Siga al periódico... Done a Claridad


Cita Histórica


Puerto Rico •  27 de noviembre al 3 de diciembre de 2008

 

portadas



Buscar
La soberanía y el fraude del estatus PDF Imprimir E-Mail
Claridad en la Nación
Marcos Reyes Dávila/Especial para Claridad   


“La democracia se suicida diariamente, pierde espesura y se degrada.”
Un ensayo sobre la lucidez
José Saramago (novela, 2004)

La desesperante situación política y económica de Puerto Rico es el tema que articula la columna del compañero Carlos Gallisá en la edición de Claridad del 10 al 16 de julio. Los puntos de vista esbozados en él por el compañero acompañan este remate nuestro de hoy al tema de la soberanía que tratamos en nuestras columnas previas, una en la edición mencionada, y otra en la del 5 al 11 de junio.

En Puerto Rico, ciegamente, los partidos se agrupan por las preferencias de estatus. Del mismo modo, los electores. Indistintamente de los candidatos, de las propuestas y de los programas de gobierno, votan PPD los que creen en el ELA; PNP los que creen en la estadidad; PIP los que buscan la independencia. Podemos oír incluso a “analistas políticos” como Ignacio Rivera –en Fuego cruzado–, coincidir con Gallisá sobre las barbaridades e iniquidades del imperio o del capitalismo, o la corrupción política de los “azules”, mas no obstante, de repente, se encarrila en la inercia de su “América the beautiful”, al lado de sus “muchachos”, y sentencia que es estadista y, por eso, votará incondicionalmente PNP.

El que esto escribe tiene la edad del ELA. Recuerdo a Muñoz gobernador, la visita y el asesinato de Kennedy, el plebiscito del ‘67, el Partido de Acción Cristiana, la muerte de Albizu, Sánchez Vilella y el Partido del Pueblo, la elección de Ferré, etc. He visto votar por el estatus durante casi cincuenta años, pero no he visto acción ni cambio alguno sobre el estatus. Nunca. Ello nos mueve a concluir que la lucha electoral por el estatus en Puerto Rico ha sido por más de un siglo un fraude, una distracción y una cortina de humo, pues la realidad es que las elecciones en Puerto Rico no deciden nada de eso, ni pueden decidir nada de eso, pues se celebran al margen de la soberanía –lo mismo que los plebiscitos–, de modo que sólo sirven para decidir quién administra el presupuesto y a quiénes se les ofrecen las prebendas y los favores del estado.

Otro aspecto del fraude centenario del estatus, es la validez de las opciones descolonizadoras. Quien escribe no cree que sean “ideales” válidos y legítimos las supuestas “opciones” de la “estadidad” y del estado-libre-asociado porque, ambas, contradicen el concepto de soberanía. Incluso los términos mismos que designan esas fórmulas fueron acuñados en nuestra jerga y sólo para puertorriqueños, pues carecen de significado para el resto del mundo. La soberanía, en cambio, implica la capacidad de un pueblo para decidir libremente el rumbo de su destino. La estadidad y el estado-libre-asociado, ambas “fórmulas”, entregan la soberanía puertorriqueña al pueblo estadounidense, un pueblo que todos en Puerto Rico reconocen como “otro” pueblo, distinto del nuestro. Cierto es que Hostos dijo que aceptaba cualquier determinación que tomara el pueblo de Puerto Rico en un plebiscito, pero, por un lado, el plebiscito que predicó era un plebiscito soberano, verdadero, y por otro lado, no dejó de señalar que la patria libre era una aspiración irrenunciable pues la nación nunca dejaría de ser nuestra.

Sin embargo, no es necesario recurrir a este argumento para ver la crisis política que vive un país ahogado por la corrupción, la selva política tribal al margen de toda racionalidad que han construido los dos partidos principales, y el deterioro creciente de la económica y la calidad de vida. La insalubridad inhóspita de la legislatura abona a la deserción partidista masiva de un pueblo que no encuentra salida a la desesperación, y está cada vez más desafecto e insatisfecho con la ejecución de sus líderes políticos. Crisis en el PPD, crisis en el PNP, crisis en el PIP: la oferta política de la papeleta electoral carece de atractivos tanto como de credibilidad, y se configura como un callejón sin salida.

