Cita Histórica


Puerto Rico •  2 al 8 de julio de 2009

 

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La historia según Salman Rushdie: La encantatriz de Florencia/The Enchantress of Florence PDF Imprimir E-Mail
Reseña
Nalini Natarajan /Especial para En Rojo   

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Si en Los niños de la medianoche (Midnight’s Children) (1980) Salman Rushdie supo diseñar una trama y un discurso capaz de captar, increíblemente, tanto la  complejidad de la historia, así como la heterogeneidad, el multilingüismo y la hibridez de la India del siglo veinte, con La encantatriz de Florencia se ha propuesto un reto aún mayor. En esta nueva novela  intenta absorber un mundo medieval entero, el de la India Mughal y el de la Italia del Renacimiento, junto con la Inglaterra de los Tudores, Afganistán, Turquía y Persia redondeando el panorama. Ni tan siquiera se quedan fuera el Caribe y las Américas, pues la historia comienza, de hecho,  en el Caribe.  Aunque su mapa fundamental se centra en Eurasia y se detiene justo antes de llegar a las Américas, el Caribe no obstante termina circunscribiendo el relato. La historia comienza en un barco  escocés “que piratea el oro americano de los españoles en el mar Caribe” (15) y acaba cuando los personajes principales huyen de Europa hacia las colonias de Española y Cuba.

En el centro de este  impresionante relato se encuentra la hermana imaginaria del emperador Babur, La Encantatriz de Florencia, un personaje imaginado por Rushdie  y desconocido para la historia.  Babur fue el Mughal que conquistó Industán (India) en la primera batalla de Panipat, (1526) al mismo tiempo que perdía su patrimonio de Samarkand en Afganistán. Muchas de las figuras más famosas de esos tiempos pululan por las páginas de la novela: (de este a oeste) Americo Vespucci, Los Medici de Florencia, Machiavello, Vlad el Impalador (mejor conocido como el conde Drácula), el Sha Ismael de Persia. En el centro de todo este escenario se encuentra el nieto de Babur, Akbar, el Gran Mughal. Vive rodeado de sus esposas, algunas reales y otras imaginarias, así como de las Nueve Gemas de la Corte (de las cuales las más famosas eran el gran ingenio Hindú Birbal, la sabia Abu Fazl y la talentosa músico Tansen). Según se va desarrollando la historia, Akbar y su corte se remontan por dos generaciones hasta llegar a Qara Koz, la belleza de ojos negros afgana cuya serie de amantes la lleva desde su patria hasta Italia, desde donde seguirá buscando mundos nuevos para seducir.  El narrador de este relato es un visitante “de cabellos amarillos” a la corte de Akbar, un hombre que tenía el don de soñar en siete lenguas distintas.

Dos ciudades legendarias dominan la historia: Fatepuhr Sikri, la capital de Akbar, cerca de Agra, una bella ciudad de piedra caliza construida junto a un lago, y la capital del Renacimiento justo después de Savonarolla, Florencia. Ambas han sido meticulosa y vívidamente recreadas, sus cortesanas, su arquitectura, sus intrigas y sus feudos sangrientos. Rushdie se las ingenia para describir cada una con un gran sentido del contraste, sin perder de vista que ambas forman parte de un mismo mundo.  De cierta manera, cada una de las cortes está balanceada a partir de la otra: la Navratna de las Nueve Gemas (que Rushdie por un error, quizás voluntario, confunde con la ciudad de las nueve estrellas) de la corte de Akbar  con los grandes de Florencia; las terrazas de piedra caliza de Fatepuhr Sikri con los edificios de piedra del Palacio Vecchio; el pintor hindú Dashawant con el pintor italiano Andrea del Sarto; Birbal, la benevolente consejera imperial con Nicolas Macchiavello;  el lago de Sikri con el río Arno, y a través de todo ello las intrigas imperiales, los lujos y las peripecias del poder en ambos espacios.

