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Cita Histórica


“El control de la campaña lo tengo yo ahora”
Jorge de Castro Font

 

Puerto Rico • 4  al 10 de septiembre de 2008

 

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Recordando a Clotilde Pereira viuda de Ramos Mimoso PDF Imprimir E-Mail
Claridad en la Nación
María Teresa Szendrey Ramos/Especial en Claridad   

Hace unos años en ocasión de la muerte prematura de un joven universitario graduado del Colegio San Ignacio, el padre Jesuita Juan José Santiago ofreció una homilía en la que comparaba el cielo con un jardín. Decía padre Santiago que como todo jardín el cielo tenía flores en todas sus etapas: capullos, capullos abiertos, flores en la plenitud de la vida y sí, también flores marchitas que comenzaban y terminaban de perder sus pétalos. En el desconsuelo de la partida al cielo de una persona que apenas comenzaba a vivir, la analogía tenía sentido. La persona joven llegaba prematuramente a la presencia de Dios para ser el capullo del jardín. Los viejitos que llegan al cielo entonces son las flores marchitas que igualmente forman parte del jardín y son tan o más necesarias para el ciclo de la vida. Aunque me parecía injusto que algún día una viejita pudiese ser percibida como algo marchito, después de escuchar tan elocuente exposición salí de la misa tranquila y segura de que aquellas palabras serían un gran consuelo para los padres del joven.

Hoy, recibir consuelo nos tocó a nosotros y aunque la muerte de Ita (como llamábamos cariñosamente a nuestra abuela) representa un pérdida que no tiene medida en los corazones de sus hijos e hijas, sus nietos y nietas, sus biznietos y biznietas, sus primos y primas y sus amigos y amigas, el evento, aunque triste, no es una tragedia. Ita vivió a plenitud 90 años. Y cuando digo a plenitud no implico que fueron 90 años felices.

Mi abuela experimentó y superó problemas serios, todos relacionados con los roles que asumió en la vida. Aceptó con dignidad y valor las dificultades de la maternidad; acogió con valentía los retos de su matrimonio con mi Abuelo; recibió con energía la aventura que representaba ser abuela de 11 nietos; soportó con fe y confianza serias crisis de salud que en más de una ocasión amenazaron su vida; y recogió y apoyó por el camino de su vida a todo aquel que la necesitaba, incorporando como suyos los problemas de los demás. Por alguna razón, sin embargo, mi abuela siempre destilaba paz y alegría. Aún en los momentos en que enfrentó las dificultades que hubieran movido al más cuerdo a la locura, mantuvo el control, la compostura y la dignidad intactos. Era realmente una mujer completa.

Siempre estaba bella pero nunca fue vanidosa, tenía una inteligencia sobresaliente pero nunca arrogante, contaba con un sentido de moralidad profundo pero siempre era tolerante, y a pesar de que era el patrón sobre el cual podía recortarse el ser humano ejemplar, jamás juzgó a quien no era como ella. Las pocas ocasiones en que las circunstancias de su vida la empujaron a su límite, al final siempre perdonaba, pues como persona de profunda fe, sabía que el rencor no es parte de la agenda de quien vive el plan de Dios.
Como su nieta mayor puedo decir que mi abuela era mi amiga, mi cómplice en cosas que ciertamente hubieran molestado a mi madre, mi consejera sobre la vida y sí, también en muchas ocasiones mi consultora de belleza y estilo.

Vivía orgullosa de los logros profesionales de sus nietos y, en particular, los de sus nietas. Aunque con frecuencia expresó sentimientos ambivalentes sobre el hecho de que ser una mujer profesional implicaba el abandono de las “responsabilidades domésticas”, nunca impuso sus ideas o criterios y al final participaba con orgullo infinito de los éxitos profesionales de sus nietas.

Cuando a sus nietas y nietos nos tocó ser madres y padres allí estaba siempre tejiendo puntillas para frisas de bayeta o estopilla y ofreciendo su cómoda falda para mecer recién nacidos y no tan recién nacidos en el fresco balcón de Villa Caparra. Ese balcón. . . qué mucho extrañaremos las tertulias, reflexiones y los ocasionales regaños que ocurrían en aquel lugar glorioso y que recientemente, cuando celebramos sus 90 años, fue, sin que lo supiéramos, el umbral del cielo.

Hoy no puedo decir más, excepto expresar agradecimiento a Dios por haberme prestado por 90 años a mi abuela. Hoy expreso con orgullo que su presencia en nuestras vidas fue tan fuerte que todos sus nietos y nietas tenemos algo de ella y que en cada uno de nosotros perdurará un pedacito de su alma y de su ser.
Sí, hace noventa nos nació un capullo y aunque hoy devolvemos a Dios una flor marchita lo hacemos con la conciencia y el consuelo de que Dios la necesita en el Cielo para completar su jardín divino y así no interrumpir el ciclo de la vida.

Descansa en paz abuela querida. Nos encontramos en el cielo.

* Palabras leídas en los actos fúnebres de Doña Clotilde Pereira viuda de Ramos Mimoso



 
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