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Cita Histórica


Puerto Rico • 26 de junio al 2 de julio de 2008

 

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Bolivia o la dimensión diacrónica de la historia PDF Imprimir E-Mail
Claridad en Nuestra América
Yanko Farías Hernández*/Especial para Claridad   

Hay una película del director boliviano, Jorge Sanjinés, que se llama Yawar Mallku, que en lengua aimara significa Sangre de Cóndor. En ese filme, Sanjinés denuncia la esterilización de las mujeres campesinas (nativas de esta tierra y no indígenas, por favor) llevada a cabo por miembros del llamado Cuerpo de Paz. Pues bien, a partir de esa línea argumental, Sanjinés también retrata la lucha subterránea que lleva a cabo un grupo de personas en contra de la opresión y división de clases en Bolivia. Nos muestra los contrastes de ese país por medio de historias paralelas; un grupo de personas adineradas (bolivianos blancos) que conviven con los médicos de los Cuerpos de Paz, con una gran cena para agradecerles el control de la natalidad de los pobres; del otro lado del muro, un grupo de bolivianos buscando qué comer en la miseria de los asentamientos populares; y, finalmente, unos desesperados intentando asaltar una farmacia para, justamente, evitar la muerte de una mujer provocada por la esterilización realizada por los médicos de los Cuerpos de Paz.

Descrita así, esta película podría servir de perfecta metáfora de lo que ocurre en estos días en Bolivia. Me refiero a la posibilidad cierta de quebrar un país, entre ricos y pobres. De celebrar la abundancia y de arrinconar a la miseria, de extirpar y anular al otro para mantener el statu quo de un pueblo. Sin embargo, esta película data de 1968, con lo cual el argumento deja de ser importante para la analogía político–social de la Bolivia de hoy, para convertirse en un testigo atemporal de cómo en un país el tiempo simplemente no pasa y la voluntad de una minoría avanza sobre la mayoría.

De cómo un filme resulta ser un buen comienzo para referirse al referéndum sobre un estatuto autonómico que el Departamento boliviano de Santa Cruz celebrado el domingo 4 de mayo, para agregar que este hecho sólo es un engendro institucional, sino también una clara demostración de que la infamia también es diacrónica en un país, a veces, demasiado silencioso.

Porque el debate boliviano sobre esta cuestión, como sucede siempre y en todo lugar con los temas trascendentes, está distorsionado. Si uno se atiene al relato de los promotores del referéndum, éste no es otra cosa que la reacción de un territorio rico y orgulloso ante un sistema de organización asfixiante por su centralismo. Esto último es cierto, y hasta el propio Morales reconoce que la vida de esa forma institucional se ha extendido más allá de su utilidad. Pero estas son apenas excusas. En el fondo de la puja hay motivos económicos, políticos y hasta raciales, para demandar autonomía de un modo en que no importa demasiado la continuidad de la nación boliviana.

Incluso se habla con pesimismo de la posibilidad de que este proceso genere que al menos otros tres departamentos del oriente del país (Pando, Beni y Tarija) intenten una secesión que dejaría dividida la actual geografía política de Bolivia. De que los santacruceños sean “un riesgo real” para el país.

Demás está decir que el oriente boliviano posee el grueso de las riquezas naturales del país en lo agropecuario, pero también en petróleo y gas natural. Sólo Santa Cruz contribuye casi el 38% de los impuestos al fisco nacional. Desde la nacionalización parcial de petróleo producida por Morales el 1º de mayo del 2006, el dinero que recauda el estado del petróleo ha pasado de 300 millones de dólares anuales a lo que se espera serán este año algo más de 2000 millones.

Incluso Morales completó en este segundo aniversario de gobierno estatizando -mediante la compra de acciones- el control del capital de Repsol-YPF, que ahora será controlada desde la revitalizada Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB). Y sigue negociando con otros grupos, como British Petroleum, para adquirir las sucursales que operan en el país.

Hay muchas razones para que los cruceños -también los de Pando, Tarija y Beni- quieran tener la cuota del león en la asignación de esos fondos. Y, aunque lo nieguen a viva voz, también sienten profunda animadversión hacia el modo en que Morales está dispuesto a dirigir los recursos hacia las áreas de mayor pobreza en el occidente del país.

