Cuando me llegó la invitación a la presentación y leí mi nombre junto a los del compañero Iván Figueroa y la compañera Maritza Pérez Otero, confieso que me puse muy nerviosa. Pensé, ¿cómo se me ocurrió decirles que sí? ¿Y si caigo en sus lenguas, o lo que es peor, entre sus garras, digo, sus dedos, ésos que afanosamente han tecleado durante los últimos tres años sobre todo aquello que las saca de quicio? Me parecía sospechoso que hasta ahora las autoras no hubiesen fijado sus miradas desquiciadas en ese ritual que a los allí presentes nos resultaba casi tan familiar como la llegada de las Navidades: Las presentaciones de libros.
¿Sería una trampa? Me preguntaba cómo describirían nuestras desquiciadas autoras el género de las presentaciones de libros? Me atribulaba pensando, ¿serán tan implacables como lo fueron con las concursantes de Miss Universe, el Santa Claus inflable, las jefecitas, los políticos y toda esa gama de convenciones sociales que nos definen desde la cultura, la nación, el género y la ley? ¿Las desquiciaría mi presentación? Ya las imaginaba, al día siguiente repasando una a una las convenciones del mentado género y aplicándonoslas a Iván, a Maritza y a mí, que en ese momento no sabíamos si estábamos dentro o fuera del quicio. No era fácil estar allí, insertados en la convención ritual ejerciendo el colmo del desquicio, el oxímoron más desquiciante, la paradoja misma: la presentación de un libro titulado Fuera del quicio. Es decir el desquicio encuadernado y ordenado.
Ahora me piden que publique la presentación, a lo que no he podido negarme. Pero no puedo hacerlo sin comentar antes la extraordinaria participación de los otros dos presentadores.
El compañero Iván Figueroa leyó un lúcido y lucido texto titulado “El resquicio de las Euménides”, en el que comparaba a las autoras del libro con estos míticos y temibles personajes:
“Se me antoja pensar en estas escritoras, relatoras, cronistas y deliciosas chismosas de lo que somos realmente, como las Euménides, seres borrosos y al mismo tiempo muy pujantes en la poesía trágica. Son personificaciones de la idea de reposición del orden destruido por el crimen, en especial en los miembros de la propia familia o del grupo, la tribu o el clan. Por eso tienen por misión, y este ejemplo me encanta, el castigo del huésped que no observa las leyes de la hospitalidad. Para reprimir estos males persiguen sin cesar al delincuente y lo acosan y lo vejan hasta matarlo o dejarlo incapaz de obrar.
Son anteriores a Zeus y a los dioses, índice de su carácter abstracto, hecho concretizado por el mito. Y miren qué curioso, son tres: Tisífone, “vengadora”; Alecto, “seductora”, y Megera, “refunfuñona”. Pero más curioso aún, en algunas instancias son seis! También se les conoce como Erinas. A mí, personalmente, me gusta el nombre que le pusieron los romanos, las Furias, y las representaban llevando como insignias, látigos de cuero guarnecidos de láminas y anillos de bronce. Con ellos atormentaban al culpable. Mmmm, qué rico.”
De más está decir que, una vez terminada la presentación, las autoras se disputaron el papel de Alecto. Pero Irene Alberti Cardona puso fin a la discusión, magistralmente, dictando la siguiente sentencia final y firme: Mari es Alecto, Vanessa es Tisífone y mi mamá (Sofía) es la otra.
