La crisis que por sus cuatro costados atraviesa en la actualidad el país constituye una expresión elocuente de la infinita mediocridad en que ha caído el llamado Estado colonial y el imperativo que le ha venido encima al pueblo puertorriqueño para ocupar y reconstruir urgentemente la esfera de lo público. Ya basta de lamentos borincanos. Tenemos que empezar a ejercer el poder de gobernarnos a nosotros mismos.
Crecientemente el país se va volcando en una inusitada e intensa discusión pública sobre el tema de la soberanía: ¿Quién debe mandar en la Isla: los yanquis o los puertorriqueños? Con toda la ambigüedad y las contradicciones que pueda encerrar aún dicha discusión, no hay duda de que ha provocado un giro potencial en un sector significativo del pueblo puertorriqueño hacia la izquierda. Ello lo reconoció, incluso, el ex gobernador y líder anexionista Pedro Rosselló González. Sin embargo, tanto él como ciertos sectores del independentismo no logran ver más allá de la inmediatez electoral y despachan livianamente dicho giro como una mera maniobra política del actual gobernador Aníbal Acevedo Vilá. Lo que no logran comprender es que ese giro, en el fondo, constituye la expresión de un vuelco creciente en la opinión pública producto de la sensación de naufragio que arropa a sectores amplios del pueblo con relación al rumbo que lleva hace tiempo el país.
Mientras en la región caribeña y latinoamericana se producen tasas de crecimiento positivas y esperanzadoras, incluyendo en países cercanos como la República Dominicana, a partir de la potenciación de su capacidad productiva, en Puerto Rico seguimos aferrados a un modelo económico obsoleto predicado en la atracción de capital foráneo como única fuente de crecimiento o desarrollo. Nos hemos olvidado de que el fin último de la economía política es el bienestar general del pueblo y no la mera producción y reproducción de riqueza. Por eso el actual modelo y los intentos por maquillarlo, como es el caso del proyecto de incentivos económicos que actualmente considera la Asamblea Legislativa, ya no garantizan crecimiento ni desarrollo, y menos un modo de vida mínimamente adecuado. Ello incluye la necesaria equidad distributiva como para ser una sociedad viable en la que no nos estemos matando los unos a los otros.
El naufragio actual llega al punto de que el otro día un periodista cultivó la imagen de los dominicanos residentes en la Isla regresando a su patria a partir de las nuevas oportunidades de progreso que han surgido allá, mientras en Puerto Rico parece que éstas progresivamente se van cerrando para sus habitantes. Yo mismo les he sugerido a mis estudiantes que si continuamos por el rumbo actual, no está lejos el día en que las yolas que crucen el Canal de la Mona sean en dirección a la República Dominicana.
Estoy convencido de que estamos en la puerta de una nueva etapa en la historia de Puerto Rico cuya naturaleza, todo tiende a indicar, es radical en sus requerimientos y posibilidades. La vida se está encargando de dictarle empíricamente al pueblo puertorriqueño su única opción para enfrentarse exitosamente tanto a su presente como a su futuro. La base empírica del imperativo de la descolonización puertorriqueña está fundamentalmente determinada por la economía política de la Isla y su entorno regional e internacional. Y en este marco, la soberanía real del pueblo puertorriqueño surge como una necesidad histórica. Constituye, en el actual marco económico y político mundial, un instrumento indispensable, no para mandar genéricamente en nuestra propia tierra, sino para gobernar concretamente para transformar las bases ya passé de nuestro modo de vida actual.
La gente habla por doquier de sus problemas concretos. Se siente oprimida por el alza cada vez más asfixiante en el costo de vida, sobre todo de sus alimentos, del agua, de la electricidad y de la gasolina. La mayoría de la sociedad, principalmente los asalariados, están en medio de un ciclo agresivo de pérdida de su poder adquisitivo y creciente pauperización.
