Mucho se ha hablado sobre el giro a la izquierda y las transformaciones esperanzadoras que se han multiplicado a través de toda la América nuestra en el nuevo siglo. Y si hay una lección estratégica que hay que aprender de este proceso revolucionario que se vive, es que no hubiese sido posible sin la suma de fuerzas, tanto en el interior de la izquierda como más allá de sí misma. Sólo así pudo parir un nuevo bloque histórico de poder, reagrupando bajo éste a la mayoría del pueblo.
La izquierda no se conformó con meramente resistir los embistes represivos y excluyentes de los poderes establecidos o ser meramente destructora de lo existente. Estableció alianzas maduras con vastos sectores al interior, y más allá, de sí misma. Se socializó, es decir, se hizo sociedad toda, se hizo país y, de paso, se presentó como opción real de poder o contrapoder, si se prefiere, para asegurarle a su país la gobernabilidad a partir de la radicalización de la democracia y la construcción de una visión alternativa más justa e incluyente del porvenir.
Lo múltiple se hizo movimiento e, incluso, movimiento de movimientos para refundar la política, precisamente no desde identidades fuertes, autoreferentes y excluyentes, sino que desde identidades humildes, abiertas e incluyentes. Ese fue el caso en Cuba como en Venezuela, y más recientemente en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Paraguay y, en cierta medida, Guatemala.
Dice el filósofo italiano Giorgio Agamben que el concepto movimiento, por lo menos en su acepción moderna, surge en el Siglo XIX. Por ejemplo, en lo que se ha conocido como la Revolución de 1830 en Francia, los rebeldes que luchaban en las barricadas se autodenominaban el “partido del movimiento” frente a sus adversarios, defensores de la autocracia real usurpadora de la soberanía nacional, que se autodenominaban el “partido del orden”. Desde este momento, el movimiento constituye la expresión soberana de las fuerzas dinámicas de la sociedad, en contraposición a los defensores del orden establecido, quienes pretenden limitar la soberanía al Estado y sus representantes. Poco a poco el movimiento se entenderá igualmente contrapuesto al partido, sobre todo cuando éste va perdiendo progresivamente su pertinencia en medio de periodos de crisis política por representar opciones ideológicas y prácticas trascendidas por la experiencia y poco representativas de la multiplicidad de ideas, sujetos y acciones que van constituyendo una nueva concepción hegemónica de lo común. Incluso, en momentos en que la crisis de la partidocracia parece haber sumido al pueblo en la indiferencia o el hastío frente a la política, el movimiento ha sido el instrumento a partir del cual se ha redinamizado al pueblo.
El movimiento ha sido así a través de la historia el elemento político real. Por ejemplo, a Marx y Engels siempre les interesó “el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual” más que las propuestas ideológicas divorciadas de las condiciones empíricas necesarias para su viabilización. Sólo mediante ese “movimiento real”, se puede expresar el cambio que la realidad contiene en potencia y que es la manifestación de lo que el filósofo político argentino Enrique Dussel llama la voluntad-de-vivir del pueblo. En gran medida, se ha encarnado en eso que llamamos hoy el movimiento de movimientos, como expresión difluyente de esa multiplicidad de luchas singulares que se escenifican en la sociedad contemporánea. El sujeto de estas resistencias, luchas reivindicativas y acciones reconstructoras de lo común, es decir, de la esfera de lo público, ya no se limita a la clase obrera, en su sentido clásico. La historia hoy desmiente contundentemente la pretensión de asignarle un único sujeto protagonista. Existe hoy una multitud plural de subjetividades productivas y creadoras, igualmente explotadas, igualmente lanzadas a vivir en la miseria de un modo de vida que le impide realizarse plenamente.
En Venezuela, la rebelión de la multitud de explotados que en 1989 llevó por nombre el Caracazo fue potenciando lo que luego sería el amplio Movimiento de la V República que posibilitaría la elección presidencial de Hugo Chávez Frías y la refundación constitucional del país en 1999. A éste se unieron en coalición el Partido Comunista de Venezuela (PCV), el Partido Patria para Todos (PPT) y el socialdemócrata PODEMOS. El movimiento de movimientos se hizo así poder constituyente para apuntalar un poder constituido de nuevo tipo, sobre todo que exprese fielmente la voluntad de esa pluralidad de nuevos sujetos de lo político que aspira a intervenir concertadamente en la esfera pública en coordinación con el Estado, pero también más allá de éste. El movimiento de movimientos advino así progresivamente en un nuevo dispositivo de poder, es decir, una red estratégica, que aspira activamente a autodeterminarse, como productores y como ciudadanos. Se hizo poder o contrapoder popular para refundar lo político y reestructurar al Estado. A partir de ello, la legitimidad del Estado pasa por su relación con ese movimiento de movimientos.
En el caso de Ecuador, la centro-izquierdista Alianza País que llevó a Rafael Correa a la presidencia, ha ido llenando el enorme vacío político dejado por el colapso de la decrépita y desprestigiada partidocracia. Correa apostó por la despartidización de las instituciones políticas del país, como única vía para hacerlas más efectivas y directamente representativas del soberano popular. A partir de ello, se propuso la refundación del país mediante la organización de una Asamblea Constituyente y la conversión de su movimiento en la principal fuerza constituyente.
En Bolivia, el nuevo gobierno del aymara Evo Morales, líder del Movimiento al Socialismo (MAS), se posibilitó en la medida en que expresó las amplias y mayoritarias fuerzas sociales, incluyendo los pueblos indígenas, que presionan por la refundación del país a través de la recuperación nacional de los recursos naturales del país y la reestructuración democrática del Estado, en reconocimiento de la pluralidad y multiculturalidad existente en el país andino. Sin embargo, la experiencia boliviana también nos demuestra cómo el mero hecho de ser poder constituido no se traduce automáticamente en poder constituyente. No hay manera de esquivar la lucha de clases que inevitablemente se potencia por los intereses sociales, económicos y políticos desplazados por el nuevo orden que se abre paso.
En ese sentido, desde la experiencia del zapatismo en México, el subcomandante insurgente Marcos advierte contra cierta tendencia en la izquierda que pretende que se puedan transformar las actuales relaciones sociales y políticas sin tocar los escandalosos e inmorales privilegios que disfrutan los ricos y poderosos. Puntualiza que sólo se podrá cambiar el presente orden desigual y opresivo a partir de la articulación de una amplia constelación de luchas antisistémicas.
Hablando en un Coloquio celebrado en diciembre pasado en San Cristóbal de las Casas, Marcos señaló: “Las transformaciones reales de una sociedad, es decir, de las relaciones sociales en un momento histórico, como bien lo señala (Immanuel) Wallerstein en algunos de sus textos, son las que van dirigidas contra el sistema en su conjunto. Actualmente no son posibles los parches o las reformas. En cambio son posibles y necesarios los movimientos antisistémicos”. Y abundó el líder zapatista: “Las grandes transformaciones no empiezan arriba ni con hechos monumentales y épicos, sino con movimientos pequeños en su forma y que aparecen como irrelevantes para el político y el analista de arriba. La historia no se transforma a partir de plazas llenas o muchedumbres indignadas sino, como lo señala Carlos Aguirre Rojas, a partir de la conciencia organizada de grupos y colectivos que se conocen y reconocen mutuamente, abajo y a la izquierda, y construyen otra política”. “Habría, creemos nosotros, nosotras y que desalambrar la teoría, y hacerlo con la práctica”, concluyó.
Sólo con la práctica, con la lucha, se constituyen nuevas subjetividades y nuevos estados de conciencia. Ya lo dijo Antonio Gramsci: el movimiento se hace andando.
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