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Cita Histórica


Puerto Rico • 26 de junio al 2 de julio de 2008

 

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Aunque llueva durante el Festival PDF Imprimir E-Mail
Opinión libre
Reinaldo Pérez Ramírez/Especial para Claridad   

... “la radio, [ha sido] replegada a un latifundio auditivo
multicultivador de opinión y bochinche. Culpa tienen
los oligarcas del medio... por espantar a una masa de
jóvenes oyentes que hoy decide dejar de oírlos;
ayer decidió dejar de leerlos.
La noticia los abruma, la opinión noticiosa los aburre”...


Miguel Rodríguez Casellas
Decano Escuela de Arquitectura
Universidad Politécnica
END, 15-5-08

 

Un amigo me decía que si pudiera hacerlo, se iría para Australia y regresaría en noviembre de 2009, a tiempo para las Navidades de ese año, luego de que la intríngulis de la política colonial inmediata se hubiese definido. Sus argumentos: ya tendríamos un gobernador y una legislatura, no habría visitas de Chelsea Clinton ni de Michelle Obama y se sabría el resultado electoral de noviembre del 2008, tanto en la colonia como en la metrópolis. La dentera que nos ocasiona el ver a Kenneth McClintock abrazando a Roberto Prats, y a Jorge Colberg y al Macaracachimba y Norma Burgos coincidir con Acevedo Vilá y Hernández Colón, se habría disipado, como si se hubiesen acabado las tizas en la pizarra del salón de primer grado. Aclarado quede, que la dentera no es porque se abracen, sino porque sólo tengan la capacidad de hacerlo para promover candidaturas en una elección en la que no podemos –y la mayoría de los puertorriqueños no queremos- votar.

Como beneficio añadido, ya sabríamos si tenemos o no un gobernador de la colonia convicto y encarcelado, dependiendo de lo que hubiese ocurrido mientras habríamos estado haciendo snorkeling en el great barrier reef, o visitando el desierto de Kahalahari, observando canguros o comprando artesanías fabricadas en China en los puestos aborígenes de la compañía de turismo australiana. Tengo que confesar que la idea del amigo –un independentista no afiliado- lejos de parecerme descabellada, me atrajo, seductora como una aventura furtiva, más imaginaria que real, en una perezosa y caliente tarde pre-verano. A la pregunta de por qué Australia, el amigo contestó sin pestañear: “está al otro lado y al extremo sur del planeta, y no creo que salgan noticias de Puerto Rico y mucho menos que lleguen los analistas radiales ni los periódicos”.

Mientras trato de no sentirme culpable al admitir que la idea me atrajo inicialmente, no puedo dejar de darme cuenta de que ello se debe a nuestra inmediata realidad mediática: aunque no existen estudios que lo certifiquen, es un hecho que somos el país con el mayor índice per cápita de autoproclamados analistas políticos. Hay estaciones de radio cuya programación está dedicada totalmente al “análisis”. Uno tras otro, los nuevos profesionales de la noticia, blandiendo su arma –micrófono– atosigan el oído del país con su especulación continua, plagada del rumor y alimentada por la superficialidad de la prensa comercial, arrastrando sus arrogancias, con observaciones micrométricas de la oruga en la hoja de la rama del árbol en el bosque, sin siquiera pasar de la oruga a la hoja para verla en su contexto mayor. Ni hablar de ver la rama, o el árbol, y mucho menos el bosque.

Escoja usted entre las pseudo enjundias rimbombantes de un ex-aspirante a presidir el Tribunal Supremo, el profesionalismo vespertino de un ex-evasor contributivo, la imparcialidad de un abogado tan azul que se confunde con el cielo, el recato respetuoso de un “periodista” que aspira a entrevistar a Fidel Castro –con o sin calzones-, la objetividad humilde y ausente de paranoia de un autoproclamado inventor del término ‘politología’, uno de cuyos momentos trascendentales de su vida –confesado por él– fue haber meado y sacudido al lado de Muñoz Marín, en actitud de profunda reflexión, en el patio de una de las residencias oficiales de verano. Añada a las opciones la profundidad filosófica de un ex-jefe de la Comisión Estatal de Elecciones, el discurso libre de sarcasmos de un ex-profesor que una vez quiso sembrar plátanos, la modernidad lúcida de un senador autoproclamado constitucionalista, el discurso cacofónico y cansado de algunos otros, y la flema añorante y hasta cómica de dos generaciones de un exilio cubano patético e inconsecuente. No importa su elección, habrá usted ingresado en el fan club del fenómeno más importante en la realidad mediática puertorriqueña: el analismo.

Entre col y col, hay excepciones. En algunos programas hay atisbos de rigor, pero son los menos. Hay otros que descollan al mantener un nivel de discusión superior y al investigar sus temas conforme el canon periodístico. Sin embargo, la realidad es que la banda AM de la radio puertorriqueña, así como la prensa comercial, se han convertido en un kaleidoscopio refulgente pero informe de opiniones que van y vienen, como el ruido insoportable del tránsito en un tapón en el expreso, experimentado desde el interior de un jeep sin puertas ni capota. Y lo peor es que la televisión se ha contagiado.

Sin embargo, aunque la tentación es grande, no creo que me vaya para Australia. Por supuesto, no podría hacerlo, por muchas razones. Pero si pudiese, tampoco lo haría, porque muy por debajo del ruido del tránsito en el expreso del analismo, existe un sustrato de cambios que se gestan con fuerza propia, inermes a la timidez política de quienes debieran ser los portavoces del proceso y a la superficialidad mediática de la que apenas es posible escapar. Ese sustrato exige atención y aliento, y desde Australia, sería difícil proveerlo. La única patria que tenemos todos, los que la sabemos como propia, única e irrepetible y los que no la saben todavía -aunque la intuyen- exige un debate real que no dependa de mediciones de audiencia, ni de la noticia como mercancía.

En gran medida, por eso existe Claridad. Como existen muchos otros bolsillos de resistencia frente a la embrutecedora aplanadora mercantil con pretensión universal. Por eso el año próximo cumplimos 50, que es mucho más que 38. Por eso, mientras La Comay se dedica a exponer secretos de sábanas, pecados terrenales y cotidianidades ocultas, nos corresponde a nosotros propiciar el debate que nos exigen los tiempos. Aunque llueva a cántaros durante el Festival de Claridad.

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