Luego de que Barack Obama asegurara la candidatura Demócrata para presidente de Estados Unidos y aún antes, cuando su figura comenzó a impactar a amplios sectores diversos de ese país, algunas personas comenzaron a preguntarse si ese hecho quería decir que la federación norteamericana está preparada para tener un estado étnicamente distinto a los que en la actualidad la conforman. Hablando más directamente, se preguntan si el éxito de un afronorteamericano en las elecciones generales, quiere decir que existen las condiciones para que Puerto Rico sea admitido como el estado número 51 de Estados Unidos.
Históricamente los anexionistas puertorriqueños han enfrentado dos grandes escollos en sus esfuerzos por lograr la estadidad para Puerto Rico. El primero de ellos, sin duda el más importante, es que nunca han logrado el apoyo de la mayoría de nuestro pueblo. En todos los plebiscitos que se han celebrado consistentemente han quedado en segundo lugar. El otro gran escollo que históricamente han enfrentado es el rechazo de amplios sectores del pueblo estadounidense y de las instancias de poder, particularmente del Congreso. Cada vez que se ha presentado la oportunidad de “ofrecerle” la estadidad a los puertorriqueños, el Congreso ha esquivado el asunto o lo ha rechazado. A pesar de que continuamente dicen que aceptarían lo que los puertorriqueños decidan, todos sabemos que eso no es cierto para la estadidad ni para las demás fórmulas políticas que comúnmente se manejan en Puerto Rico. Nunca se ha producido una consulta formal, avalada por ellos y con el compromiso previo de aceptar lo que aquí decidamos. En privado se reconoce que uno de los grandes escollos para que se pueda producir esa oferta es el rechazo a la posibilidad de que Puerto Rico se convierta en estado.
Cuando más cerca se estuvo de que se produjera una consulta formal, programada desde el Congreso, fue durante el proceso que en 1989 se inició en un comité del Senado estadounidense presidido por el senador J. Bennett Johnston. El presidente de aquel comité, Demócrata por el estado de Luisiana, parecía genuinamente interesado en que se produjera una consulta formal legislada por el Congreso. No obstante, luego de numerosas vistas públicas, los integrantes de su propio comité rechazaron la propuesta en una votación donde casi todos los Republicanos y varios Demócratas actuaron en conjunto.
La razón para ese rechazo es mayormente cultural y racial. La particularidad puertorriqueña sería única en la historia de Estados Unidos. En varias ocasiones se han aceptado estados donde un sector de la población es distinto desde el punto de vista cultural y lingüístico al resto de Estados Unidos. Ése es el caso de los estados que surgieron de los territorios que en los años ’40 del siglo XIX les fueron usurpados a México, y también el de Hawai y la misma Alaska, estados que se incorporaron a la unión a mediados del siglo XX. En los primeros había importantes poblaciones mexicanas que todavía hablaban español y en los segundos grupos étnicos oriundos de esos lugares. En todos los casos, sin embargo, esos grupos étnicamente diferenciados eran minoritarios. En esos territorios se produjo el típico proceso de colonización y ocupación mediante inmigraciones de poblaciones blancas provenientes del resto de Estados Unidos. Estos inmigrantes fueron imponiendo su cultura y sobre todo su idioma y, cuando se produjo la incorporación como estado, los diferenciados habían quedado literalmente marginados por los que les habían ocupado su territorio.
La situación de Puerto Rico sabemos que es muy diferente. Aquí los étnicamente diferenciados no representan un mero sector del pueblo, sino que somos prácticamente todos los que aquí vivimos. Somos latinos o, más claro aún, puertorriqueños, un grupo social que tiene su propia identidad e idiosincrasia. Esa población convive en su propio territorio claramente demarcado por los contornos de la isla y habla un idioma común. Durante 110 años, desde la invasión militar de Estados Unidos, ese pueblo se ha mantenido y se ha desarrollado, fortaleciendo su cultura, profundizando sus particularidades y conservando y enriqueciendo su idioma. A pesar de los evidentes esfuerzos por colonizarnos como hicieron con los territorios arrebatados a México, hemos podido mantener nuestra identidad y seguir hablando nuestro idioma. Aquí el español no es algo que habla con evidentes limitaciones una minoría, sino un instrumento de comunicación muy vivo que enlaza a todo el pueblo.
Si para algo sirvió la reciente primaria del Partido Demócrata fue para que las realidades culturales de Puerto Rico se les hicieran evidentes a los candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Cuando Hillary Clinton quería hablar en alguna comunidad le era imprescindible un traductor para que el público la entendiera. Los anuncios en radio y televisión de ambos candidatos fueron en castellano. El otro día todavía vi letreros en el área urbana de Patillas que proclamaban a “Obama para presidente” y otros que leían “Puertorriqueños con Hillary”. Estoy seguro de que si esos candidatos se hubiesen ido a hacer campaña a Santo Domingo o a Venezuela se hubiesen enfrentado a las mismas realidades.
Lo anterior indica que no se trata solamente de “diversidad étnica” como ocurre en muchas comunidades de Estados Unidos, sino de la existencia de una nación con todas las características que ese hecho implica. Por tanto, la decisión que tendría que tomarse en Estados Unidos a la hora de considerar la anexión de Puerto Rico, no es si se admite a un estado étnicamente diverso, su dilema es otro. Por primera vez en su historia tendrán que decidir si aceptan como miembro de su federación a otra nación, en este caso una nación caribeña, mulata, que habla en otra lengua y vive otra cultura. Luego de 110 años de experiencia deberán saber que esa nación no podrá ser destruida ni asimilada y que seguirá siendo distinta. Podrán incorporarnos como estado pero siempre seguirán siendo ellos, los americanos, distintos de nosotros, los puertorriqueños.
En conclusión, la pregunta que se impone no es si, ante la experiencia de Barack Obama, Estados Unidos está preparado para tener un estado étnicamente diverso, sino si está preparado para meter a otra nación dentro de su federación. Por ahí es que tiene que empezar el debate.