Sin embargo, si existe un peligro en toda esta coyuntura es que las posibilidades radicales que anidan en ésta se vean frustradas por las estrechas miras electoralistas de unos y otros. Por ejemplo, tomemos la propia definición de la soberanía en torno a la cual se pretende convocar a un amplio movimiento que trascienda las divisiones partidarias e ideológicas actuales. Por un lado, el liderato actual del Partido Popular Democrático (PPD) dice reconocer la existencia de un amplio movimiento que le trasciende, pero en la práctica pretende seguir dictando unilateralmente la agenda programática para satisfacer las expectativas de dicho movimiento que, en gran medida, está centrando en el independentismo no afiliado al Partido Independentista Puertorriqueño (PIP).
Así ocurre, por ejemplo, con la propuesta definición de la soberanía elaborada por el Comité de Estatus del PPD. Según éste, el concepto de soberanía que impulsa el PPD está basado en la idea de que “el poder último de una nación sobre sus asuntos, reside en su gente, en el pueblo”. Sin embargo, dicha definición deja intactos los llamados pilares del régimen colonial actual, sobre todo los de la ciudadanía estadounidense, el llamado mercado común y la moneda común, es decir, el dólar, sin hablar también de la defensa.
Si la soberanía como capacidad última del pueblo puertorriqueño para mandar en su propio país va a significar algo real y no un mero reconocimiento genérico, tiene que partir de que el Gobierno de Estados Unidos reconozca, tanto de jure como de facto, dicha soberanía. Es decir, tiene que haber un traspaso real de la soberanía estadounidense al pueblo de Puerto Rico. La nueva relación que quiera establecer el pueblo de Puerto Rico con Estados Unidos debe definirse en un Tratado cuyos términos sean obligatorios para ambas partes y sólo enmendables por acuerdo mutuo. Siendo ello así, no hay razón alguna para que bajo dicho Tratado, por ejemplo, no se reconozca la existencia de una ciudadanía dual, estadounidense y puertorriqueña, para aquellos que así la desean, o una ciudadanía exclusivamente puertorriqueña, con todos los derechos, para aquellos que así lo prefieran.
Asimismo, en el mismo marco convencional, debe, por ejemplo, definirse específicamente el contenido de las relaciones económicas entre ambos países, a partir del reconocimiento efectivo del principio de la igualdad soberana. Sólo así se pueden afirmar concretamente los intereses diferenciados del pueblo puertorriqueño a partir de una realidad propia que se distingue claramente de la estadounidense. Debe quedar claro que, además de establecer las bases para una continuada cooperación económica entre ambas naciones, Puerto Rico se reserva el derecho a participar de todas aquellas otras iniciativas de integración y cooperación que así convengan a sus intereses soberanos.
El otro día un grupo de ciudadanos, entre los cuales se encuentra el compañero Daniel Nina, profesor de la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, convocó a una “asamblea soberana” en la Plaza Simón Bolívar en Santurce. Esta iniciativa novel para retomar los espacios públicos para refundarlos, se celebró el viernes pasado 16 de mayo. Acudió una treintena de personas para dialogar sobre los acuciantes problemas que confrontan como parte de la crisis antes mencionada. Algunas de sus conclusiones fueron las siguientes: •Los problemas cotidianos a que cada uno se enfrenta son compartidos, así también la búsqueda de soluciones.
•La soberanía empieza con cada uno de nosotros: como un acto de ejercer control sobre nuestra vida individual y colectiva. Es decir, el poder constituyente de lo nuevo está en cada uno de nosotros.
•La soberanía es algo demasiado importante en la actual coyuntura como para dejar la definición de su alcance a los políticos. •Debemos constituirnos en Asamblea, para deliberar y tomar posición sobre los asuntos públicos que hoy se dilucidan.
•La Asamblea es todos. Por ende, tiene que ser democrática y respetuosa de la diversidad. Han convocado su segunda reunión para el viernes 23 de mayo a las 5:30 de la tarde, esta vez en la Plaza Rafael Cordero en Santurce.
Dos, tres, muchas asambleas, parece ser la consigna. Apalabrar los deseos y las aspiraciones de cambio en las plazas públicas, las comunidades, las universidades, las escuelas, los centros de producción, hasta los medios de comunicación. La patria, pues, se está transfigurando, a partir de su potencialidad como realidad multitudinaria. El pueblo soberano, como poder constituyente, se está multiplicando. Vive hoy en su subsunción real en cada uno de nosotros y cada aspecto de nuestras vidas. El pueblo soberano somos todos.
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