Cita Histórica


“Nunca llegaremos a merecer el respeto de un pueblo libre como el americano
si seguimos pidiendo qué debe hacerse con nosotros…
la soberanía nacional es la creadora…”
                                                                                
  Juan Santiago Nieves

 

Puerto Rico • 15 al 21 de mayo de 2008

 

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Sometimiento bíblico en clave de reggaetón PDF Imprimir E-Mail
Fuera de quicio
Mari Mari Narváez Especial para En Rojo   

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Juro que lo imaginaba todo: las siete mil hortensias perfectamente ubicadas por todas partes en evidente alusión a un estilo rococó, según afirmaron los expertos. Los dos bizcochos de boda, uno de once tortas con cristales Swarovski incrustados y 6,500 flores en papel dorado de pastillaje comestible.

“El otro, violeta y dorado, yacía en el salón contiguo ostentando una imponente corona”, leía la crónica en un elegante ejercicio de minucia periodística.
No les voy a decir que no sentí mis sospechas cuando supe del “pastor” que entraba a casar a la bella pareja de Jackie Guerrido y Don Omar, con su Biblia bajo el brazo. Ese pequeño libro, que podría ser tan rico e interesante, me causa un estupor inconcebible cuando viaja bajo el amparo de una axila.

Pero en fin, ahí estaba yo pendiente de todo, leyendo con mucha cautela (no les niego que andaba al acecho de un temita)  cuando lo escuché: “Jackie, obedece y sométete a William”.

“Ea, hasta aquí llegó Jackie”, pensé.
Si les digo, cuando veo estas bodas estrambóticas, siempre sospecho que la novia está al borde de salir corriendo. No sé cómo se controlan, exactamente qué las detiene, pero estoy segura de que una boda de cientos y cientos de personas y decenas de miles de dólares es un evento que parece muy grandioso por fuera pero por dentro tiene que ser una tortura, un ejercicio truculento de hiper-conciencia y exceso de compostura (¿Acaso un gran ejercicio experimental para el matrimonio?).

“Se me dio”, dije. “¡Tremenda columna!”. Ya imaginaba a Jackie, su vestido vaporoso marcando el compás de su huida. Habría tirado bruscamente el ramo de flores para agarrarse bien la cola del vestido mientras corría escaleras abajo. De tanta estupefacción, ningún miembro del rito podría alcanzarla. Una vez en el vestíbulo, miraría a todos lados y optaría por la salida más orgánica: el mar. En un santiamén llegaría a la orilla pero no dejaría de correr porque aún no estaría a salvo. Se quitaría los zapatos y también el velo en algo así como el epílogo de su liberación. Y según se alejara de la escena, dejaría de ser la novia que escapa para convertirse en una ola blanca y lejana que se desvanece en el horizonte.
No sé ni cómo tuve tiempo de imaginar esta digna y brillante salida. Mientras inventaba mi historia, Jackie aceptaba la invitación bíblica, no con la serena resignación de los ritos inevitables sino con felicidad marcada y evidente. “Yess!”, dijo. “Yes!”. Como mi sobrinita cuando logra que la dejemos ir al cine con su grupito. “Yes!”. Con intención. Como si aquella fuera la línea definitoria del día, la razón de ser de aquella gran puesta en escena. “Yes!”, así con furia y con decisión, como si lo hubiese razonado y asumido hasta la saciedad.

En ese momento sólo recordé una de las conferencias a las que acudí en mis años de universitaria en la ciudad de Boston. Tenía 18 años y fui a la Universidad de Harvard a escuchar una charla sobre la feminista del siglo XIX, Elizabeth Cady Stanton, quien sostuvo lo siguiente en su libro Woman’s Bible (y la traducción es mía):

“Ninguna reforma es posible en un área de la sociedad si no avanza también en todas las demás. No se puede reformar la ley y otras instituciones culturales sin reformar también la religión bíblica, que reclama la Biblia como Escritura Sagrada. Dado que ‘todas las reformas son interdependientes’, una interpretación feminista crítica es un esfuerzo político necesario, aunque no sea oportuno. Si las feministas piensan que pueden desatender la revisión de la Biblia porque existen otros asuntos políticos de mayor envergadura, entonces no reconocen el impacto político que tienen las Escrituras sobre las iglesias y las sociedades, y también sobre las vidas de las mujeres”.

Recuerdo con mucha claridad la tarde de aquel viernes que asistí a esa charla extraña pero de alguna manera fascinante. Nevaba violentamente y, por no caminar entre tanto frío, me metí en un pequeño negocio de Harvard Square y solicité un café. Estaba deslumbrada con el pensamiento de aquella mujer pero yo no sabía mucho sobre feminismo, tan sólo lo que escuchaba decir a mi madre, mayormente en referencia a los años setenta, sobre cosas que jamás pensé que fueran a aplicarme. No tenía ni idea de cuán marcada estaría en la vida por el hecho diminuto, casi fortuito de ser mujer.

A pesar de mi fascinación general por Elizabeth Cady Stanton, sus ideas con respecto a la revisión bíblica me parecían exageraciones. Pensaba que a las mujeres que por cuenta propia habían decidido someterse a la Iglesia, había que dejarlas tranquilas. Ésa era su decisión. Aludía yo a una especie de respeto (realmente, indiferencia) a la libertad de púlpito y a todo lo que supone la religiosidad, algo que con los años se alejaría cada vez más de mi vida, aunque no por eso dejaba de existir.

Y ahora, viendo todo esto (“Jackie, obedece y sométete a William”) en primera plana; sin nadie que se queje ni se levante mientras la hermosa Jackie contesta con ese ‘yes’ cruento, ilusorio… La verdad, apenas ahora es que comienzo a comprender.

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