Equus, noli umquam oblivisci Maravilla!
Soy un admirador fervoroso de Bob Marley, profeta jamaiquino del reggae. He estado releyendo su biografía, con la idea de tratar de entender su evolución, como cantante, músico y filósofo de masas, en Jamaica y el resto del mundo. No, no me he puesto a encender ganja, aunque a veces lo parezca cuando la gente lee las cosas que escribo.
Llaman además la atención las circunstancias políticas prevalecientes en Jamaica en la década de 1970, cuando el grupo de Bob, The Wailers, empieza a repuntar internacionalmente. La política en Puerto Rico de hoy día está solamente a pasos de estar tan dominada por el elitismo económico-genético, el nivel de hipocresía y la estridencia, que observamos en Jamaica en la época que describimos. Jamaica es tan Caribe – y tan producto del coloniaje- como lo somos nosotros, aunque a veces parezca que ambos países estamos a años luz uno del otro.
En aquellos días el primer ministro era Michael Manley, hijo de Norman Manley (prócer de la independencia jamaiquina) y curiosamente primo de otro primer ministro, Hugh Shearer, su oponente en las elecciones de 1972. Manley era blanquito en un país afrocaribeño y pobre, pero al menos intentaba lograr una visión de país, quizá a la sombra del legado de su padre. Accesible a las masas, Manley era consciente de la necesidad de abrir a Jamaica a la corriente de países del Tercer Mundo con tal de prosperar, más allá de convertir al país en una enorme mina de bauxita (principal materia prima del aluminio, de la cual Jamaica es el cuarto productor mundial) o en un ingenio cañero para el gran capital ausente.
En Jamaica, como en Puerto Rico, los dos partidos políticos principales están cortados por la misma raya: quién le da algo a los pobres versus quién le quita todos los recursos a los pobres para luego tirarles algo de dinero, y bajo esas consideraciones los dueños del poder hacen y deshacen. Tanto entonces como ahora, el país estaba dividido por esa falla sísmica. Y en medio de ambos, los independen… digo, los rasta. Los “dreads”, los temidos de la sociedad por su aspecto físico y creencias religiosas, revolucionarias en términos filosóficos, políticos y prácticos. Creencias que le huelen a blasfemia a los demás, porque defienden el panafricanismo y la justicia social, estipulan que un emperador etíope es Dios encarnado, y perfuman el aire con olores a goma quemá 24/7, convirtiéndose muchos en una chimenea ambulante en el proceso.
Manley, parte de quienes les daban algo a los pobres, tenía un defecto mayúsculo: a veces jugaba con las supersticiones de la gente con propósitos políticos. Es raro el político que no lo haga, pero quien lo hace acostumbra al pueblo a vivir de supersticiones: las suyas y las de otros. Suena familiar. Manley caminaba con un bastón que le regaló Selassie, el Dios Encarnado del que hablábamos hace un rato, vendiéndoselo al pueblo como el “Cayado de la Corrección”, como si hubiese sido ungido por el mismo Dios para enderezar al país a fuerza de palos. Hubo quien le creyó.
Siete compañías extranjeras (y sus alcahuetes locales), dueñas del 30% del país, controlaban la minería de bauxita en Jamaica. Comenzaron un proceso de desplazamiento de ciudadanos y de minería a cielo abierto que ha convertido desde entonces a buena parte del país en un fanguero contaminado, y que ha desplazado a miles de jamaiquinos a Kingston, la capital, y al exterior. Lo que dejaban atrás era un infierno. A Manley entonces se le ocurrió hacer lo que todo líder con los pantalones en su sitio hace por todo país que tenga alguna riqueza natural o productiva y se respete a sí mismo. Subió las regalías a la bauxita minada en Jamaica -como su padre lo había propuesto en la década de 1950- con tal de allegar más fondos al gobierno para continuar su obra social. Desde luego, el capital ausente y sus acólitos chillaron como pincho tirado a la brasa, y casi le arreglan la anatomía torciéndole el brazo, pero Manley entonces respondió declarando a su país socialista, y miembro de los países no alineados. No quería imitar a Cuba (socialismo extremo), ni a Puerto Rico (neoliberalismo extremo), sino buscar un punto intermedio.
