Especial para En Rojo
“‘Cuando los dedos de arena deshacen,
la dureza de la piedra solo es memoria del gesto inacabado”.
José Saramago
Estoy bien, en calma mientras el sol imponente se planta en occidente a la altura de los palmares de Isla verde y Cangrejos. Son las siete de la mañana camino hacia la playa, busco un muro estratégico para observar. Me siento disparo la mirada, a la izquierda un grupo de turistas que aún festejan la trasnochada con cervezas, nachos y mariguana. Son turistas de sol y playa. Por ese lado también camina un turista con barbas blancas. En su iPhone hace dos funciones: graba el momento mientras habla con alguien de Nueva York. No se enteran de antiguos caseríos, ni de los actuales problemas que anuncian miseria. Lo más que le interesa es la toalla tendida al sol. No es importante para ellos el punto poético de ver estos paisajes costeros. Creo que este sitio se disfruta con una mayor sensibilidad poética para que el mundo del presente se haga más tolerable. Cuando las dudas se disipan aparece la melancolía, aparecen paisanos interesados en contar historias humanas de Puerto Rico, es decir, historias concebibles de un barrio legendario que llamaban Cangrejos.
La resaca durante la noche ha sido brutal. La erosión endiablada se ha comido la playa de Ocean Park. El oleaje se acerca más a la calle, la cubre de arena, la corriente de la resaca llega al parque y al estacionamiento. ¿Cómo se explica este fenómeno? Es preocupante. Cada año es más fuerte la excavación de la ola en la costa. La fuerte marejada desentierra metales, troncos de palmeras muertas, muros pesados, pilares de un desaparecido puerto, vigas de residencias y restaurantes. Es impresionante que un lejano paisaje playero quede al descubierto. El conflicto entre el mar y las construcciones urbanas pone al descubierto artefactos del pasado no muy lejano. Sin duda, son vestigios de Cangrejos que salen a flote sin importancia. Esto no es normal, ¿por qué no saltan las alarmas del cambio climático?
Esta indiferencia avanza desde que vengo aquí a reflexionar en solitario, al ritmo de las olas incansables que ya es música para mí el ritmo de las olas incansables que llegan a la orilla. Pero también el rompimiento de la ola se mezcla con mis paisanos que conocen mejor la resaca de Cangrejos. Cada verano se materializa la pérdida de un poco más de playa. El océano Atlántico se nos viene encima y al parecer nadie ni el gobierno mismo, tienen un proyecto o idea para paliar el desastre que se ve venir.
Veo venir cada año la ruina de este hermoso paisaje para esta época estival. Se aproxima el final de un mundo que no fue mío ni tampoco del lector, probablemente. Los paisanos de Cangrejo, Machuchal y Villa Palmera que aún viven salen a ver el final de una época. Los auténticos vecinos vienen aquí caminando en todas direcciones y se detienen con angustia a ver lo poco que queda de la génesis. No hay que darle muchas vueltas a la cabeza, esto se acaba. No hay poder que detenga al océano: las brutales marejadas, los sargazos y el turismo incapaz. Y cómo golpean esos elementos hasta derribar a un vecindario para siempre. Soy de tierra adentro, me quedo patidifuso sin saber qué hacer para evitar el desastre de la memoria de Cangrejos.
Contemplo cada verano el interesantísimo final de la odisea que llevan los descendientes de Cangrejos. La época estival ya no es la misma. ¿Dónde están las vacaciones veraniegas de los paisanos, obreros, empleados públicos o de los escolares? Este fenómeno del cambio climático no ha dicho su última palabra sin duda que no ha trazado aún sus límites. No hay banderas rojas, son playas desprotegidas, la adrenalina del Atlántico es alarmante. Los turistas americanos desconocen los lugares donde tienden toallas y sillas de playa. Desconocen la bachata que resuena con fuerza y gravedad en esta imponderable resaca de Cangrejos.
No acostumbro contemplar a Cangrejos a estas horas de la mañana. Es otro tiempo estival. A estas horas la reflexión no es forzada cuando con frecuencia me encuentro con doña María Ledée y su mascota. Es una cangrejera al cien por cien. Es una noventona que vive con su perrita poodle en el residencial Luis Llorens Torres. Lleva siempre un traje oscuro de algodón ya degradado por los años. Cuando está de buen humor se acuerda de San Mateo de Cangrejos, Villa Palmera, Barrio Obrero y Machuchal. Tenemos la misma costumbre de recordar. Esta mañana tengo la suerte de charlar con ella una vez más.