Maritza Pérez Otero y el grupo de Teatro Jóvenes del ’98 realizaron una lectura dramatizada de un fragmento de cada una de las autoras e hicieron reír a carcajadas a todos los presentes y se ganaron un merecido y contundente aplauso. Los textos seleccionados (el de los enemigos invisibles de Mari Mari, el del celular como prótesis de Vanessa Vilches y el de la Navidad que vuelve de Sofía Cardona) fueron ingeniosamente hilados por la lectora y los actores en una suerte de coreografía circular, que comenzaba y terminaba con el miedo (¡el miedo que debían tener, como Iván y yo, de aquellas tres furias, cuya mirada se posaba implacable sobre nosotros!). Cuando llegó mi turno dije así: En el principio era el quicio. Y el quicio se hizo hombre. Y lo llamaron Hostos. Y Hostos escribió ensayos. Y un día les dijo a sus discípulos: “Educada exclusivamente como está por el corazón y para él, aislada sistemáticamente como vive en la esfera de la idealidad enfermiza, la mujer es una planta que vegeta, no una conciencia que conoce su existencia; es una mimosa sensitiva que lastima el contacto de los hechos, que las brutalidades de la realidad marchitan; no una entidad de razón y de conciencia... instinto, no razón; haz de nervios irritables, no haz de facultades dirigibles…”
Pero también dijo, ese mismo día: “Como ser humano consciente, la mujer es educable.” Ergo, educadla. “Que dirigirá mejor su corazón cuando esté más educada su conciencia; que sus actividades serán más saludables cuanto mejor desenvueltas estén sus facultades, es tan evidente y es tan obvio, que por eso es necesario, indispensable, obligatorio, educar científicamente a la mujer… Ellas os darán una patria que obedezca virilmente a la razón…” Y Pedreira vio que era bueno, y también lo vieron Manuel Alonso, Tomás Blanco y Emilio Belaval.
Y el quicio habitó entre nosotros. Y durante varias décadas, el ensayo floreció en las páginas de periódicos como La Democracia, El Mundo, La correspondencia, El día de Ponce y El buscapié y de revistas como La Revista de las Antillas, Juan Bobo, Idearium, Índice, Puerto Rico Ilustrado, Asomante, Sin nombre, La Escalera y La Revista del Ateneo, entre otras, con la obra ensayística de autores tan diversos como Muñoz Rivera, Fernández Juncos, Nemesio Canales, Géigel Polanco, Andreu Iglesias, Palés Matos, Marqués, Muñoz Marín, Georg Fromm, Gervasio García, entre muchos otros. Y también hubo profetisas, educadas científicamente, como Margot Arce, Nilita Vientós Gastón y Ana Fernández Seín, que anunciaban la llegada de nuevas perspectivas.
Y la profecía se cumplió. En los setenta, el quicio se estremeció con la llegada de otras mujeres educadas: Olga Nolla y Rosario Ferré (con la complicidad de Luis César Rivera, Waldo César Lloreda y Eduardo Forastieri), quienes lanzaron la revista Zona carga y descarga. La gran “Z” de su logo, como la del Zorro, anticipaba subversión e irreverencia respecto a las autoridades y el orden establecido. Desde su primer número, proclamaron que la crítica y literatura puertorriqueñas se habían convertido en una tediosa repetición de viejos estilos y acercamientos. La ausencia de una tradición literaria, dijeron, son “las puertas cerradas a las que injustamente se enfrenta una nueva promoción de escritores puertorriqueños” que “no quieren seguir creando en el vacío que representan todas estas puertas cerradas”. Y forzaron los quicios y se abrieron las puertas a esta Zona de confrontación y búsqueda, desde donde Francisco Manrique Cabrera, Mercedes y Luce López-Baralt, Arcadio Díaz Quiñones, Luis Rafael Sánchez, Donoso y Lezama Lima, entre muchos otros, exigieron una nueva literatura y crítica. “Estamos llenos de sombras”, dijeron. “Fuera el miedo a la luz.”
Y sus súplicas fueron escuchadas. Y se hizo la luz. De las sombras surgió la claridad. Al dúo dinámico Nolla-Ferré le siguió el septeto Barsy, García Ramis, Lugo Filippi, Márquez, Ramos, Sanabria Santaliz y Vega, quienes crearon la columna Relevo, en la segunda página de la sección En Rojo del semanario Claridad, fundado en 1959. El Relevo, que comenzó en 1985, culminó en la publicación, en 1988, de El tramo ancla.
