El mes de abril este año pareció una temporada de lluvia que no daba tregua. Como todo lo cultural parece suceder entre finales de marzo y principios de mayo (las seis semanas más activas del teatro, de los conciertos, las conferencias, las presentaciones de libros y revistas, las visitas de escritores destacados) pues apenas tuve respiro para escribir de cine que, por el contrario, no tiene la misma suerte de lo señalado en paréntesis. No es que quisiera disfrutar de todo, pero hay que aprovechar cuando la cosecha es buena para guardar buenos recuerdos cuando viene la sequía.
Entre las muchas actividades de la temporada señalada destaco la excelente presentación de Los Rayos Gamma en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico. No solamente estuvieron graciosísimos sino que su interpretación de “se busca a un asesino” donde recorren los asesinatos que han quedado impunes o investigados a medias como el de Carlos Muñiz Varela, Chagui Mari Pesquera y Filiberto Ojeda Ríos, dejaron al público en silencio sin saber cómo reaccionar con su ataque frontal a los encubrimientos del FBI. Destaco dos obras de teatro por sus puestas en escena y la disciplina de sus actores: “El Maestro” en el plano profesional y “Marisol” como un proyecto estudiantil bilingüe. Tuvimos el placer de escuchar y dialogar con el escritor mexicano de -40, Jorge Volpi, el dramaturgo (autor de “Marisol”) y guionista puertorriqueño (Diarios de motocicleta), José Rivera y el destacado poeta puertorriqueño residente en los Estados Unidos, Martín Espada. En el Arsenal de la Marina, la librería La Tertulia y el Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) celebramos entre un amplio círculo de amistades la presentación de los libros Fuera del quicio de Sofía Irene Cardona, Mari Mari Narváez y Vanesa Vilches Norat, Mirada de doble filo de Ana Lydia Vega y A viva voz, entrevistas a escritoras puertorriqueñas de Carmen Dolores Hernández. En una actividad de tres días, organizada por la doctora Carmen Rita Centeno, que se movió entre la UPR de Río Piedras, la UPR en Bayamón y el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en el Viejo San Juan, se celebró el Seminario Primer Encuentro sobre Circulaciones en el espacio Caribe-Atlántico: personas, culturas, mercancías, con la participación de estudiosos de Puerto Rico, España, Venezuela y Chile. Como si esto fuera poco, Andanza presentó su hermoso programa “Andanza barroca” y el Festival de CLARIDAD triunfó acompañado de una lluvia constante que nos acompañó los cuatro días.
La oferta de cine en español fue algo extraña. Lo mejor que se presentó fue parte de una obra de teatro del Taller Experimental de Cine y Teatro Alternativo: La última (es)cena de Gazir Sued. Aunque la intención parece ser contar tres historias cuyos personajes reales o imaginados se entrecruzan y que aparecen en escena moviéndose (o quedando casi fijos) entre la escenografía de tumbas simuladas, lo que le vuela la cabeza al público son las imágenes visuales. Todo lo que atañe a lo proyectado en pantalla es sencillamente excelente, desde la calidad visual, el movimiento de la cámara, los movimientos y gestos de los actores, la dramatización de escenas tan violentas como un choque de motocicleta, la casi violación de una mujer, la agresión física irracional. Pero lo más importante es el Puerto Rico que capta la cámara: calles maltratadas, la proliferación de basura, el deterioro urbano, edificios abiertos y abandonados ahora habitados por los sintechos, y el acercamiento humano a todos esos que merodean por Río Piedras (como bien pudiera ser cualquier otro casco urbano) con sus vicios y llagas. La joven que decide irse caminando descalza por las calles que bordean a la UPR se acerca a esos hombres (jóvenes y viejos) y mujeres como si fueran compañeros de lucha por sobrevivir esta sociedad que nos quiere reducir a objetos desechables. Las historias en la pantalla pueden interpretarse sin palabras, sin aciertos y con la incertidumbre de vivir en este siglo cuyo significado parece eludirnos.
La invitación para ver el documental Sugar Babies: The Plight of the Children of Agricultural Workers in the Sugar Industry in the Dominican Republic nos pareció muy alentador por tratarse de un acercamiento a la situación tantas veces denunciada y pocas veces tomada en serio de las poblaciones haitiana-dominicanas. La dirección, el guión, la cámara y la producción es de Amy Serrano, una poeta y documentalista cubana radicada en Miami con experiencia en este género, según nos indica su website. Desde el comienzo notamos los problemas del documental: pésima organización del material, uso convencional de las tomas de los entrevistados, extensos monólogos por personas que no pertenecen a la comunidad– como el sacerdote que cree que puede entrar a cualquier vivienda y hacer pública la vida íntima de estas personas– y ausencia de una centralidad temática. Pero lo peor de todo es que el resultado del documental es explotar la pobreza al exponerla de manera humillante, por ejemplo, el sacerdote casi desnudando a una niña para que la cámara tome sus llagas y sarna; la cámara retratando todo lo sucio y roto en algunas de las casas; la cámara posada en la extrema delgadez o la excesiva gordura de las mujeres.
Por otro lado, aunque ya quemada por la experiencia de Maldeamores, fui a ver Manuela y Manuel del puertorriqueño Raúl Marchand Sánchez. El tema ha sido abordado muchas veces– el travesti que sufre porque el novio lo ha dejado y el homosexual que tiene que pretender ser hombre nuevamente para engañar a ciertos segmentos sociales– pero lo interesante aquí es que su humor nunca ofende y la mayor parte de sus segmentos son muy graciosos. El problema sigue siendo su cercanía a las comedias televisivas, especialmente cuando tiene parte del elenco del Club Sunshine y sus derivados. Pero el filme “se salva” porque tiene una historia que contar y la cuenta bien y, más que nada, por la excelente interpretación de Humberto Busto como el o la protagonista. Desde que la conocemos hablando directamente con la cámara que– en filmación automática– capta el dolor de alguien con un corazón roto ya nos adentramos a su mundo. Confiesa su dolor y, más que nada, su consternación por el abandono sin explicación. Busto hace gala de sus dotes como parte del show tipo “cotorrito”, su fidelidad a su amiga, su esperanza de alcanzar otro amor, sus esfuerzos por parecer muy hombre en situaciones donde los roles los impone la necesidad. Aunque Marian Pabón tiende a exagerar– lo cual es una pena porque es una mujer muy talentosa– su presencia escénica en el papel de la Faraona le permite rescatar momentos que pudieran ser otro chiste fácil. Luz María Rondón, Adrián García y especialmente Ineabelle Colón aprovechan sus papeles y les añaden ese algo que nos hace sonreír y ver otra dimensión. Por el contrario, Israel Lugo parodia su rol, Marisol Calero y Sunshine Logroño prefieren exagerar y botar cualquier sutileza y Elena Iguina necesita más práctica actoral.
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