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Cita Histórica


Puerto Rico • 21  al 27 de agosto de 2008

 

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Confesiones de un aspirante a cronista deportivo PDF Imprimir E-Mail
Claridad en los deportes
Reinaldo Millán/Especial para CLARIDAD   

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No recuerdo la primera vez que tomé en mis manos un periódico, pero estoy seguro de que lo primero que leí debió ser la página de los deportes. No sé si llegué a leer de niño alguna columna de Rafael Pont Flores o Emilio E. Huyke. No sé si de joven llegué a escuchar a Eloy “Buck” Canel o a Felo Ramírez. No recuerdo si llegué a ver en la televisión local alguna sección deportiva de Mariano Artau o Ernesto Díaz González.
Sólo recuerdo las páginas deportivas del diario de la mañana. Se trata de la última sección que se publica tanto en formato “estándar” como tabloide. Y es lógico que sea la última sección, ya que las actividades deportivas se llevan a cabo de noche, sus resultados se generan casi de madrugada y durante los fines de semana llenarían periódicos completos si se fueran a cubrir todas en igualdad de condiciones. Pero no es de cronistas de lo quienes quiero escribir.

Además de las páginas de deportes recuerdo los programas de radio. De niño, los “shows” sobre deportes y las narraciones de béisbol, baloncesto e hipismo, dominaron mi gusto auditivo. Antes de ver sus rostros y estrechar sus manos, conocí primero la voz de Wito Morales y luego la de Héctor Rafael Vázquez. Pero no es de ellos de quienes quiero escribir.

Aunque lo escuché narrar carreras pedestres, no tuve la oportunidad de oír los programas de Quique Ayoroa, ya que mis padres eran fieles oyentes de WPAB y pocas veces sintonizábamos la emisora de la Universidad Católica. Cuando ingresé a la universidad en 1979, Quique Ayoroa se retiró de los deportes y lo que sé de él fue lo que escribió en el desaparecido diario El Reportero. Por lo que me han contado, los programas de Quique y Varela fueron los mejores que se han producido en Puerto Rico, algo así como la salsa que generaron Richie Ray y Bobby Cruz. Pero no es de comentaristas de lo que quiero escribir.

Fue por televisión, como toda mi generación, que fui contagiado por la fiebre del baloncesto que propagó por toda la isla un ejecutivo de ventas de una emisora de radio, cuyo nombre debiera llevar el faraónico coliseo construido al lado de la Comisión Estatal de Elecciones. Se trata de “Míster Apúntelo”. No ha nacido en esta tierra un narrador como Manuel Rivera Morales. Nadie ha sido capaz de transmitir a los insulares oyentes de un evento deportivo continental, el palpitar de los latidos de un baloncelista, así como tocar a través de las ondas radiofónicas el sudor de sus nerviosas manos o escuchar el fluir continuo de su sangre mientras respiraba profundamente para ejecutar un tiro libre a sólo tres segundos de finalizar un encuentro en el que los oponentes marcaban la misma puntuación, pero sólo uno le rezaba a la Divina Pastora. Sencillamente no ha habido nadie como Manolo.

No lo conocí. Lo saludé varias veces, pero siempre en medio de un partido, mientras yo en mi novatada y él en su inmensa veteranía, trabajábamos, cada cual por su lado, uno con la libreta y el otro con el micrófono, las incidencias de un encuentro baloncelístico.

Subrayo baloncelístico. Sí, porque en Puerto Rico el balón y el violoncelo, son hermanos ejecutantes de la misma melodía en un tabloncillo entre dos canastos incrustados en un cuadrado de cristal. Lo que en otros lugares de Nuestra América es baloncestista para nosotros es baloncelista, gracias entre otros a Manuel Rivera Morales, que con una capacidad narrativa sin igual, una voz de tenor incomparable y una pasión por el deporte inalcanzable, nos introdujo en un universo de metáforas y apodos que perduran en nuestras mentes y retumban en nuestros oídos, a pesar de que hace algunos años partió para narrar desde el Paraíso de los deportes la alegre y lúdica ejecución de los inmortales del balón y el aro que han partido antes que los mortales que tenemos fecha de expiración. Manuel narró otros eventos como el Roller Derby, pero fue el baloncesto lo que queríamos escuchar desde sus labios. Manolo era el Casals de los narradores de baloncesto.

Muchos narradores han tratado de emular a Buck Canel, unos a Quique Ayoroa, otros a Felo Ramírez, pero nadie se ha atrevido a ni siquiera imitar a Manuel Rivera Morales. El listón está muy alto, el riesgo de hacer el ridículo es aún mayor, pero por sobre todo, no hay nadie que se atreva a tratar de manchar una voz y un recuerdo. Esa voz está intacta, ese estilo es intocable, esa creatividad es inalcanzable.
Confieso que de todos los trabajos que he realizado, el de reportero de deportes es el que más me ha gustado, el de cronista deportivo al que siempre he aspirado y el de narrador de baloncesto el que hubiese preferido.

Confieso que me hubiera gustado escribir una crónica sobre Manolo. Nunca lo entrevisté, y no puedo decir que lo conocí por el simple hecho de estrechar su mano en medio de un juego de baloncesto. Ignoro su ideología política y desconozco su creencia religiosa. No sé quiénes fueron sus mejores amigos ni conocí su esposa, vecinos o familiares.

Sólo puedo decir lo que su voz me hizo sentir, lo que su narración me hizo ver, lo que su pasión me hizo vivir. Creo que de eso puedo escribir, pero no hay páginas en un periódico ni una página cibernética, no hay tiempo en una emisora de radio y no hay imágenes en un canal de televisión, para describir los sentimientos que Manolo provocó en una nación. Apúntenlo. De Manuel Rivera Morales me hubiese gustado escribir.

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