Según su prologuista, Ana Lydia Vega, los corredores del relevo abordaron “en broma y en serio importantísimos sucesos del acontecer político y social”: el Cerro Maravilla, los refugiados del Fuerte Allen, el FBI, el SIDA, la criminalidad, pero también Miss Universo, la literatura y el teatro, la batalla de los sexos, la crianza de los hijos, la soledad de la vejez y los cataclismos internacionales. Y el quicio no volvió a ser el mismo. Y veinte años después de El tramo ancla llegaron tres escritoras que levaron el ancla para embarcarse en otro relevo al que llamaron Fuera del quicio. Si, como reflexionara la prologuista del Tramo, los siete corredores emulaban a las Siete Potencias Africanas, los siete contra Tebas, los siete pecados capitales y hasta los siete enanitos de Blanca Nieves… las tres escritoras de Fuera del quicio emulan cabalísticamente a la Santísima Trinidad, las tres Gracias, las tres Marías, los tres clavos de la cruz, las tres hadas madrinas de la Cenicienta y hasta las tres mujeres virtuosas del ensayo de Montaigne, entre muchos otros tríos sobre los que se construye nuestro imaginario personal y cultural: los Tres Reyes Magos… los tres ositos… los tres cerditos… Sin duda, el número 3 está cargado de simbolismo.
Cábalas y prologuista aparte, hay muchos otros puntos de contacto entre estos dos proyectos editoriales: la reflexión sobre “temas universales” (y aquí hay que decir que los concursos de belleza parecen ser una obsesión en la ensayística puertorriqueña, pero también la familia, la educación de los hijos, la vejez, la violencia, los cataclismos, la vida desquiciada y desquiciante en este país); la mirada crítica sobre los “desquiciantes temas de actualidad” en toda su sinrazón y crueldad, pero también la capacidad para la ternura y el humor; la diversidad de tonos (desde la celebración y el asombro hasta la indignación más absoluta) y, por supuesto, la indudable confabulación de voces y miradas que se posicionan ante una realidad desquiciante desde un lugar “otro”, un lugar “fuera” para reivindicar y privilegiar ese lugar “otro” y “fuera” del quicio.
“Escribir fuera del quicio”. Éste es el título de uno de los ensayos que, bien podría decirse, resume el espíritu tanto de la columna como del libro y donde Vanessa Vilches le explica a un curioso lector que el desquicio no es una condición exclusivamente femenina y, por lo tanto, la columna no es exclusivamente feminista: “Yo recurrí a la polisemia de la palabra relevo y le dije que yo quería relevarme en el relevo de representar obligatoriamente el pensar o el escribir en femenino... Pues para empezar, argüí socarronamente, no existe tal cosa como un femenino, es decir, hay miles de femeninos... no me interesa representar a la mujer porque, primero, no considero que haya una sola manera de pensarse y ser mujer, sino muchísimas y variadas. Además, en lo que a mí respecta, soy consciente de que, incluso, soy mujer de diversas maneras en diversos momentos, por lo que soy una especie de mujerío: muchas mujeres en diferentes instancias. Por otra parte, continué, considero que el género, si pensamos en las diversas experiencias, expectativas, ideologías que se construyen social y culturalmente en un momento dado a partir de la diferencia biológica, incide en la escritura, pero no debe determinarla. Por lo tanto, me gustaría pensar en que escribimos, punto, sin recurrir necesariamente a los estereotipos de ser escritoras y, por lo tanto, columnistas feministas.” Como diría Magali García Ramis, Hostos, bróder, chúpate ésa en lo que te mondo la otra. He ahí la mujer americana con que soñaste, “tan rebelde por tan digna, como dócil y educable por tan buena…” Tan buena… Bueno… De las palabras de Vanessa, retomo lo del mujerío, la pluralidad, la diversidad en la unicidad, porque me parece que ahí está el meollo del asunto: las autoras de Fuera del quicio son una y muchas mujeres a la vez, una mujer que se manifiesta de muchos modos, ¿como la virgen?, pensé. No, mejor no entremos en cuestiones metafísicas. Ciñámonos al pensamiento científico-hostosiano). Confieso que el ensayo me hizo reflexionar sobre mi propio desquicio y acudí pronta a mi compadre, que es psiquiatra, y él me habló, con la lucidez que le caracteriza, sobre los trastornos de personalidad y sus repercusiones en la conducta social de las personas que los padecen: rechazo a la autoridad absoluta, al cumplimiento de las normas y rituales sin sentido, actitud provocadora y desafiante, miedos, fobias, personalidades múltiples… La idea de padecer un trastorno de personalidad me pareció punitiva, científicamente injusta. Yo, que como Mari Mari Narváez, también quiero ser moderna, estable, infinita.
