Sorowitsch, un logrado falsificador de monedas y documentos que en 1944 es deportado al campo de Mauthausen, donde pronto aprende a salvaguardar su vida pintando retratos de los oficiales del campo y sus familiares. Tiempo después lo transfieren a Sachsenhausen, donde el inspector Herzog, quien había capturado a Sorowitsch en Berlín, es ahora el dirigente de un escuadrón de falsificadores. En cuarteles especiales, separados de la miseria en que viven los prisioneros comunes, Sorowitsch debe dirigir los esfuerzos para falsificar la libra esterlina y el dólar a gran escala, y de esa forma fortalecer al tercer Reich en su lucha contra los aliados.

Entre los hombres que conforman el escuadrón de falsificadores, Sorowitsch es el único criminal. El resto había llegado al campo por razones raciales o políticas. Cada uno agradece la suerte de formar parte del grupo de falsificadores: tienen comida y camas individuales, no se ven obligados a hacer trabajos manuales extenuantes, los oficiales del campo no los maltratan. Siempre que logren los objetivos que Herzog les impone, sus vidas pueden continuar en esa “normalidad”. Luego de varios intentos, el grupo liderado por Sorowitsch logra falsificar impecablemente la libra esterlina. Herzog ordena que se haga lo mismo con el dólar, y para estimular a sus falsificadores les regala ¡una mesa de pimpón!

Al comenzar una vez más el proceso de falsificación, Burger, un comunista eslovaco, decide sabotear la falsificación del dólar para así evitar seguir aportando a la máquina de guerra alemana. El grupo entero de falsificadores sabe bien que, de no lograr la falsificación del dólar en un periodo de tiempo razonable, no sólo perderán sus privilegios, sino que sus vidas también. Pronto comienzan a desenvolverse los encontronazos entre aquellos que creen en salvar sus vidas y Burger, quien está dispuesto a sacrificar la vida de todos en nombre de una  causa mayor.  Sorowitsch, por su parte, se ve obligado a apagar fuegos aquí y allá, ya que, aunque nunca apoya a Burger en su decisión, calladamente lo protege. Poco a poco va surgiendo esa zona gris de negociaciones y compromisos éticos. Incluso Burger, quien a primera vista aparenta ser un idealista heroico, formó parte de los escuadrones Canadá en Auschwitz, los prisioneros que recibían los trenes repletos de personas y se beneficiaban de las pertenencias que dejaban atrás aquellos destinados a la cámara de gas. Surge entre los falsificadores, pues, la pregunta sobre la supervivencia: ¿Cuán lejos está dispuesto un hombre a llegar para salvar su propia vida?

Cuando se acerca el final de la guerra, los oficiales del campo replegan a Berlín. Es entonces que los falsificadores se topan con los prisioneros comunes que han tomado las armas y el campo. Según realizada, la escena del encuentro logra un máximo de tensión: los prisioneros comunes, al ver el buen estado en que se encuentran los falsificadores, suponen que se trata de oficiales acuartelados. Al borde de ser acribillados, algunos de los falsificadores muestran a los prisioneros comunes los números tatuados en sus antebrazos, prueba siniestra de que, como ellos, los falsificadores también son prisioneros.  

Con la llegada de los prisioneros comunes y las posteriores tomas de cadáveres repartidos por todo el suelo del campo, el director de The Counterfeiters, Stefan Ruzowitzky, levanta el telón del pequeño escenario donde se ha desenvuelto su “morality play” para recalcar que la historia que ha presentado no es más que un pequeño destello en la vasta oscuridad del universo concentracionario. Hasta ese momento sólo vemos atisbos del horror cotidiano de los campos, y una vez aparece el contexto del privilegio de los falsificadores se comprende del todo cuán anómala es su historia. La endemia, la inanición y vejación a las que eran sometidos los prisioneros comunes del campo, explotados hasta la muerte, no les permitía detenerse en los pormenores y consecuencias éticos de sus acciones. Se balanceaban de día a día sobre la línea precaria que divide la muerte de la vida; su supervivencia fue reducida a un instinto animal. Muchos de ellos perdieron, incluso, ese mínimo hálito de vida. Su historia, la del fondo lastimoso en el que un humano puede obligar a otro a sumirse, rebasa los límites de toda ficción. The Counterfeiters apuesta a que, en palabras de su director, “Se puede contar historias universales y limitarse a fragmentos pequeños, pero relevantes, de una verdad mayor”.

 
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