Forsan et haec olim meminisse iuvabit…
En el país que le dio al mundo la frase “Baile, botella y baraja” (y de la que una vez dijimos que había que añadir la palabra “bochinche”), ha causado sensación hasta el punto del hastío la popularidad de uno de los cojependejos que nos llega –como casi todo lo que nos tiran para entretenernos- desde fuera, solo que disfrazado en Guaynabo City (que es lo mismo a estas alturas). Entretenimiento que hasta causó que Tito Kayak por poco se enganchara en una grúa para defender el derecho de su progenie a ir a la final. Entretenimiento que, a mi juicio, es ilustrativo de todo lo que debiera cambiar en Puerto Rico si alguna vez queremos sacar los pies del plato.
A los ojos del Fico, Objetivo Fama es kitsch, drama, xenofobia, fantochería, asalto a los tímpanos y (¡)labor social(!), todo en uno. A mi personalmente ese programa me tiene en Modo Cinco, pero a La Colorá no hay quien la despegue del televisor para verlo los sábados por la noche. A instancias de mi adorado tormento, he tenido que empaparme por trasmano de qué está ocurriendo con el programa, por aquello de no acostarme tempranito ese día mirando para el techo. En estos tiempos donde los bichotes de punto van a traficar gasolina en vez de crack en las calles, el “talent show” más caro de La Raza (y colonias culturales adyacentes) es una buena excusa para entretenerse en casa un sábado por la noche (se fregaron las noches de romance comiendo empanadillas de chapín en El Gato Negro en Joyuda, pero eso son otros veinte pesos…)
El embeleco tiene sus cosas buenas, no crean. Sabemos que se trata de una franquicia mediática que a su vez es copia de otras dos -la original siendo Operación Triunfo en España, y su copia (¿barata?) American Idol. Sin embargo, Objetivo Fama evoca (muy) remotamente a aquellos promotores de espectáculos que alguna vez existieron en Latinoamérica de “descubrir” talentos no perecederos y presentarlos al público, cosa que su talento hablara por ellos. Prueba de esa idea -bien llevada- la tenemos hoy día en artistas del calibre de Ednita Nazario, Chucho Avellanet, Lucecita Benítez y otros monstruos sagrados de la canción boricua. Si alguien no los lanzaba alguna vez, ¿hubieran tenido la validez que tienen hoy día como referentes culturales de la Nación? Malo es que ya casi no existan formas de descubrir esos talentos hoy día en Puerto Rico, excepto quizá Radio Bemba comentando videos de muchachitas imitando acentos extranjeros en YouTube, el ocasional promotor de radio o televisión de pueblo chiquito… o Nube Negra Marcano. Hay tantas cosas malas de origen en este ejercicio, sin embargo, que no sé por dónde empezar.
Operación Triunfo tenía la intención original de mandar al mejor talento posible al epítome del kitsch: el Festival de la Canción de Eurovisión (que tiene el dudoso honor de casi colgar de un palo a Tony Croatto y a sus hermanos –representando a España, no me pregunten cómo- en la edición de 1964). Pero al menos, en ese caso, la intención era representar dignamente al país de origen en tan suculento foro musical. Luego de que Rosa López (la vendedora granadina de pollo al carbón que ganó la primera edición de OT) llegara séptima en Eurovisión en la edición de 2002, todo fue cuesta abajo para los subsiguientes delegados españoles. Este año le dieron eutanasia al concepto, luego de darse cuenta que no importa cuán populares fueran los candidatos ganadores de OT, ganar el Eurovisión requiere algo más que tener una biografía triste, pelo estrambótico, look exótico, o haberse estrujado con algun@ contendor@ frente a la cámara escondida en las preliminares. (Y comparado con Las Ketchup el año pasado, o los premanufacturados de este año, mejor hubieran mandado al morúpido del Chiqui Chiqui…)
Objetivo Fama, por su parte, no aspira a tanto. Al ganador le dan los mismos “creature conforts” que le ofrecen a una Miss Piña Colada cuando gana su concurso (¿los tendrán que devolver al año?), y quizá un turno al bate para ser reconocido por la industria del disco, casi en coma hoy día gracias a las iPods y la distribución de música por Internet. No hay garantía, por tanto, de que poner a l@s muchach@s participantes en una pecera durante más de dos meses y exponer sus vidas públicas y privadas a ventajería, envidia y parejería (¡y no hemos hablado de sus compañeros!) les logre algo más que reconocimiento en los pasillos del supermercado cuando rellenan las góndolas como empleados.