Lo que podría exacerbar, y también fascinar, al lector, es el tono peculiar del narrador, que comparte con los otros narradores de las novelas de Rushdie. Estamos ante la voz narrativa típica de Rushdie, patentemente traviesa y pícara, sin por ello dejar de ser crédula; fascinada con sus personajes, aun cuando los trate con cierta distancia irónica, hasta en aquellos casos en que éstos hablan por sí mismos. Las repeticiones podrían llegar a irritar. Como en sus otras novelas, los epítetos tan de su predilección podrían llegar a ser cansones, como “el palacio de la memoria”, “el esqueleto”, o “el mentiroso de cabellos amarillos”, Mogol dellAmore, el joven turista de visita en Sikri. A diferencia del narrador omnisciente, aunque imperfecto, de Los niños de la medianoche, en esta novela abundan las voces narrativas: emperadores, cortesanas, concubinas, esclavos. Como en Los niños de la medianoche, aquí también se usa el recurso del relato dentro del relato, evocador del Pancha Tantra en la tradición hindú.

Como en sus primeras novelas, la actitud lúdica del narrador  complica, pero nunca cancela la posibilidad de la crítica social. Esta narrativa se ocupa sobre todo de la elite: los nobles, reyes, y generales, pero encontramos también caracterizaciones extravagantes de prostitutas y cortesanas, tanto en Fatepur Sikri como en Florencia. Su fascinante retrato del proceso de islamización u otomanización de los “janisarios” (prisioneros de guerra cautivos de los turcos, incluso algunos europeos, de los cuales el héroe es un ejemplo) le recuerda al lector en qué medida la hibridez racial es uno de los efectos importantes de la guerra (soldados inmigrantes, esclavos capturados que terminan mezclándose con las poblaciones locales de todas partes) y de su influencia como configuradora del mundo moderno. La caída de Constantinopla, por ejemplo, es uno de los acontecimientos históricos que la novela textualiza.

Hay caracterizaciones de gran aliento vital, y otras que no nos llegan a convencer, sobre todo cuando el lector detecta detrás de ellas el juego narrativo del autor. Un buen ejemplo de una caracterización al mismo tiempo vívida e interesada es la del mismo Akbar. Su grandeza visionaria (tan manifiesta en su religión sincrética, Din-i-Ilahi-) sólo llega a sugerirse, rayando apenas la trivialización. El lado que se nos muestra constantemente es el del monarca de las fantasías, enamorado de una mujer imaginaria, su reina, Johda Bai (la existencia histórica de este personaje es disputada por Rushdie). La Encantatriz de Florencia que le da el título a la novela,  Qara Koz, cuya belleza ejerce un influjo tan intenso para el narrador, no llega realmente a cuajarse como personaje, persistiendo a través de la narración como un enigma hasta el final. A lo mejor se trata de una decisión deliberada.

Al final, a medida que Europa la defrauda, y que van surgiendo mapas nuevos, los lugares americanos empiezan a obrar un efecto encantatorio en Qara Koz, la encantatriz: “Valparaíso…Tenochtitlán…Puerto Rico…Jamaica…Cuba…Panamá”(333). Tanto ella como su compañía huyen de Europa y “hacia las colonias de Española y Cuba cuando la encantatriz “encanta y le da vida al mismísimo Middle Passage” (334), donde un mundo que se ensancha hacia el Sur y otro hacia el norte poco a poco se van domesticando…” Además, añade el narrador, “también se explota el oro”.” (338)

Para concluir, este libro es un verdadero festín histórico, si uno está dispuesto a montarse en la alfombra mágica que el autor nos ofrece para sobrevolar su mundo. El placer del texto, así como las posibilidades históricas adheridas a ese placer, compensan por mucho cualquier tropiezo que se tenga tratando de averiguar desde dónde habla, realmente, Salman Rushdie. Esta lectora en particular encuentra posibilidades transformadoras para cualquier lector monolingüe o monocultural que se deje seducir por semejante imaginación cosmopolita.

La autora es profesora de Inglés, Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.
Traducción por Rubén Ríos Avila.

 
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