La historia está mal contada: ¿Qué dicen las estatuas?

 

En Rojo

0.Entonces derribaron la estatua de Juan Ponce de León en la madrugada del 24 de enero. El contexto del día: la llegada del Rey de España esa misma tarde. Una provocación. Aclaremos. Una provocación tener un símbolo de respeto y admiración por un colonizador esclavista en una colonia. Una provocación derribar la estatua. El resultado, una discusión sobre los símbolos. Entre las muchas y rápidas réplicas noto una mezcla de gesto iconoclasta y rescate del pasado aborigen. Reescribir la historia.

La palabra iconoclasta viene del griego. Literalmente: rompedor de imágenes. El iconoclasta es enemigo de dar culto a las imágenes sagradas. Algo así como una secta del siglo VIII en el contexto de la cristiandad. Pero estamos en el siglo XXI. El gesto, la performance de erigir o derribar efigies es un hecho cultural. Hacerlas y destruirlas. Hacer y destruir símbolos. Sí, volver a escribir la historia. Sin embargo, también -en eso de escribir lo que sucede- está la prensa corporativa. Acostumbrada esta industria a la respuesta rápida, desde la vaqueta, alguna de sus estrellas pide una distinción entre el vándalo y el iconoclasta. Los escucho y me río: usted lo que quiere es que uno defienda la historia colonial y no tener que buscar en el diccionario la palabra iconoclasta. Como dicen en Castilla: not gonna happen.

  1. La afirmación “tumbar una estatua no cambia la historia” es falsa. Cambia el modo de narrarla. Se añade un nuevo dato, una voz que contradice la narración usual. A fin de cuentas, hace tiempo sabemos que las narraciones históricas son cambiantes y provisionales. Se suprimen o se subordinan datos en el proceso de contarla. Con el tiempo aparecen datos, documentos, testigos, y nuevos paradigmas de entender los procesos. De modo que sí, tumbar estatuas -o colocarlas en un pedestal- puede prestarse para discutir cambios a los modos de narrar la historia.

Digamos que tengo una idea particular sobre el asunto de las efigies que forman una trama simbólica para las que se usan los aparatos ideológicos del estado: la estatua de Ponce de León, como las de Colón, o las de los presidentes de Estados Unidos que hay en la Isla son adefesios antropomorfos de una ideología que los sostiene y los anima como una cábala: el colonialismo. El colonialismo es una cruel técnica de ensamblaje que forma monstruos y su motor es el capitalismo. El estado colonial es un Frankenstein con complejo de zombi.

Entonces, decíamos, derriban la escultura de Juan Ponce de León y Figueroa, adelantado, conquistador, explorador, primer gobernador de Puerto Rico, descubridor de La Florida, genocida y caen también los relatos sobre ese personaje. La prensa corporativa lo llama explorador. Así. A secas. Como un Boy Scout of Spain. Uno puede, a partir de documentos como capitulaciones, crear otro relato más complejo y más cruel, de un conquistador que viene a buscar oro, que tiene esclavos, que organiza matanzas para llevar a cabo aquella empresa a la que vino a estas hermosas playas.

La estatua en sí misma tiene su historia. Dicen que esta escultura se realizó con el metal fundido de cañones ingleses capturados en la fallida invasión de 1797. La Isla fue defendida por negros de Cangrejos y Loíza junto a criollos. Si esto es así, ¿debería conservarse con esa narrativa? Imagínenla así, en el suelo y en pedazos. Como el relato de un largo camino de resistencia. Por supuesto, eso que propongo no puede ocurrir en nuestra sociedad en este momento. El debate apenas se inició un lunes en la madrugada y al arrebol de la tarde, ya el municipio de San Juan y su castizo alcalde han ordenado colocar los restos de los cañones ingleses sobre un pedestal. No sé si algún día cercano este gesto de renovar la historia, siempre contingente, provisional, resulte en mover la estatua y colocar en su lugar otro símbolo. ¿Campeche? ¿Cordero? ¿Tapia? ¿Anacaona? ¿Agüeybaná?

  1. Documento: comunicado: el grupo Fuerzas Libertarias De Borikén se responsabilizó del acto iconoclasta:”Ante la visita del Rey de España, Felipe VI a Puerto Rico y la escalada de invasores Gringos apoderándose de nuestras tierras queremos enviar un mensaje claro: Ni reyes, ni gringos invasores; Borikén es nuestro”. Para los redactores del comunicado Juan Ponce de León “representa lo peor”. El grupo quiere colocar a los taínos como protagonistas de la narración. No es un relato de víctimas. Es un relato de resistencia en la que los conquistadores son los adversarios, los antagónicos. “La historia no se ha contado bien”, argumentan. Y es un buen argumento. No solo es que los relatos históricos son dinámicos, cambiantes, es que hay evidencia de esa resistencia. Además, se enriquece el relato con una perspectiva contemporánea. “Exigimos que se derogue la ley 22 (60) de forma inmediata y que cancelen todas las actividades relacionadas a los supuestos 500 años de historia de San Juan. Queremos que los boricuas empiecen a conocer la verdadera historia y que todas las estatuas de Colón, Juan Ponce De León y otros tiranos sean removidas”. Entonces, parecería que se insiste en un largo relato de resistencia más que en un relato de conquista y colonización. ¿Se convertirá esto en una conversación sobre qué símbolos debemos respetar? ¿Podremos revisar nuestros modos de contar? Ojalá.

Otro documento: la página electrónica de las Fuerzas Libertarias de Borikén. Sí. En IG. Para algunos se trata de una mezcla ideológica problemática. ¿Eso también será una oportunidad de revisar nuestros discursos, nuestros modos de interpretar la realidad, nuestra capacidad de afinar las teorías y las prácticas? Me gusta esta palabra: ojalá.

  1. Epílogo con intención de exordio: como nos afirma el amigo historiador Mario Cancel Sepúlveda, “no es la primera vez que se atenta contra el bronce. Tampoco será la última. Un buen tema para una discusión cultural seria y profunda”. El brillante académico nos recuerda un artículo de hace un lustro, publicado por El Adoquín con la firma de Daniel del Valle. En ella se reseña lo siguiente: dos años después de venderse las instalaciones de El Club Caborrojeño en Guaynabo a la compañía Levitt Homes, un investigador se percata de que la escultura de Ramón Emeterio Betances que adornaba el lugar había sido robada. El autor de la obra, el Maestro Buscaglia, condenó el crimen. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Interesante que en el caso del robo de la efigie de Betances, la policía investigó. Dieron con quienes la “sustrajeron” del lugar para vender el metal pero nunca se formularon cargos de ningún tipo.

Cancel-Sepúlveda también no señala que “los restos simbólicos de Ruiz Belvis en Hormigueros han sido objeto de actos agresivos en 1962 y después de 2005. El signo potencialmente colectivo se convierte en “balón político” con facilidad”.

Nos hacemos eco del amigo historiador. Es lo que hemos escuchado de muchas y muchos: buen tema para una discusión profunda. Buen momento para revisar Yerbabruja, el poemario de Juan Antonio Corretjer. Buen momento para volver a contarnos.

 

 

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