Puerto Rico es una nación marcada por el éxodo. Así ha sido desde que la emigración de nuestra gente a la metrópoli, en especial a Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos, fue utilizada como válvula de escape a la crisis económica del País durante la década del cincuenta. Entonces, fue política oficial del gobierno estimular la salida de nuestros jíbaros, empobrecidos y con escasa educación, quienes habían sido desplazados de su labor agrícola por la incipiente industrialización de Puerto Rico. Ahora, ya son cerca de 4 millones los puertorriqueños que viven en Estados Unidos; la mitad del total de nuestra población desplazada a lo largo y ancho del territorio continental estadounidense.
Sin embargo, el éxodo del presente es distinto al de la oleada inicial. La crisis actual nos está llevando muchos “cerebros”; una gran cantidad de profesionales y trabajadores diestros que encuentran allá la oportunidad que su país les niega en medio del estancamiento económico que padecemos. Nunca en su historia el rumbo de Puerto Rico ha sido orientado por una visión propia y ese es nuestro gran problema. Si en otros tiempos, la emigración masiva de los nuestros sirvió para abonar el camino a una falsa prosperidad, hoy es la prueba fehaciente de que esa ilusión se ha convertido en la pesadilla del más estrepitoso fracaso.
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