Conversaba en Virginia con una funcionaria del Banco Central de Tanzania, que estaba aquí en visita de trabajo, y me expresó que la opinión general en su país era que la prensa europea era mucho más libre que la de Estados Unidos y que aquí había mucho control de los medios. Me quedé sorprendido y así se lo expresé. Si los franceses lo creen es una cosa. ¿Pero en la muy lejana Tanzania? Le comenté, como nota al margen, que la inmensa mayoría de los estadounidenses no tenía la menor idea de dónde quedaba Tanzania. Me respondió que ella lo sabía.
Es que, contrario a lo que en Estados Unidos se cree –de que ésta es la sociedad más libre y sus medios son los más independientes del mundo—, otras regiones piensan lo contrario. Y tienen perfecta razón.
El caso reciente del reverendo Jeremiah Wright ilustra perfectamente la realidad estadounidense. En sus varias comparecencias ante la televisión, prácticamente todo lo que dijo fue irrefutable. Y de aquello de lo cual no existe completa evidencia, también se presta para que existan dudas. Lo que dijo Wright se convirtió en noticia simplemente por su relación con Barak Obama. De no ser por eso, a los medios y a los círculos de poder no les interesaria en absoluto ni siquiera mencionar dichos temas. Las cosas que dijo Wright son ciertas, pero aquí en Estados Unidos no se pueden decir, por lo menos en los grandes medios o en el llamado “mainstream”. Eso se puede expresar en publicaciones de pequeña circulación y en poquísimos programas de radio, ¿pero en la televisión y en los periódicos semi- oficiales? ¡Horror! Juicios de ese tipo no pueden expresarse.
¿Qué cosas no se pueden expresar aquí en la sociedad más libre y democrática del mundo? Lo que fueron sus expresiones de Wright ante la cadena de televisión de PBS y en el programa de Bill Moyers.
El reverendo Wright señaló que el gobierno de Estados Unidos “cuando habla de tratar justamente a sus ciudadanos de descendencia india (indios americanos), fracasó. Los colocó en reservaciones”. ¿Acaso eso no es ciento por ciento cierto? “Cuando trató de comportarse hacia sus ciudadanos de descendencia japonesa en una forma justa, fracasó”. Wright se refería a la acción de colocar ciudadanos estadounidenses de descendencia japonesa en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Eso también es completamente cierto. “Cuando fue el momento de tratar con justicia a ciudadanos de descendencia africana, América fracasó. Los pusieron en cadenas. El gobierno los colocó en áreas para esclavos, los colocaron en tarimas para ser subastados, los colocaron en los campos de algodón, los colocaron en escuelas inferiores, los colocaron en viviendas que no cumplían con el mínimo, hicieron experimentos científicos con ellos, los colocaron en los trabajos de sueldos más bajos, los colocaron fuera de la igual protección de la ley, los excluyeron de ese bastión racista que es la educación superior y los colocaron en una posición de no poseer esperanza y de completo desamparo. El gobierno les brinda las drogas, construye cada vez prisiones más grandes, aprueba leyes del tercer ‘strike’ y ¿luego quiere que deseemos cantar Dios bendiga a América (God Bless America)? No, no, no. Dios no bendiga a América; Dios condene a América”. ¿Quién puede negar lo que relata Wright? ¿Acaso no es cierto el trato a los indios americanos, a los de descendencia japonesa, a los africanos?
El reverendo añadió: “Dios es quien brinda la vida. Déjeme decirle lo que eso quiere decir. Eso quiere decir que no tenemos derecho a matar. Si uno es un matón- ganguero viviendo la vida de un abusador o un presidente mintiendo y metiendo al país a una guerra. No existe derecho a matar”. Más adelante, Wright señaló algo que a mí, personalmente, me impacta; la desconexión de la Iglesia Católica y las protestantes y las homilías dominicales con el mundo real.
“Usted sabe, uno visita una iglesia promedio un domingo en la mañana y uno piensa que uno está visitando un mundo de fantasía en lugar de un mundo real. ¿Qué quiero decir con eso? Uno recoge el boletín de la iglesia y éste deja fuera un mundo. Más de 4,000 jóvenes americanos muertos, 100,000, 200,000 iraquíes muertos dependiendo de quién cuenta (las cifras llegan hasta un millón), Afganistán, Darfur, violaciones en el Congo, Katrina,… ése es el mundo que uno abandona. Y uno entra a la iglesia y recoge el boletín semanal y éste informa que existe una reunión para las damas tomar el té cada segundo domingo. ¿Y cómo es que la fe que se predica en nuestras iglesias no se relaciona con el mundo al cual nuestros feligreses regresan después de la bendición?”
Wright continúa: “Tomamos este país mediante el terrorismo contra los Sioux, los Apaches, los Arauacos, los Comanches, los Arapaho, los Navajo. ¡Terrorismo! Sacamos africanos de sus países para construir nuestra vida de comodidad y los mantuvimos esclavizados y viviendo atemorizados. ¡Terrorismo! Bombardeamos a Granada y matamos civiles inocentes, bebés, personal no militar. Bombardeamos la comunidad civil negra de Panamá con los aviones “stealth” y matamos adolescentes y pequeños desarmados, mujeres en estado de preñez y padres muy trabajadores. Bombardeamos la residencia de Kadafi y matamos su niño… Bombardeamos Irak y matamos civiles quienes trabajaban y trataban de subsistir. Bombardeamos una planta en Sudán para compensar por el ataque contra nuestra embajada; matamos cientos de personas que trabajaban muy fuertemente; madres y padres que salieron en la mañana de sus residencias sin pensar que jamás regresarían a ellas. Bombardeamos a Hiroshima. Bombardeamos a Nagasaki y matamos muchos más que los miles (que murieron) en Nueva York y el Pentágono y jamás pestañeamos…”
Más adelante el reverendo expresó algo que es completamente prohibido en los medios estadounidenses: señalar el poder de los sionistas: “Hemos apoyado el terrorismo de estado contra los palestinos… ¿Y ahora estamos indignados porque las cosas que hemos hecho en el exterior ahora regresan a nuestro patio del frente? Uno cosecha lo que siembra (“Chickens are coming home to roost”). La violencia trae la violencia. El odio atrae el odio y el terrorismo atrae el terrorismo”. En otra de las entrevistas Wright opinó que fue el gobierno de Wáshington quien inició la epidemia del SIDA contra la población negra de Estados Unidos y el resto del mundo, y que éste “es capaz de cualquier cosa”.
Los medios del “establishment” opinan que tal acusación es una locura, pero hay que recordar el experimento que hizo Wáshington en Tuskegee en la década de los treinta y cuarenta con prisioneros negros que padecían de sífilis. En aquel caso se les negó tratamiento con penicilina para que los científicos observaran la manera en que morían.
Así que, cuando Jeremiah Wright señala que cree que el gobierno en Wáshington es capaz de cualquier cosa, parece cierto.
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