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Cita Histórica


Puerto Rico • 26 de junio al 2 de julio de 2008

 

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Reflejos sobre el 49no Festival de Teatro Puertorriqueño PDF Imprimir E-Mail
Teatro
Lowell Fiet / Especial para En Rojo   

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El 49no Festival de Teatro Puertorriqueño, auspiciado desde 1958 por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, cierra  del 9-11 de mayo con Lágrimas negras: tribulaciones de una negrita acomplejá de Eva Cristina Vásquez. Esta obra unipersonal se presentó en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico en octubre de 2007 y conlleva el valor adicional de seguir la práctica de incorporar a la creatividad del teatro de la diáspora –“neorriqueña”, “noricua”, “nuyorican”– dentro de la definición isleña del “teatro puertorriqueño”. Además, el montaje debe beneficiarse de su ubicación en el nuevo teatro Victoria Espinosa, un espacio más acogedor a su estilo de presentación que fue el inmenso escenario del Teatro Universitario.
Por otro lado, esta temporada de Teatro Puertorriqueño ha quedado truncada. El ángel de la muerte, obra histórica sobre el proyecto nefasto del médico estadounidense Cornelius P. Rhoads durante la década de los 1930s, de Eugenio Monclova no se presentará durante esta versión del Festival. Publicada hace varios años en la revista de teatro latinoamericano, Conjunto, de la Casa de las Américas, la obra de Monclova nunca ha llegado a escenificarse dentro o fuera de Puerto Rico. Esperamos que se resuelvan los problemas que han impedido este montaje para que un público local pueda aprovecharse de la oportunidad de ver El ángel de la muerte a la brevedad posible.
Ya comenté sobre Ellas revelaron secretos esta tarde de Carlos Canales, el segundo montaje (11-13, 18-20 de abril) del Festival, en otro contexto. Aquí repito solamente el hecho de que quedé muy impresionado por su sencillez y precisión –tanto en los silencios como en los parlamentos—al abordar la complejidad de un conflicto cotidiano entre madre e hija. Las actuaciones de Sara Pastor y Katiria Soto captaron este mismo tono directo, acortado y, a la misma vez, revelador.

Queished & Dilit (Caged and Delete) de Gamaliel Valle Rosa, obra ganadora del Primer Premio del Certamen de Dramaturgia 2008 del ICP, como Ellas revelaron secretos esta tarde, se benefició de su estreno en el Teatro Espinosa (25-27 de abril; 2-4 de mayo). La acción futurística se lleva a cabo en varios planos físicos y temporales y requiere la cercanía de un público que puede visualizar y responder a los niveles y la profundidad del espacio teatral. Y la obra encontró su público –espectadores principalmente jóvenes que apreciaron la mezcla de formas (drama, danza, proyecciones), de tres generaciones (abuelos, hija/madre, nietos) y de la ciber-fantasía del Chango genéticamente reconstituido en tamaño humano como mascota-metáfora de la transformación psico-cultural no del año 2280, como indica el texto, sino actual. Hay mucho para celebrar en este montaje de realidades presentes.

No obstante (cae el otro zapato), también surgen fisuras y desgastes estéticos en el texto que el autor debe atender. Así podrá, de veras, sacar provecho de este montaje para revisar, pulir y preservar su propuesta dramática. Actualmente, la actuación magistral de Walter Rodríguez y el diálogo conflictivo entre don Michael (el abuelo, actuado por Rodríguez) y Claudette (su hija), actuada con fuerza y autoridad por Yinoelle Colón, sirven como la pega que mantiene los otros elementos más difusos y marginales mínimamente enlazados. Los personajes de la hija anglohablante Katishamar y el hijo “diglósico” Michael Jr., representados efectivamente en escena por Michelle Marie Rodríguez y Benjamín I. Cardona, respectivamente, muestran poco desarrollo más allá de sus características y limitaciones lingüísticas. Stephanie (la abuela), una actuación “cameo” de Lydia Echevarría, tiene poca utilidad dentro de la acción, mientras que el Chango, danzado por Norberto Collazo, pudo haber tenido un papel de mayor importancia física y metafórica.

Aprecié este trabajo pero noté una idea-obra más valiosa e intrigante detrás de y parcialmente enmascarada por los elementos desiguales del texto-montaje actual.

El tema de Tornaviaje, obra premiada pero no puesta en escena anteriormente del arquitecto Jorge Rigau, comparte mucho con Mar nuestro del dramaturgo cubano (ya desaparecido) Alberto Pedro, montada por el Teatro Iré en el Teatro Tapia en 2002. Sin embargo, en vez del naufragio metafórico de balseros (ese tema “yolita” también tratado en “Encancaranublado” de Ana Lydia Vega) como isla a flote en un mar de rizomas (raíces y rutas) compartidas y diferencias (el espacio donde se unen todas las razas y culturas del mundo), Tornaviaje nos presenta una visión más aterrizada y concreta, más desarrollista en su entorno social, económico y político.

A través del prisma de una compañía contemporánea de arquitectos e ingenieros, la obra nos presenta reflejos del Caribe, primero, como la extensión imperial española a través del conflicto en Cuba a principios del siglo 17 entre hermanos, sin saberlo, uno español y el otro criollo y, segundo, dentro de las primeras décadas de la dominación estadounidense de Puerto Rico en el siglo 20, a través de la procreación de nuevas y más resistentes generaciones de isleños sobre una base en el centro de la isla antes vista como gastada y estéril. Pero el cuento de enlace: el contrato de la compañía, la corrupción del alcalde de Culebra y su ayudante, la sobrina del arquitecto que quiere aprender de él, las relaciones interpersonales entre los demás empleos (entre ellos un representante cubano y otro dominicano y una pareja fracasada de amantes secretos), y el contrato de un “resort” de lujo que también fracasa con el arresto del Alcalde; para mí, este cuento no nos devuelve a un punto común. Representa una clausura sin clausura, que es diferente a una conclusión abierta.
Tornaviaje fue un montaje atractivo que utilizaba los recursos de Teatro del Sesenta, un reparto destacado, el diseño de escenografía de Jaime Suárez y la dirección de Miguel Vando, además del texto pulido de Rigau. Cumplió o superó todos los deberes de una producción profesional pero quedó algo lejos y distante temáticamente y algo convencional en su plano visual y corporal.
Enhorabuena.

El 49no Festival de Teatro Puertorriqueño está dedicado a Gerard Paul Marín y abrió con su obra (antes puesta en escena pero inédita) Al final de la calle. Quedé sorprendido por la reposición de esta obra. Yo esperaba algo menos fluido e integrado, actuaciones más hieráticas, menos comedia y más sentimentalismo. Aunque había leído hace varios años una copia de la obra, descubrí a través del montaje una obra más fibrosa, flexible y reveladora de los detalles y procesos cotidianos que circundan los gestos políticos más obvios.

En total fue una feliz coincidencia de factores, la dedicación del Festival a un gran hombre de teatro, Gerard Paul Marín, y la representación  de su obra de mayor importancia, Al final de la calle. Gracias al ICP, a producciones Acrópolis y a todos los integrantes de este momento clave en la historia del Teatro Puertorriqueño.
 

 
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