Si hay un grupo que ahora mismo está bien desacreditado ante la opinión pública mundial, esos son los banqueros. En Estados Unidos, son motivo de escarnio en los medios de comunicación y mirados con hostilidad por amplios sectores de la población. En muchos círculos, se les culpa del desplome en los mercados financieros internacionales y de la crisis actual que sacude al capitalismo, por sus prácticas de dudosa efectividad, matizadas por la incompetencia, la dejadez y la codicia. En Puerto Rico, las malas noticias bancarias han sido la orden del día durante los pasados años, jamaqueando los cimientos de muchas de las instituciones financieras del País, entre ellas, algunas de muy larga historia y tradición. Sin embargo, eso no ha sido obstáculo para que nuestro flamante gobernador electo, Luis Fortuño, haya nombrado entre el grupo de trabajo que le asesorará sobre el rumbo fiscal y financiero de Puerto Rico, a varios banqueros prominentes, entre otros representantes de la élite empresarial del País.
Con estos nombramientos, rapidito hemos comenzado a constatar para quienes trabaja Fortuño. Y se trata exactamente de la misma gente con quienes trabó una relación estrecha desde los tiempos nefastos de “los empresarios con Rosselló”. Si el Gobernador Electo quisiera de verdad encaminar el rumbo del País para beneficio de todos, su gestión inicial hubiese sido diferente. Habría incluido en su convocatoria a economistas de todas las tendencias, a miembros de la inteligencia académica, a los sindicatos y líderes comunitarios, pues mejorar las finanzas de Puerto Rico sin contar con el capital intelectual ni con los trabajadores, que son quienes crean el capital económico, no es una buena idea. Tampoco lo es dejar fuera a los pequeños y medianos empresarios que tanta falta hacen para desarrollar nuevas iniciativas industriales, comerciales y de servicios, y mucho menos lo es ignorar a los cooperativistas que, con activos de casi $9 billones de dólares y una liquidez envidiable, también pueden hacer mucho más por el crecimiento económico y la restauración social de Puerto Rico. Claro, en el mundo de Fortuño no se puede hablar de desarrollar una economía social porque los veinte dedos de las manos y los pies no son suficientes para contar sus amarras con los grandes intereses. Así consta claramente en el pliego de promesas sobre las que basó su campaña y ya, con este primer paso, empieza a verse el comienzo de una nueva era de privatización y despojo de los haberes del pueblo.
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