Con el 60% de la población nacional boliviana nativa de origen, los orientales creen que deben desacoplarse de vecinos costosos y poco exitosos que succionan lo que, ellos creen, es “su” dinero. Esto tiene, por cierto, una abominable base racista. Los orientales hablan de establecer un control de migraciones y de aduanas al interior de Bolivia.

Por eso es que este proyecto del referéndum desafió el sentido común. Porque hay en marcha un proceso de reforma constitucional que consagra formas de autonomía pero que también está cuestionada y debe ser negociada. Aprobar el estatuto de autonomía -que es lo que se pretende con el referéndum- supondría el imposible de consagrar una ley de menor rango sin marco constitucional. El estatuto es, en contenido, un exabrupto nacional. No busca la autonomía; si entrara en vigencia, despojaría al Gobierno nacional de medio centenar de potestades, lo que supone un intento por reducirlo a jirones.

El dato que redime la historia boliviana es, a pesar de un pasado en el que la violencia impregnó el desarrollo nacional del país, que nunca se produjo una guerra civil, aun con los Cuerpos de Paz haciendo política sanitaria sin consulta real. Pues desde su independencia en 1809, Bolivia ha conseguido esquivar el pozo ciego de una guerra civil. Aunque esto puede parecer un flaco consuelo para una nación que ha visto perder más de la mitad de su territorio original a la codicia de sus vecinos; el puerto de Antofagasta a Chile en el siglo XIX y el estado de Acre a Brasil en 1903, entre otros. Pero el enfrentamiento fratricida no fue en Bolivia una de esas pesadillas que los pueblos sueñan despiertos.

Pero sí es cierta la monumental división social de una Bolivia rica y blanca y otra Bolivia india y pobre. ¿Qué fundamento moral puede tener un país o una región autónoma basada en principios de agudo retardo histórico y mental? ¿Por qué no se llegó a estos límites separatistas –o de “unión descentralizada”– cuando el gobierno y la sociedad estaban dominados por las tradicionales clases criollas? ¿Por qué entonces era más patriótica una Bolivia unida sin autonomías indígenas? Esas preguntas no se harán nunca los cabecillas de Santa Cruz.

Es fácil advertir por qué un patriotismo o un nacionalismo puede ser fascista y el otro humanista: uno impone la diferencia de su fuerza muscular y el otro reclama el derecho a la igualdad. Pero como tenemos una sola palabra y dentro de ella se mezclan todas las circunstancias históricas, usualmente se condena o elogia indiscriminadamente.

Por eso es que en Bolivia los nativos del país fueron siempre una minoría. Minoría en los diarios, en las universidades, en la mayoría de los colegios católicos, en la imagen pública, en la política, en la televisión. El detalle radicaba en que esa minoría era por lejos más de la mitad de la población invisible.

Por otro lado, también es cierto que Evo Morales es un rosario de contradicciones: Ataca al imperialismo norteamericano, pero le pide que abra sus puertas a los productos bolivianos; rechaza la globalidad, pero poco a poco está insertando a Bolivia en el esquema global actual; amenaza con suspender la educación religiosa, enfrentándose a la Iglesia Católica, pero él mismo es un fiel practicante de la versión del sincretismo boliviano, que mezcla plegaria y devoción con alcoholismo y baile. (Antes de cocalero, Morales fue músico en una banda de la famosa “Diablada” del carnaval de Oruro).

Finalmente, y esto no es un argumento de Jorge Sanjinés, es bueno decir que la fuerza muscular del opresor no es suficiente; también es necesaria la atrofia moral del oprimido. Por eso, no hace mucho una Miss Bolivia –con unos trazos de rasgos de nativa para una mirada exterior– se quejaba de que su país sea reconocido por sus “cholas”, cuando en realidad había otras partes del país donde las mujeres eran más lindas. Del escape de esa mentalidad trataba el argumento de la película Yawar Mallku en 1968. El tiempo es diacrónico y tiene Sangre de Cóndor.

* El autor es periodista y productor de radio.

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