Aliis si licet, tibi non licet. (Lo podrán hacer otros, pero tú no.)
La vendedora de bisutería de cristal labrado monta su mesita, entre otras muchas, en la verbena del club social melanofóbico del Valhalla del Anexionismo. Ella pasa horas largas sin que nadie le compre ni una cuentita. Llega esta señora quejándose de lo malas que están las cosas, y particularmente del hecho de que su esposo, consultor o contratista, le dio permiso esta vez para gastar trescientos pesos, y no los ochocientos usuales. Las cosas están malas.
El papá con sus dos nenes se baja en la estación del tren, para honrar la promesa que les hizo de llevarlos a comer helado en la heladería “alternativa” de la exgimnasta. El sacrificio bien vale la pena, porque los nenes han estado royendo el hueso año y medio sin salir ni de aquí a la esquina (y, total, los nenes están todavía en edad de ir gratis en el tren). Cuando llega, ve a esta familia de emperifollaos estacionándose en zona prohibida y bajándose del Mercedes. Ocupan la mesa de bistró de las afueras del local. El doño, con más cadenas que un reggaetonero de cartel, se cuela por entre el papá y los nenes, y les roba el turno. Pide convoluciones de tres sabores para la doña, las nenas y el manganzón jevito de una de ellas. Cuando se pone a sacar cuenta, los helados se llevan $42. El don la paga en cashimiro, pero protesta el desembolso furioso, como si le hubieran hecho un corte de pastelillo mal dado en el Expreso. Las cosas están malas.
La maestra en la escuela de riquitos recibe una miseria por paga, pero es mejor recibirla que someterse a la incompetencia absoluta del Departamento de Poca Educación. Y justo esta semana, cuando van a empezar las clases, le piden que le haga acomodo razonable al hijito de yo no sé qué ricachón, que no va a asistir durante las próximas dos semanas a clase. Ella recuerda al nene, es el comemierdita que se pone a hablar de viajes a medio mundo, y cuando ella lo regaña, él le espeta: “…y en el yate, que usted, misis, jamás tendrá oportunidad de tener…” Y el acomodo razonable es porque los pais del nene se llevaron la familia a Las Vegas a aprovechar su “time share” antes que lo vendan, porque luego de haberse gastado una fortuna en él, no lo han podido usar. Por tanto, el nene se va a ir dos semanas para allá, cosa de quemar los últimos cartuchos. Las cosas están malas.
Los empleados en la consultora llevan dos meses sin cobrar. Su jefe, el consultor, anda con el cuchillo en la boca, buscando cuanto bautizo de muñeca hagan los alcaldes de su color para él pagar el entretenimiento. Fiestas patronales, ferias de artesanías, festivales de frutas o vegetales oriundos de la región… tiene el Rolodex pimpo de teléfonos de payasos, casas de brinco, máquinas de palomitas de maíz y algodón de azúcar. La zafra no es mayor por culpa de la Ley Electoral, por lo que de rendir sus servicios profesionales como consultor ahora está de intermediario de promotores de espectáculos. Hay que pagar el BMW, la cuota de mantenimiento de la urbanización de acceso restringido, y la casa… y por segunda vez, el doño toma la nómina del trabajo para pagar sus gastos personales, así como para pagar cinco libretitas de rifas, una por cada candidato del partido al que le debe una vela. La esperanza es de recobrar toda esa inversión con creces a partir de enero, cuando la nueva administración tome posesión. Pero por juntarse a los caballos del color incorrecto, las cosas están malas.
El gerente de proyectos, rescatado por sus panas luego del escándalo de corrupción del cual salió absuelto, ve que quienes lo rescataron por fin pueden darse un lavado de cara luego de las elecciones. En tiempos del juicio nadie quería ser su amigo, pero él tenía –y tiene- algo que sus salvadores no tienen: contactos por montones. Él no podrá dar el frente ante la agencia que por poco lo mete preso, pero sus amigos lo pueden subcontratar. Al ser empleado por sus amiguitos se da cuenta de que el don que tiene poder decisional sobre sus contratos tiene a un bambalán a punto de graduarse de universidad, y en la propia agencia, la que le aprueba su trabajo tiene otro mandulete que no encuentra trabajo en ninguna parte. Y es hora de mover cielo y tierra en la compañía, con tal de que los contraten a los dos en uno de los proyectitos que él está manejando. Y si el contratar a los dos bambalanes asegura contratos para el próximo cuatrienio, así ambos chamaquitos substituyan a padres de familia con bastante experiencia en ambos puestos mientras ellos no tengan ninguna, que para bien sea, porque con eso se reducen salarios, y por ende, se reducen costos. Porque las cosas están malas
Y el constructor de casas de más de $400 mil, agallao porque los ambientalistas (y un coquicito) no le dejaron dinamitar un enorme cerro de basalto que le hubiera permitido construir diez casas más, y luego más agallao porque peló el resto del monte como centella y las casas no se venden, ve que sus congéneres le lloran al gobierno con tal de que los saque del hoyo. Ve que nuestro gobierno fiambrera se esmanda a repartir incentivos para casas nuevas, y le infla $25 mil a las suyas antes de registrarlas con DACO, para luego rebajarle más de $50 mil al precio de venta, a ver si las ventas se mueven. Al menos ahora hay garantía para tener $25 mil de ganancia, cortesía de los impuestos que nos cobran (¡Marrayo parta el IVU!) Porque las cosas están malas.
Y el juez que se ha chupado once años de casos cantándolas como las ve ahora tiene que buscar a ver si nuestros legislabrutos lo retienen en su puesto confirmando su renominación. ¿Promoverlo al Tribunal Apelativo? Ni pensarlo, ejercer la justicia bien en este país pisa demasiados callos. La semana pasada él tuvo que observar cómo la parte demandada en un caso le llevó a sala a un exjuez del Supremo, a ver si él se intimidaba. Consuelo le dio que el exjuez por poco se pone a roncar en plena sala. Pero ahora, hay que dejar pasar los casitos mongos con carga política. O llamar a los panas del legislabruto más maleable de todo el bonche, a ver si la renominación pasa. Porque las cosas están malas.
Y todas estas historias están basadas en hechos reales. Y Fiquito quería ponerle de nombre a la columna de esta semana “Las cosas están malas”, pero entonces vino el Shopper de Guaynabo City y se le ocurrió poner de título en portada la barrabasada que vemos como título de ésta. Justo a horas de que la decisión del Tribunal Supremo sobre Paseo Caribe les diera luz verde a los “carpetbaggers” que vienen a Puerto Rico a hacer lo que les da la gana, a desmontar lo que quede de playa o monte en este país aduciendo a no sé qué ley de la Corona Española de los mil cuchucientos. En mi poco humilde opinión, había que buscar la forma de darle la pasadita de mano a la gente, para que todo aquél que se tuviera que chupar una decisión injusta de parte de ARPE, o todo el que tiene miedo de que al país lo acaben de arrasar, sintiera alivio instantáneo, seguridad y plena confianza, como si se tratara de un anuncio de toallas sanitarias o antiácido.
Pues bien, mis queridos lectores, ahí tienen la columna con un estratégico cambio de título. “Aromaterapia con olor a melón,” como dicen las lumbreras de este país. Vamos a pasarles la manita a los que quieren titulares lindos y buenas noticias en este país. Total, las cosas están malas...
* Fiquito Yunqué es el pseudónimo de un músico, escritor y loco, oriundo y residente de Mayagüez. Sus opiniones son las suyas propias. O eso él dice.
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