Entonces, ¿qué hacer en estas elecciones?
En Puerto Rico, la “izquierda” –nacionalistas, independentistas y socialistas, principalmente–, o vota con el partido de la independencia o recurre a la abstención bajo la teoría de que se trata de elecciones coloniales, no soberanas. (Otros, ya sabemos, prestan el voto al PPD para que no salga electo un PNP.) La abstención puede ser un voto de protesta. No obstante, una de las observaciones que se desprenden de la experiencia es el hecho de que los abstenidos, con la insólita excepción del referendo sobre la unicameralidad, no cuentan en los análisis políticos. El voto abstenido, como voto de protesta, tiene generalmente un efecto nulo. Es por eso, por ejemplo, que pudo ganar una primaria en Puerto Rico Hillary Clinton a pesar del reducido número de votos obtenidos en una elección en la que pudieron participar cerca de los dos millones de electores afiliados a los dos partidos que creen que hay una “esfera” o jurisdicción federal en Puerto Rico sin darse cuenta de que, al no tener participación real en ella, esa esfera o jurisdicción es en verdad ilusoria, de naturaleza colonial, e ilegítima.

José Saramago publicó una novela (Un ensayo sobre la lucidez) en la que el conflicto que se toma como punto de partida, es una elección política en la que misteriosamente la inmensa mayoría de los votos está en blanco. Se nos ocurre que la crisis que se les plantea a muchos electores ante la carencia de opciones en esta papeleta de noviembre, podría hallar en el voto en blanco un voto abstenido que, al tener que contarse, superaría de esta manera su histórico efecto nulo. ¿Sería factible, sin embargo? ¿En un país como el nuestro, en el que ya ganó un referéndum la opción de “ninguna de las anteriores”? ¿Qué consecuencias tendría? ¿Podría pensarse en hacer campaña a favor de votar, no en blanco, pues la inclinación por el fraude podría dar lugar a que se repartan los votos, pero sí votar, digamos a modo de ejemplo, por Homero Simpson, Tito Kayac, Indiana Jones, o mejor aún, Eugenio María de Hostos? ¿Nos atreveríamos a permitir que se cuenten cuántos son en verdad los abstenidos?
Al recordar a Saramago, en realidad lo que hacemos es proponer, como lo hace Carlos Gallisá, aunque de manera diferente, que busquemos fórmulas para hacer verdadero el voto, un voto descolonizador y soberanista. Dicen que el pueblo de Puerto Rico le teme a la palabra “independencia”, y por lo tanto, a la palabra “soberanía”.

 Sin embargo, ¿le temerá también a la idea de que su voto cuente? ¿Le temerá también a la idea de que los puertorriqueños decidan a través del voto los asuntos fundamentales? ¿Le temerá al lema de Sánchez Vilella: “Que el pueblo decida”? Sin duda, la búsqueda de la soberanía choca, por otra parte, contra la mole verde e irrenunciable de los cupones y los subsidios imperiales. Entonces, ¿qué podemos ofrecer los soberanistas, al pueblo dependiente, que tenga más peso que los dólares?

Al decidir vivir soberanamente, al desear que el voto en verdad cuente, al aceptar que podemos y debemos tener el derecho a decidir nuestras cosas, y por ende, a tener voz y voto verdadero respecto a nuestro porvenir, habremos ejercido un derecho del que no podemos ser despojados, pues es ése uno de los pilares de los derechos humanos, estrechamente atado a la dignidad de la persona. Aunque Hostos aseguró que el derecho no ejercido no existe, a veces es necesario ejercer ese derecho fuera de las urnas, y en el día a día. De ese modo, y sólo de ese modo, seremos libres.

* El autor es Director de la Revista EXÉGESIS, Universidad de Puerto Rico, Humacao

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla


 
Claridad en la Nación
Claridad en Nuestra América
Comentario
Siete Días
Mirada Laboral
Claridad en el Mundo
Las canto como las veo
Claridad en los deportes
Opinión Libre
Me mudo a la Esquizofrenia
Claridades
Breves Históricos