“Un fantasma recorre Europa; el fantasma del comunismo”. Con esta frase lapidaria y profética, Carlos Marx y Federico Engels estremecieron la conciencia y el panorama político de Europa y el mundo tras la publicación en 1848 –este año se cumplen 160 años– del Manifiesto Comunista. Lejos estaban ellos de anticipar las consecuencias extraordinarias que sus palabras tendrían para la historia de la humanidad durante el siglo XX.
Marx y Engels, observadores minuciosos de la evolución del pensamiento y de la historia, unieron ambas corrientes en un modelo que proponía erradicar el incipiente orden capitalista de entonces para sustituirlo por un nuevo orden socialista. Consideraban al capitalismo intrínsecamente injusto contra los trabajadores quienes, a pesar de ser los reproductores del capital mediante su trabajo, no eran sus propietarios, por lo que estaban destinados a vivir de un salario, con una existencia empobrecida y carentes de oportunidades para su desarrollo integral. El capital, por su parte, se perpetuaba como propiedad de unos pocos que cada vez se enriquecían más a costa del esfuerzo de los trabajadores. Éste era un orden, decían, perversamente dirigido a perpetuar dicha injusticia histórica y sólo una revolución que convirtiese a los trabajadores en dueños del capital la corregiría.
La contradicción entre el capital y el trabajo, nombrada por Marx y Engels como “lucha de clases”, fue el motor que impulsó los grandes cambios de la humanidad durante el siglo XX, desembocando en la división de los países del mundo en dos grandes polos: el capitalista, encabezado por Estados Unidos y el socialista, encabezado por la Unión Soviética. El resto, ya lo conocemos y la comparación no es bonita ni justa. El capitalismo se impuso con su dominio arrollador sobre la tecnología y la fuerza aplastante de sus conglomerados militares, industriales, comerciales, y mediáticos. Después de todo, reproducirse exponencial e infinitamente es el único objetivo del capital, mientras no se tropiece de frente con algún obstáculo grande que le desacelere el paso.
Por eso, me parecen hipócritas y, cuando menos ingenuos, aquellos que se lamentan del estado actual de cosas en el mundo –del hambre que consume a más de la mitad de la humanidad; de la depredación y abuso de los recursos naturales de los países en aras de la codicia; de la desmedida acumulación de la riqueza en manos de unos pocos; de la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres; del precio disparado del petróleo; de las recesiones económicas que implican desempleo, aumento en el costo de vida, estrechez y empobrecimiento para los trabajadores– pero no señalan por su nombre al capitalismo desenfrenado como el principal responsable de todos estos males.
En su más reciente columna de opinión, publicada en la Revista Domingo de El Nuevo Día, el escritor mexicano Carlos Fuentes analiza la situación actual en Europa, a partir del nuevo reordenamiento ocurrido tras la caída de la Unión Soviética y la llegada de nuevos países a la Unión Europea. El escritor, que hacía algún tiempo no iba al viejo continente, se confiesa anonadado por lo que encontró en su más reciente viaje. La Europa que él pensaba fortalecida y en franca pujanza económica tras el fin de la Guerra Fría, parece abrumada por el peso de lo que él llama sus “desafíos internos”:
la restricción al movimiento de la gente que impone el alza en el precio de la gasolina; el aumento enorme al precio de los alimentos; el descenso en valor de viviendas y otras propiedades; la corriente migratoria desde África y otros países europeos menos desarrollados, con sus tensiones y fricciones; la merma en el empleo, el crecimiento económico y la competitividad en dichos países. No obstante, apunta que los intereses bancarios siguen subiendo, agudizando la crisis financiera ante “el espectro lívido de la inflación”.
Aunque considero atinada su descripción de los problemas actuales que confronta Europa, su visión de las causas para dichos problemas se queda corta. “Creo que el problema son los problemas y en el mundo globalizado lo que sucede en Europa se repite, en grados mayores o menores, en otras partes”, concluye la explicación genérica que ofrece el escritor sin cuestionar lo que, a mi juicio, es la confirmación evidente de que la llamada globalización económica, junto a la forma de gobierno neoliberal, han sido cómplices de la actuación más criminal jamás perpetrada por el gran capital contra la inmensa mayoría de la humanidad.
Esta realidad nos trae de vuelta a la gran contradicción entre capital y trabajo de la que hablaban Marx y Engels, contradicción que sigue “vivita y coleando” porque su existencia no es un espejismo, ni un capricho, ni un cliché, sino el resultado de las leyes inexorables de la dialéctica y de la historia.
No debe quedarle duda a nadie de que en el seno de la propia crisis actual que consume al mundo, ya se está incubando la nueva sociedad que hará frente a este capitalismo salvaje y depredador que amenaza la propia existencia del planeta. ¿Y cuál será el modelo de esa nueva sociedad? No lo sabemos a ciencia cierta, pero ya podemos vislumbrar algunas de sus luces en los países del Sur, donde parecen estarse dando ahora las condiciones para iniciar un nuevo camino. Sí sabemos que nuestros líderes del futuro tendrán ante sí un gran reto. Tendrán que aprender de los errores del pasado y combatir el anquilosamiento económico, la burocracia exagerada y la falta de espacios de participación civil que se convirtieron en factores y excusas para el colapso del socialismo del siglo XX. Tendrán que ser flexibles y crear un modelo que sirva tanto para sacarnos del estancamiento actual como para organizar sociedades eficientes, productivas, con economías sociales y prácticas civiles verdaderamente democráticas.
Los signos actuales indican que el mundo no aguanta más y se prepara para una nueva y urgente transformación. Ante eso, vuelve por sus fueros el viejo Marx a sacudirnos del marasmo y a invitarnos a aprender de las contradicciones.
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