Comentábamos el otro día que el gobierno que ha empezado a armar Barack Obama, a juzgar por el primer grupo de nombramientos, se ha caracterizado por el reciclaje de funcionarios de la era de Bill Clinton. Esa tendencia se afianza aún más ahora con la llegada de los propios Clintons en la persona de Hillary como secretaria del Departamento de Estado, entidad responsable de dirigir las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo. Aún cuando al momento en que escribimos este artículo el nombramiento no es oficial, ya los principales medios de prensa lo dan por seguro.
Ante la llegada de la señora Clinton como máxima responsable de la diplomacia estadounidense, la pregunta que se impone es si la nueva funcionaria estará repitiendo la política exterior que se practicó entre 1993 y 2000, cuando su esposo fue Presidente, o si será distinta, con el sabor de cambio que muchos esperaban de Obama. A juzgar por sus expresiones durante las primarias, los enfoques de la nueva jefa de la diplomacia son casi un calco de los que puso en práctica su esposo.
Es lógico esperar, no obstante, que la política a implantar será algo distinta a la que implantaron el binomio Bush – Cheney. No faltaba más. Ésa se distinguió por el unilateralismo descarnado, las guerras “preventivas” (eufemismo para agresión) y la prepotencia. En su campaña electoral, Obama criticó esos enfoques y la ola de alegría que su victoria provocó en Europa y Asia, fue precisamente porque es visto como la antítesis de Bush, y no sólo por el color de su piel.
Pero el nombramiento de Hillary Clinton confirma que los cambios no serán significativos. Ése es el enfoque que se veía venir una vez se ubicó a Madeline Albright, ex secretaria de Estado de Clinton, como una de las principales asesoras de Obama en política exterior.
Para definir aquella vieja política sólo tenemos que recordar dos nombres: los Balcanes y la ley Helms – Burton. El primero de ellos evoca la sangrienta intervención en la agitada región, que incluyó un descarnado bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia y, más tarde, el patrocinio a la secesión de Kosovo. La intervención en los Balcanes fue al estilo de tantas otras, de las que traen consigo una enorme cuota de sangre. Nunca fue una misión de paz, sino de pura guerra. La ley Helms – Burton, por su parte, se diseñó para llevar a un nuevo nivel –mucho más brutal e insensible– el bloqueo económico y cultural contra Cuba. Fue redactada y promovida por dos de las figuras más reaccionarias del Congreso, Jesse Helms y Dan Burton, ambos Republicanos, quienes a su vez actuaban como portavoces del sector más violento y maquinador del llamado exilio cubano, la Fundación Cubano Americana.
Esta ley, firmada por el presidente Clinton el 12 de marzo de 1996, pretendió arrastrar por la fuerza a otros países hacia el bloqueo contra Cuba, amenazando con sanciones a toda empresa extranjera que comerciara con ella. Muchas de esas empresas se vieron obligadas a escoger entre comerciar con Cuba o con los estadounidenses. De esa manera el bloqueo se extendió hacia otros países pretendiendo aislar aún más a la Antilla Mayor y golpear a su población. Si el intento de aislar económicamente al pueblo cubano fue desde un principio un acto criminal –y no olvidemos que lo inició otra administración Demócrata, la de Kennedy– la ley Helms - Burton llevó su maldad a un nivel muy superior.
Alguien me advertirá, con razón, que Obama durante su campaña no prometió terminar con el bloqueo hacia Cuba. Todo lo contrario, durante un acto en Florida lo favoreció. Pero sí habló con insistencia de la necesidad de cambiar y desechar políticas fracasadas y no hay duda que la implantada durante 46 años contra Cuba es la primera de ese grupo. El más elemental sentido común debiera obligarlos a reconocer que el cerco belicoso nunca ha logrado vencer a Cuba, aunque sí le ha causado daños muy grandes a su pueblo. Tal vez se den cuenta de que la política de “amistad reservada” que tienen con China y Vietnam es la misma que debieran ensayar con los cubanos. Porque en última instancia, las alteraciones, si algunas, que deben hacerse a su sistema político y económico, es algo que sólo les compete a los cubanos. Me parece que más de 45 años debieran ser suficientes para reconocer que no los pueden hacer cambiar a la fuerza.
Ojalá que Hillary Clinton, desde la administración de Obama, por fin reconozca lo que su marido, pendiente de las contribuciones económicas que siempre le hizo la Fundación Cubano Americana, nunca quiso reconocer: que el bloqueo es un acto criminal que, además, fracasó como táctica desestabilizadora. La experiencia nos dice, no obstante, que si ocurre algún cambio no será por su iniciativa, sino tal vez a pesar de ella.
Lo que seguramente cambiará en Estados Unidos es la torpe política exterior de Bush que llevó a ese país a mantener relaciones frías y hasta hostiles con países que habían sido sus aliados, como varios de la Unión Europea y la Rusia post soviética. Con esta última el ambiente de los últimos meses se parece más a la Guerra Fría que a la era sobrevenida luego de la desaparición de la URSS. La administración de Obama necesita reconstruir esas alianzas, sobre todo ahora cuando el fracaso de Irak y la actual crisis económica ha hecho a Estados Unidos más débil y vulnerable. En ese esfuerzo la señora Clinton, por su popularidad, será una figura muy importante.
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