Pero, compadre, en honor a esa verdad hostosiana a la que hemos sido conminados, le pregunto, ¿quién está realmente fuera del quicio en este bendito país que, como diría Sofía Cardona, apenas es un puntito en un globo terráqueo de sesenta dólares? ¿El sujeto que mira o el que es objeto de esa mirada? ¿Quiénes están realmente fuera del quicio? ¿El impúdico travesti vestido de novia en un cruce de Río Piedras o la madre que se disfraza impúdicamente de Wonder Woman la noche de Halloween (para vergüenza de su hija)? ¿La versión femenina y tropical de Mr. Scrooge en la fila del supermercado, los vecinos que pusieron un santa claus inflable a la entrada de la urbanización sin realizar un plebiscito previo o la que año tras año saca la amarillenta y muy manchada receta del nostálgico coquito familiar y suspira ante la Osterizer? ¿La enfermera que atiende en una abarrotada y ruidosa sala de espera o la mujer que descubre dichas insospechadas en su medio sordera? ¿La elegante Señora de Tal en su flamante SUV, convertida en amenaza pública, o la que vuelca su ira contenida en el oficial de tránsito? ¿La jovencísima y esbeltísima semifinalista en el certamen de Miss Universe, cuyo único sueño es luchar por la paz del mundo en su bikini, sin celulitis, o la mujer educada y comprometida que clama por el fin de los concursos de belleza (aunque no se los pierde)? ¿La radiante Adamari el día de su boda con Luis Fonsi cuando declara que está feliz de ser, por fin, la señora Rodríguez o la mujer que monta en cólera al recibir una inocente carta dirigida al Sr. Fulano de Tal y Sra.? (Señora abreviada: S-R-A-puntito, fue el puntito lo que la sacó de quicio.) ¿La que analiza la cocina femenina fundamentándose en la autoridad indiscutible de Sor Juana o la que se identifica con una lechuga porque comparte con ella el 30% de su DNA? ¿La mujer desencantada ante el encanto de la familia tradicional o la que se proclama mamisonga en pleno día de las madres soneando descaradamente mamita linda dime por qué, dime por qué me abandonaste? ¿Los que dan consejos para vivir mejor y más saludablemente o los que se afanan en seguirlos? ¿El funcionario de la oficina de gobierno, la policía, el FBI, los estudiantes universitarios, el gobernador, los senadores, la madre, la hermana, los hijos, el padre, el mismísimo Donald Trump?
¿Dónde está el desquicio en toda esta diversidad de sujetos, voces y perspectivas que desfilan ante nuestros ojos en Fuera del quicio? Difícil saberlo. Y, desde luego, en la lectura de este libro no encontraremos la respuesta. Pero, compadre, le pregunto otra vez, ¿acaso es posible saberlo? ¿Es posible tener/recuperar la razón? (entiéndase por razón, no sólo buen juicio sino verdad). ¿Es posible ensayar la realidad, ensayar sobre la realidad desde algún lugar que no sea fuera del quicio?
A finales del siglo XVI, el ensayista Michel de Montaigne reflexionaba sobre sus ensayos en los siguientes términos: “Si de mí mismo hablo unas veces de diverso modo que otras, es porque me considero también diversamente. Todas las ideas más contradictorias se encuentran en mi alma, en algún modo, conforme a las circunstancias y a las cosas que la impresionan: vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; hablador, taciturno; laborioso, negligente; ingenioso, torpe; malhumorado, de buen talante; mentiroso, veraz;, ignorante, liberal; avaro y pródigo; todas estas cualidades las veo en mí sucesivamente... Quien se estudie atentamente encontrará en sí mismo y hasta en su juicio, igual volubilidad y discordancia. Yo no puedo formular ninguno sobre mí mismo que sea concluyente, sencillo y sólido, sin confusión y sin mezcla, tampoco resumirlo en una palabra…”
Parece que el género del ensayo se presta para el desquicio y me parece que Fuera del quicio, lejos de hacer un llamado a la cordura, nos invita a ensayar el desquicio, desde dentro y desde fuera, en toda su fascinante diversidad.
Texto leído en la Presentación de Fuera del Quicio, en la Puntilla, San Juan, 2008
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