Siga al periódico... Done a Claridad


Cita Histórica


Puerto Rico •  27 de noviembre al 3 de diciembre de 2008

 

portadas



Buscar
El problema agrícola y la soberanía PDF Imprimir E-Mail
Opinión libre
Félix Córdova Iturregui/Especial para Claridad   

El discurso sobre la soberanía que se ha desarrollado en el interior del Partido Popular Democrático parece haber ejercido alguna atracción entre sectores del independentismo que en el pasado fueron militantes socialistas. Debemos meditar con calma las posibilidades reales de ese nuevo gesto que podría ser más el producto de la desesperación electoral que de la reflexión sobre una urgencia histórica. ¿Cómo compaginar el discurso soberanista con una política neoliberal agresiva? ¿Cómo reconciliarlo con una política de ataque sistemático a los sindicatos? ¿Debemos permanecer pasivos ante la vinculación de la soberanía con medidas neoliberales que han empeorado cualitativamente las condiciones de vida de la mayoría de nuestra sociedad? ¿Qué repercusión tendrá en el futuro la relación del reclamo de soberanía con el deterioro acentuado de las condiciones de vida de la mayoría de nuestra población? No se trata de preguntas retóricas. Si las condiciones de vida han empeorado para la inmensa mayoría de nuestro pueblo, ha sido como resultado de la política neoliberal agresiva que han seguido los dos partidos que han gobernado durante los últimos 30 años.

El resultado de las elecciones de 2004 fue sintomático. Ninguno de los dos partidos puede desentenderse de la intensa crisis actual porque les pertenece a ambos. Las dos organizaciones han sido consistentes en la continuación de la política económica colonialista y de la misma política neoliberal dominante en las últimas tres décadas. ¿Cuál es el fundamento de esa política? La defensa acrítica de los intereses de las grandes corporaciones multinacionales. La estructura del mercado impuesta en Puerto Rico desde los orígenes de la dominación colonial estadounidense no ha sido transformada y su desarrollo ha conllevado la expansión del dominio del gran capital extranjero y la pérdida creciente de control económico de parte de los intereses locales. Hablar de soberanía y no cuestionar la forma en que está estructurado el mercado debe ser motivo de seria reflexión. Pero hablar de soberanía al mismo tiempo que se toman medidas que garantizarán la expansión de los grandes intereses dominantes, es sencillamente inaceptable.

 No es una casualidad que en el contexto de la crisis prevaleciente, hasta El Nuevo Día haya mencionado la necesidad de activar el desarrollo agrícola de la Isla. El colapso de la agricultura como experiencia que acompañó el proceso de industrialización urbana a partir de 1950 es uno de los procesos principales que le sirve de fondo a la difícil situación que se vive hoy en Puerto Rico. Ese colapso fue un resultado coherente con la forma en que al país se le impusieron las relaciones modernas de producción. El capitalismo en Puerto Rico ha tenido una forma colonial que con el paso de las décadas se ha ido profundizando. Si se pretende hablar de soberanía hay que discutir con seriedad la forma en que se ha desarrollado históricamente el mercado en Puerto Rico. Es necesario deshacer el nudo más firme del coloniaje allí donde el nudo se encuentra. Si ninguno de los dos partidos de gobierno se plantea estos problemas es porque no tienen voluntad de salir del pantano colonial. El discurso de la soberanía del PPD es tan fatulo como el discurso de la estadidad del PNP.

Si el problema de la agricultura en Puerto Rico es crucial, no puede reducirse su pertinencia a la cantidad abrumadora de terrenos que los depredadores de la construcción están sembrando de cemento. El colapso agrícola a partir de 1950, y la difícil situación presente de varios de los pocos sectores de la producción agrícola sobreviviente, lo que representa es la maduración de la violencia colonial que ha sufrido nuestra sociedad. Es fundamental comprender cómo el imperialismo quebrantó en Puerto Rico la relación entre la ciudad y el campo. La dominación colonial bajo la dictadura del gran capital extranjero violentó el desarrollo de la división del trabajo en su forma más general a partir de 1898. No permitió un desarrollo ni mínimamente coherente entre los grandes sectores de la economía: la agricultura y la industria urbana. Mucho menos permitió el desarrollo de esa relación general de la división del trabajo en función de un mercado interno, con el objetivo de atender las necesidades de la población de la Isla con la producción local. Esta falta de vínculo entre los grandes sectores de la economía se traduce inevitablemente en una ausencia crónica de eslabonamientos internos entre los sectores de la producción y de la circulación de mercancías.

Todos los intentos por subsanar esta ausencia, algunos de gran envergadura, como fue el caso del proyecto petroquímico, han desembocado en el fracaso. Por eso, no es exagerado afirmar que la sociedad puertorriqueña carga penosamente con un desastre agrícola en sus espaldas. La violencia ejercida sobre la sociedad puertorriqueña al quebrantar el ritmo de desarrollo posible entre sus grandes sectores, propiciando el colapso agrícola, se acentúa con el desarrollo intenso de la división del trabajo en su forma más concreta, es decir, dentro de la unidad fabril, con la velocidad del desarrollo tecnológico que ha tenido el proceso industrial. Esta combinación terrible de acelerado desarrollo tecnológico, con una sociedad incompleta, le ha impuesto la interiorización de las categorías mercantiles a nuestra población en unas condiciones deformadas que acentúan la dependencia colonial. Nuestra sociedad, inevitablemente, exuda violencia.

Frederic Jameson, en su libro Una modernidad singular, se ha referido a una modernización tendencialmente mucho más completa que con la industrialización de la agricultura y la destrucción del campesinado tradicional, ha desarrollado una industria cultural y una cultura de masas con una capacidad nueva para colonizar el inconsciente. En el caso de Puerto Rico, con el descalabro agrícola, y el vacío que la ausencia de este gran sector económico ha dejado en el país, la capacidad de la comercialización en el proceso de colonizar el inconsciente tiene una fuerza mayor. Resulta penoso observar ese proceso de colonización del inconsciente profundizarse en sectores del independentismo y del socialismo en Puerto Rico.

Un socialista que pretenda hacer abstracción de la condición colonial en el caso de Puerto Rico comete un error grave. La formación colonial está inscrita en la misma estructura económica en que se despliega la lucha social. Pero un independentista que pretenda hacer abstracción de la lucha social, perderá el camino para ponerse en contacto con las fuerzas capaces de promover la descolonización. Golpear a los sectores sindicales más avanzados, o apoyar un gobierno que hace tal cosa, abriéndole un mayor espacio al empobrecimiento del pueblo, no será la forma de fortalecer la descolonización.

Ante las próximas elecciones solamente dos posiciones son coherentes con el análisis anterior: votar por el Partido Independentista Puertorriqueño o no votar. Los que no creen en la participación electoral porque entienden que sus tareas los llevan en otra dirección, deben seguir con sus tareas. Pero los que se inclinan a participar en las elecciones tendrán mañana muchas razones para votar por el PIP y su candidato a gobernador, Edwin Irizarry Mora. El PIP, contrario a décadas anteriores, se ha vinculado, desde hace varios años, a múltiples luchas sociales. Es el único partido que ha estado cuestionando aspectos importantes de la estructura de dominación colonial, tanto en sus palabras como en sus acciones. Además, su candidato a gobernador ha demostrado una disposición al diálogo que se ha manifestado en formas novedosas.

 
Claridad en la Nación
Claridad en Nuestra América
Comentario
Siete Días
Mirada Laboral
Claridad en el Mundo
Las canto como las veo
Claridad en los deportes
Opinión Libre
Me mudo a la Esquizofrenia
Claridades
Breves Históricos