¡Cuántas herramientas les hemos proporcionado a las derechas! Mucho han aprendido ellas a estas alturas del mundo sobre el valor de protestar. Ya lo vislumbraba nuestra magna narradora, Ana Lydia Vega, en un sabroso cuento de los ochenta (Puerto Rican Syndrome) en el cual el pueblo de Puerto Rico, impasible y enajenado de ordinario, fue incitado a organizarse masivamente para reclamar que se abriera el centro comercial más grande del Caribe pues en él, aparecería la Virgen María por medio de una pantalla gigante de televisión, ofreciendo un mensaje vital para la nación.
El gran capital y su ilota, la publicidad, vienen apoderándose desde hace un tiempo de las formas y los estilos manejados por las luchas más revolucionarias del siglo XX; todo se lo han tragado y lo vomitan cada vez con más frecuencia en comerciales absurdos. No me refiero a los y las artistas, quienes, evidentemente, son genios de la inventiva humana y cuya mayoría de seguro trabaja para algún pez obeso. Hablo de los autores intelectuales del homicidio de lo sublime en las luchas que, paradójicamente, hoy día permiten que el público sea capaz de reconocer los referentes de los comerciales que crean. En esta onda, a veces se presenta en la pantalla de la tele una muchedumbre enardecida que reclama con furia que se elimine el cobro por tardanza al entregar una película alquilada; otras veces una imagen similar nos arroba con motivo de un reclamo tan vital como más queso o una salsa distinta en la hamburguesa.
A pesar del asco que dichos comerciales provocan en quienes de alguna forma han sufrido los honores de ser llamados revoltosos, agitadores, y hasta revolucionarios, no debe sorprendernos esa movida de publicidad. Lo que para mí resulta realmente insultante es la manera en que las derechas políticas en todo el mundo actualmente han tratado de apoderarse también de nuestras formas de lucha.
No se trata sencillamente de que alguien haga un dinerito vendiendo camisetas con la imagen del Che Guevara estampada en el pecho lo cual, como todo, tiene varias lecturas, al menos una de ellas positiva. Se trata, por ejemplo, de los estudiantes adinerados (y otros que creen o quieren serlo) de las universidades en Venezuela, lanzados a las calles a reclamar libertad de expresión y libertad de prensa, cuando se les negó la renovación de sus licencias a una emisora que colaboró con el golpe de estado al presidente. El patetismo de los universitarios cantando consignas tan desabridas como “¡estudiantes, estudiantes, estudiantes!” sólo compara con su ignorancia de lo que requiere luchar por un profundo ideal.
Se trata, además, de las oligarquías que se escudan tras la gente de eso que hasta hace poco se llamaba sin más el pueblo, para reclamar autonomías y soberanías. En Bolivia, por ejemplo. En Puerto Rico, por ejemplo. Quienes hayan marchado alguna vez rodeados de macanas, de francotiradores o simplemente de cámaras del opresor apuntando a ellos como espada de Damocles que pende sobre sus cabezas, tienen que sentir el revolverse de las tripas ante el espectáculo de quienes, como lo hicieron antes los movimientos revolucionarios, se apropian hasta de las palabras para intentar adelantar sus causas.
Si gritar con fuerza “Black is beautiful” o “Vivre la differánce” era capaz de estremecer con su pasmoso doble filo de afirmar identidad y apoderarse de la lengua al mismo tiempo, algo definitivamente les falta a estos simulacros de luchas por autonomía y soberanía actuales. Algo les falta a los estudiantes aspirantes a oligarcas que marchan en protesta como por la senda de un carnaval insípido. Es el horror delicioso de la rabia, de saber por qué se lucha, por qué se vive y por qué se expone su vida al terror. “Porque más terrible que morir es no saber para qué se vive, y ellos siempre lo supieron” ha escrito Gioconda Belli con respecto a sus compañeros de lucha caídos en combate.
Ah, pero si al gritar “autonomía” nos ponen en una situación por lo menos incómoda a quienes creemos firmemente en la libertad de los individuos y de los pueblos, las derechas no dejan de cargar en sus costosas mochilas ingredientes de una que otra bomba que puede estallarles encima. Desde el momento en que decidieron apropiarse de las formas de manifestación de todas las luchas revolucionarias, se ven impedidos de volver a gritarnos con desprecio revoltosos, de volver a señalarnos con odio con su dedo que también ya se ha visto agarrando un piquete, de patearnos con su zapato que ya ha marchado por la vía del enardecimiento.
Algo han aprendido de nosotros las derechas, algo se han tragado, aunque sin digerir del todo. Pero hay algo que sigue ausente de su aprendizaje: lo sublime. Porque si el que lucha se enfrenta al horror y lo vence por la esperanza de alcanzar una dimensión que trasciende su ser sensible y material, es decir, la libertad, ése es capaz de sentir lo sublime. Para los demás es sólo horror el de la rabia.
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
|