Y es así, porque en muchas ocasiones a los chicos les falta calle, que no se adquiere como quien prepara café instantáneo, dando por buenos los talentos de un “coach” de imagen y canto, o tratando de complacer a un Sueiro (de Brea) en el jurado, actuando de verdugo durante varios fines de semana corridos. (Simon Cowell, ¿cuántos crímenes se han cometido en tu nombre?) Y ese es el primer problema que tengo con todo esto: los gallos y las desafinadas rivalizan con las notas estiradas a lo Mariah Carey, que usa 34 notas distintas para un do de pecho. La imagen es más importante que la substancia: tener una panza de alto mantenimiento como la de Fiquito es casi motivo de descalificación.
La producción compensa por mucho el costo de los premios al ganador con solamente una noche de llamadas por cobrar del público votante. Ya de antemano, asumo yo, el ganador es realmente irrelevante. La cogida de pinsuaca colectiva a veces pone a alcaldes incautos de municipios de Puerto Rico gastando dinero público para poner un banco de llamadas a disposición de los seguidores de alguno de los participantes. Sus votitos telefónicos engordan a su vez las arcas de la Cadena del Chichicuilote Mojado, cuyos directivos fibrilan cada vez que alguien menciona una alcapurria vía satélite, si le creemos a la original Yuridia, La Güera Jarocha, desplazada como presentadora por sabrá Dios qué bochinche de comadres.
Lo que nos lleva a otro revolú: las animosidades entre nacionales de varios países, azuzadas para encresparle las neuras a los seguidores del culebrón cada semana, sacan lo peor de todas las partes envueltas. Yuri, siendo oriunda de la región de México más afín a nosotros (allá se creen que el “Madrigal a Unos Ojos Astrales” de José P. H. Hernández es canción de amor veracruzana, fuera de broma), es traída a Puerto Rico para que, con Fernando Allende, le den al boricua de fervor nacionalista patidifuso y mariconfundido un grado de empatía latinoamericana “lite” –sincera, de parte de ellos, pero hipócrita por parte de la cadena, que en incontables ocasiones hace claro que solo nos soporta cuando patrocinamos los productos auspiciados en ella. Pero entonces, es el ángulo de bochinche entre boricuas contra mexicanos, boricuas contra dominicanos, y boricuas contra boricuas, como si acá estuviéramos en un trip parecido al de Santa Cruz con el resto de Bolivia. Tal cosa siempre despierta la suspicacia de cuantos observamos esto desde afuera, más si luego tienen que traer a Charytín -con relación estrecha con todos los países envueltos- para desarmar la bomba.
Al cierre nos enteramos que ganó la mexicana, como salió de la boca de Yuri cuatro días antes. En casa no me hablan desde que dije que iba a escribir esta columna. Algo bueno tengo que estar haciendo.
Nota embarazosa: Me escribe una Fiquito Groupie desde Washington D.C., que se hace llamar “Las Curvas” (y con la foto de cuerpo entero para demostrarlo). Desde que La Colorá se enteró, me tiene durmiendo en el sofá. Le mando un saludo, antes que me revienten la laptop contra la cabeza… Ahora, ¿será una agente de Homeland Security, o la versión boricua de La Malinche?
* Fiquito Yunqué (
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) es el pseudónimo de un músico, escritor y loco, oriundo y residente de Mayagüez. Sus opiniones son las suyas propias. O eso él dice.
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