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Cita Histórica


““El capital es cobarde, no va sino donde se siente seguro”
Robert Zoelick
Presidente del Banco Mundial

 

“El capital no tiene patria”
Karl Marx,
Manifiesto Comunista

 

Puerto Rico • 7  al 13 de agosto de 2008

 

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Claridad en la Nación
Francisco A. Catalá Oliveras*/Especial para Claridad   

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Basta leer o escuchar las noticias, aunque sea superficialmente, para apercibirse de que se está desmantelando el andamiaje institucional y material de Puerto Rico. No hay actividad ni sector, sea en la agricultura, la manufactura o los servicios, que no esté dando claras señales de agotamiento. Esto se acompaña de una creciente descomposición social con numerosas y diversas manifestaciones: desde la criminalidad hasta el desorden cotidiano, desde el dominio de la cultura de la zafiedad hasta la degeneración política. Se trata de una especie de maloliente mejunje cuidadosamente preparado en la “moderna” mezcladora colonial de nuestro país. Algunos ingredientes son de factura reciente; otros se han cuajado desde hace muchos años. Reforma agraria o la siembra de casas
Veamos el caso de la agricultura. Si algo se ha cultivado entre los puertorriqueños es el pesimismo y el desprecio hacia la actividad agrícola. Quizás la amarga experiencia con la explotación azucarera no ayudó a conducirnos por una ruta más respetuosa del potencial agrícola de nuestra tierra. La llamada reforma agraria de la década de 1940 no tardó en degenerar en una reforma de bienes raíces en la que el especulador y el desarrollistas desplazaron al agricultor. ¿Por qué sucedió esto?

La contestación es sencilla. Las leyes del mercado son ciegas, carecen de perspectiva, no responden a necesidades sociales sino que sólo escuchan al motivo del lucro. Si resulta más rentable sembrar casas y cemento que sembrar alimentos, el mercado dicta entonces que se haga lo primero, independientemente de las consecuencias que esto pueda tener a mediano y largo plazo.
No obstante, el mercado no es culpable. Éste es sólo un mecanismo social de interacción mercantil. Carece de voluntad y de sentimientos. No es un ser. La responsabilidad recae sobre los actores sociales. Éstos, sobre todo el gobierno, tienen que proveer la visión de que carece el mercado. ¿Por qué no se ha provisto tal visión?

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La contestación a esta pregunta también es sencilla, aunque tiene varias vertientes. Para empezar, hace más de medio siglo que el gobierno se obnubiló con un proceso de industrialización basado en inversión directa externa acompañado de una intensa y desordenada actividad de urbanización. Confundió el desorden en el uso de los terrenos con progreso y la rentabilidad de unos actores privados con desarrollo.

La degeneración de la industrialización
La ampliación de la base manufacturera era y es necesaria. Pero, desafortunadamente, la industrialización en Puerto Rico cobró la forma de enclave orientado, como la industria azucarera que le precedió, a la remisión del excedente o ganancias hacia el exterior. No sirvió para eslabonarse con otros sectores productivos del país y así contribuir a la movilización de los recursos nacionales. Tampoco sirvió para vincular al país con diversos mercados en otros países. Ni siquiera logró generar los empleos anticipados. Esto se hizo patente con la migración masiva y con la permanencia de altas tasas de desempleo y bajas tasas de participación laboral. El gobierno, simple y llanamente, se apuntó con el nuevo enclave y no juzgó prioritaria la articulación de un andamiaje industrial nacional ni, mucho menos, la modernización del quehacer agrícola. Ahora, por cierto, como es común tarde o temprano en todo enclave, la manufactura está acusando, con el cierre de fábricas y la pérdida de empleos, señales críticas.
Dicho sea de paso, no debe confundirse la alteración estructural asociada al desarrollo, o el cambio en el peso relativo en la contribución a la producción y al empleo de los distintos sectores que componen a la economía, con la hipertrofia provocada por el languidecimiento absoluto de determinados sectores. Esto último es lo que ha caracterizado a Puerto Rico.

El lamento borincano
La producción agrícola de Puerto Rico es sumamente modesta. En orden de importancia, a base de su contribución al Ingreso Bruto Agrícola durante el año 2007, los cinco productos más importantes son: leche, farináceos, aves, plantas ornamentales y café. La última versión del desmantelamiento se ha dejado sentir en la industria lechera y en la industria avícola, dos de los renglones alimenticios más importantes. Hay que advertir que en ninguno de los restantes productos la situación podría caracterizarse de halagüeña. A todos los marca la precariedad.

En el caso de la industria avícola y de la industria lechera –aparte de la omnipresente mano colonial de las distintas instancias del gobierno federal de Estados Unidos, particularmente en el caso de la industria lechera– hay que hacerse cargo del aumento de los precios de los alimentos a nivel mundial. Algunos de éstos, como el maíz, son insumos básicos para estas industrias y, por tanto, las alteraciones en precios inciden directamente en sus costos. A esto se suma, claro está, el aumento en el precio de los combustibles y de la energía eléctrica provocado por la espiral ascendente en el precio del petróleo.

El precio del arroz, del trigo, del maíz y de otros alimentos está aumentando aceleradamente. Duplicaron sus precios durante el año 2007 y la tendencia incremental ha continuado en lo que ha transcurrido del año 2008. ¿Qué está pasando para que esto ocurra? La escasez se está dejando sentir. Por primera vez en alrededor de treinta años han coincidido protestas masivas en muchos países ante la crisis alimentaria. Una grave sequía en la inmensa Australia ha afectado la producción de arroz. Por otro lado, el descomunal crecimiento económico en China y en India, con más de 2,400 millones de habitantes entre ambas, se ha traducido en aumento sustancial de la demanda por granos y carnes. Estos dos países, a los que se sumaron Egipto y Vietnam, redujeron sus exportaciones de arroz para darles prioridad a las exigencias de sus mercados internos.

En segundo lugar, el fenómeno del mercado, como siempre, aparece en escena para agravar la escasez, pero acompañado de la insensatez gubernamental. Con el aumento en el precio del petróleo se estimula la búsqueda de fuentes alternas de energía, lo que ha tornado rentable el uso de la tierra para “sembrar” biocombustibles en lugar de producir alimentos. Alrededor del 20 por ciento del maíz cosechado en Estados Unidos durante el año 2007 se utilizó como combustible. Se espera que para el 2008 esta proporción, avalada por las políticas de la administración del presidente Bush, llegue a 30 por ciento. Brasil es otro entusiasta productor de biocombustibles. Así, se está encajando al mundo en una perversa ecuación de más combustibles y menos alimentos. En lugar de colocar la ciencia al servicio de la producción de alimentos se coloca al servicio de una ecuación perversa que pone en peligro la vida misma.

Los puertorriqueños nos encontramos en una posición particularmente vulnerable. La inmensa mayoría de nuestros alimentos es importada. Ya es hora, más vale tarde que nunca, que en lugar del desmantelamiento dictado por la ceguera mercantil y por la supeditación del gobierno a ésta, se defina una política agrícola y se articule un plan de uso de terrenos para proveer los márgenes de seguridad alimentaria que requiere una población como la nuestra. Unos países lo han hecho; otros no. Deberíamos incluirnos entre los primeros. Desafortunadamente, hasta ahora ha imperado la distorsión del mercado y la indefensión colonial. El viejo dicho “donde come uno comen dos” sirve como consigna de distribución hospitalaria pero no como estrategia para la producción de alimentos. ¡Se nos está haciendo tarde!

* El autor es catedrático jubilado de Economía de la Universidad de Puerto Rico y miembro de la Junta Directiva de CLARIDAD.

 
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