En Rojo
Claro de Luna llegó a la glorieta junto a su compañero alazán. Taconeaba sus pezuñas sobre el asfalto recién compactado, asomando sus belfos bajo el palo de mangó desde donde yo lo miraba. Era un rocín más simpático que su amigo, y ambos eran machos puesto que pude responder la llamada que colgaba de sus celulares.
Agarré un mangó y se lo ofrendé a Claro de Luna. Despepitó la pulpa del fruto con aquellos dientes amarillos, percudidos de cáscaras y céspedes viejos. Supuse que nos hicimos amigos. Amigos especiales cuando me dejó acariciarle la jeta. Cuando sus hebras emplegostadas me parecieron, a la lumbre del sol vespertino, dignas de llamarse bellas.
Abajo, en la rada opalina, las lanchas zarpaban y venían de la isla grande. Surcando la mar con estelas de espuma y salpicaduras de coral desteñido. Ni un solo río desemboca en la orilla, ni una sola gota de lluvia se atreve a manchar el agua. Atrás, como persianas viejas, la tierra desfila sus yunques y mesetas de acero. Una brisa lo recogía todo y peinaba a Claro de Luna mientras manducaba mangó. Pude oler todo cuanto digo.
Pero el truco estaba en el alazán. Jamás entró a la sombra del mangó, y nos amedrentaba con sus ancas mientras miraba de reojo. Vigilaba los carros y los sonidos, siempre distante de mi encuentro con Claro de Luna. Hasta que llegó un grupo de turistas con fundas y mochilas abultadas con botanas. Entonces se viró, taconeó sus patas de solípedo hasta el amigo, le mordisqueó la oreja, y lo arrastró con fuerza invisible adonde el grupo. Y escuché, desde la misma glorieta, el masticar de algo como unas papitas de bolsa. Ninguno le miró el colmillo al caballoballo regala’o.