Y allí se pusieron los huevos a peseta. El país se convirtió en un frente de guerra, porque la oposición a Manley literalmente se tiró a las calles a repartir palos y a dispararle a gente que simpatizara con el gobierno. Como siempre, hubo un blanquito local sirviendo de vocero para tal ejército: Edward Seaga, quien luego salió electo primer ministro y por poco le vende el país completo a Ronald Reagan años más tarde.
Manley recurrió entonces otra vez a los rastas para ver si arrimaban las fuerzas electorales a su lado (suena familiar), y puso su mira en Bob Marley, cuyo mensaje, aunque con bastante carga política, era más espiritual. Lo invitó a cantar en un concierto, Smile Jamaica, que acá sería el equivalente a una de esas bebelatas del 25 de julio. Bob aceptó, pensando en el bien del país.
Y a pocos días del concierto, en diciembre de 1976, a Bob lo emboscaron en su casa, recibiendo él y su esposa, entre otros, heridas relativamente leves de bala. Lo que hicieron fue sacarle el mostro. Se tuvo que exiliar del país luego del hecho, pero llegó a ir al concierto, aún vendado de sus heridas. Dijo que quería cantar una canción, y se quedó cantando hora y media. Y dejó meridianamente claro que ni él, ni los rastas, eran balón político de nadie. Lo puso en contexto luego escribiendo canciones como “Ambush In The Night” y “Time Will Tell”, pero donde más furiosamente lo denunció fue en una canción llamada “Rat Race”, donde sentenció aquello de que “Rasta no work for no CIA”. Para Bob, la justicia no tenía color partidista ni tenía que arrimarse a ningún político para concretarse, aunque el poder les viniera de afuera. (Hora de coger oreja, mi gente).
A los dos años, Bob regresó a Jamaica. En un concierto hecho para conmemorar la visita de Selassie a Jamaica dos décadas antes, Bob hizo algo que requería unos timbales dignos de Tito Puente: en medio de su canción “Jammin’”, Bob mandó a buscar a Manley y a Seaga, y una vez ellos en el escenario, les exigió juntar sus manos en un apretón triunfal. Manley y Seaga pusieron cara de estreñimiento, pero llegaron a unir sus manos a las de Bob. El mensaje era claro: queremos paz, y no la tendremos si no exigimos justicia nosotros mismos. La violencia política amainó un poco. El país cayó en cuenta, por unos preciosos días, de que las cosas se estaban saliendo de control. De momento, otra Jamaica era posible. Es cierto que Manley y Seaga sólo volvieron a darse la mano tres años después… en el entierro de Bob Marley, que murió de cáncer en 1981. Pareciera que sólo Bob podía juntar a esos dos jueyes machos.
La violencia no ha dejado de ser parte de la forma de hacer política en Jamaica, pero ha amainado bastante desde aquel referente cultural. Uno lee la historia de la Jamaica de esos días, y le parece estar viendo réplicas de los nefastos tiempos del Asno como gobernador, los tiempos de las turbas y las torceduras de brazo del gobierno hecho mafia del Rossellato, y el histerismo (¿Hitlerismo?) de San Tomito, el santo patrón de los tripolares que ahora lidera la campaña del Ungido de La Cara Mal Administrada. Con la diferencia de que allá mataban gente como moscas cuando dos grupos políticos se enfrentaban. Acá estamos sólo a pasos de eso. Pero entonces, tenemos a Bob. Yo quisiera que de Puerto Rico saliera un Bob Marley. Hasta ahora lo más que se le ha acercado es Luigi Texidor (ya creerán ustedes que estoy fumando pangola). Marley nunca conoció a Haile Selassie, Rey de Reyes; Luigi conoció a Elvis Presley cuando ambos estaban destacados como militares en Alemania. Marley era birracial; Luigi a veces relaja diciendo que era rubio pero lo dejaron mucho tiempo en el horno. Pero como Marley, Luigi tiene filosofía para nosotros, que nos hace muchísima falta ahora. Mi línea favorita de Luigi es: “La decencia / no se tiene en el color, ni por credo ni por raza / tampoco se guarda en casa, se lleva en el interior...” Pero nos haría falta escuchar a Bob un poco. “Get Up, Stand Up” es un buen comienzo.
* Fiquito Yunqué es el pseudónimo de un músico, escritor y loco, oriundo y residente de Mayagüez. Sus opiniones son las suyas propias. O eso él dice.
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
|