Julio es un mes que exacerba nuestros recuerdos y sentimientos respecto a la situación colonial de Puerto Rico y las consecuencias negativas y degradantes que ésta tiene sobre el derecho a la libertad que como Pueblo tenemos. Las autoridades oficiales de la Isla conmemoran el 4 de julio cuando, irónicamente, celebra su independencia el país que nos posee como parte de su imperio. El día en que las barbacoas, fuegos artificiales, festejos y discursos patrióticos abundan en la nación cuyo gobierno se pasea por el mundo tratando de imponer su voluntad a conveniencia de sus ambiciones políticas, militares y, sobre todo económicas. El último botón de muestra es la repudiada guerra de Irak.
Lamentablemente Estados Unidos logra con frecuencia sus propósitos, aunque la dignidad de pueblos en lucha como es el caso de Cuba, Venezuela, Ecuador y otros, resisten el embate. Con las dificultades que conllevan 110 años de dominio, las personas que han hecho de la lucha por la independencia su causa, aquí también resistimos. Mucha gente no se llaman a sí mismas independentistas, pero resisten culturalmente, con sus acciones y trabajos comunitarios. También lo hacen los casi tres millones de compatriotas que en el mismo país que nos oprime mantienen vivo el amor por su Puerto Rico y defienden a como dé lugar sus raíces.
Pasadas las ajenas efemérides del 4 de julio llegamos al 25. En esa fecha nuestras vidas quedaron marcadas por la invasión de la isla por las tropas del gobierno que libraba la Guerra Hispanoamericana. La que hasta entonces fue nuestra dueña tampoco fue un “pellizco de ñoco”, como refraneaba mi abuela Mercedes. Los compontes, la persecución, el encarcelamiento y destierros de patriotas así lo demuestran. El inmisericorde bombardeo a San Juan y el ataque por Guánica marcaron el destino del pueblo puertorriqueño. Al raspar las páginas de la historia escrita a conveniencia del plan de asimilación norteamericano, ha quedado demostrado que la resistencia comenzó desde entonces y que no fueron pocas las voluntades que no querían colonia ni con España ni con Estados Unidos. No fue casualidad que cincuenta y cuatro años más tarde y también un 25 de julio entrara en vigor la Constitución del llamado Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Lo único claro y seguro en tan rimbombante nombre son las últimas dos palabras.
Evidentemente la coincidencia de las fechas tuvo el propósito de que con la celebración del día de la Constitución, olvidáramos la ignominia de que se nos tratara como botín de guerra el también 25 de julio, pero del 1898. Aunque el tono de las fiestas ha ido bajando porque la gente no las asume a menos que haya múltiples orquestas y otros distractores, es entonces cuando el Partido Popular defiende la perpetuación de la colonia. Como siempre he señalado, al margen de todo lo relacionado con el estatus político la Constitución tiene una Carta de Derechos de avanzada que incluye garantías para la gente boricua y quienes lleguen a esta bendita y al mismo tiempo pisoteada tierra. Allí encontramos el derecho a la libertad, a la dignidad de todos los seres humanos, la prohibición del discrimen por sexo, el derecho a la educación pública, la imposibilidad de la pena de muerte y de las interceptaciones telefónicas. Estas últimas son impuestas a través del sistema de justicia federal que subyuga al nuestro. Sin embargo, en cuanto a la pena de muerte no han podido imponerla porque, de nuevo, la resistencia de boricuas que han integrado los jurados se lo han impedido. Los antes señalados derechos reconocidos en el artículo II de la Constitución y otros como la protección de los recursos naturales, a trabajar en un ambiente saludable y libre de riesgos, a un debido proceso de ley y juicio por jurado, pueden ser la única razón por la que los padres y la única madre del documento, María Libertad Gómez, de la que por cierto casi nunca se habla, pudieran sentirse orgullosos. No obstante, son razones que palidecen ante la consagración de las cadenas coloniales. Así nos lo recordó el Congreso de Estados Unidos cuando eliminó el artículo XX porque era demasiado “socialista” para su gusto. Allí se consagraba el derecho al trabajo y a la salud, entre otros. Nada pudimos hacer pues después de todo, no somos estado, no somos libres y lo asociado es una burundanga, aunque en las campañas políticas se llenen la boca diciendo que “Aquí mandamos nosotros”.
Cada 25 de julio recordamos también con tristeza e indignación los asesinatos de los jóvenes independentistas Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví en el Cerro Maravilla, bautizado ahora como el Cerro de los Mártires. Así fue nombrado no sólo en honor a ellos, que fueron entrampados y llevados a la muerte por un agente infiltrado en su entusiasmo juvenil y ansias de libertad, sino también de otras y otros que también han ofrendado sus vidas por el amor y compromiso con la Patria. En ocasión de conmemorarse los treinta años de los sucesos del Cerro Maravilla el tema ha vuelto a surgir en el debate público. Romero Barceló salió bien librado, lo que mantiene vivo el coraje y la indignación y en la prensa se plantea la interrogante sobre si es tiempo de que los policías sean excarcelados. Si así va a ser, tienen que hacerlo como cualquier preso y no como hace un tiempo que fueron sacados y vueltos a encerrar porque no cumplían con los requisitos. Alguien metió la mano a su favor.
Nos aprestamos a subir a Maravilla este año nuevamente. Al igual que el camino hacia la libertad, la independencia y una sociedad más justa, es una cuesta empinada, larga, pero al mismo tiempo hermosa, donde encontramos gente que comparte el trabajo, el entusiasmo, la esperanza y que renueva su compromiso a la vez que respira el aire fresco de la montaña de Villalba y luego el olor a mar de la Bahía de Guánica, donde año tras año repudiamos la invasión. Como cada 25 de julio asumiremos el reto: no olvidar hasta alcanzar la victoria.
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