Llega a Ocean Park en busca de un banco solitario y se sienta a observar la lontananza cuando el mar estaba retirado, muy retirado de la costa. Entonces, Ocean Park era una playa de arenas extensas y blanquecinas que para alcanzar el agua había que cruzar una región de dunas, un bosque de almendros y palmeras, manglares, matas de icacos y uvas playeras. Y se llegaba con alegría. Entonces no eran playas de sol, neveras, sillas, ni sombrillas para turistas sino de anafres, senderos de arenales, marismas, villas de pescadores, cocoteros y nichos de cangrejos.
No es que antes se viviera mejor, quizás sí, pero tengo la sensación de que don María levanta más la vista que nosotros porque su mirada nació aquí, es patrimonio, sus recuerdos fotografían otra realidad climática más generosa. La voz de ella está llena de historias, de escondites y juegos de la geografía costeña muy distinta a la del presente. El padre fue el último pescador de Las Marías. La madre la llevaba a escuchar misa los domingos en la iglesia de San Mateo de Cangrejos. Aún lleva la imagen de la Virgen María colgada al cuello. La besa cuando se despierta. Me encuentro esta mañana estival a doña María caminando por la orilla recogiendo objetos frívolos que devuelve al mar y que sabe que no los iba a conservar.
La madre se llamaba doña Lisa Sampayo y le cantaba canciones de cuna en un lenguaje criollo de San Tomás. En cambio, acompañaba a su padre a pescar en el mar de Cangrejos. Era de la isla de Vieques, municipio situado al este de Puerto Rico. No me contó mucho de su padre, pero debo decirle que se llamaba Juan Ledée. Era un viequense blanco y nacionalista que de Vieques saltó al poblado de Juncos, luego a Caguas hasta finalmente instalarse en Santurce donde conoció a doña Lisa. La señora María, me señala con el dedo índice las rocas donde colocaba las trampas su padre para atrapar langosta mientras lo esperaba en la orilla. Su vida es un legado de una memoria histórica familiar, costera, atlántica, caribeña y cangrejera.
En tanto que mis paseos por la playa me hunden en una confusión azarosa, histórica y poética. Este horizonte que descansa en el infinito también me remite a un destino no muy alejado de asedios británicos y holandeses. Cangrejos fue y sigue siendo costa de desembarcos y ataques rechazados por la población cimarrona. En esta orilla Cristóbal Colón vio una lumbre de leñas y siguió de largo. En esta ruta marítima del norte, entonces, eran los galeones de velas los que acercaban a la isla a la España ibérica y musulmana. Por esa ruta entraron mercancías, esclavos, la Biblia, la guitarra, europeos y canarios. El poeta cagüeño don José Gautier Benítez adoptó esta navegación como un punto poético romántico y nos regaló un hermoso poema “A Puerto Rico” (Regreso de España.)
A Puerto Rico (Fragmento)
¡Patria! jardín de la mar,
la perla de las Antillas,
¡tengo ganas de llorar!
¡tengo ganas de besar
la arena de tus orillas!
El Contemplado de Pedro Salinas es otro poema relevante que sigue el guión poético establecido por José de Gautier Benítez. Es un poema de expresión de amor incondicional al mar y las arenas del Atlántico antillano.
El Contemplado (Fragmento)
¡Si tú has sido para mí,
Desde el día
Que mis ojos te estrenaron
El contemplado, el constante
Contemplado!
Se nota a leguas cómo el horizonte marítimo del norte de la isla ha definido la textura poética de los paisajes del litoral de la Capital, el Condado, Miramar y Cangrejos. Recuerdo poemas mientras María (la tuteo) recuerda boleros de Silvia Rexach, Milta Silva y mucha salsa del sonero mayor Ismael Miranda, Maelo, de Tras Talleres y Barrio Obrero.
A sus noventa y tres añitos, no tiene masa muscular, la cara está enjuta, los hundido sus ojos, no se corta las uñas. Los pómulos están vacíos, se recoge el pelo con una gomita, usa chancletas mete-dedos; no suda, sino que le salen mieles de su piel cimarrona y anda en sus huesos seguida de su perrita la cual recibe regaños cuando quiere orinar en una esquina visitada antes por otro canino. Es callada y reservada, no sabe leer ni escribir. Parece que nunca le hizo falta. Además, es cálida a su manera.
De modo que, todos los días llega a la orilla de la playa para contemplar los paisajes desaparecidos de la juventud. Entonces, no había turismo masivo y llegaba en el trolley de Villa Palmera a Ocean Park. También lo destruyeron, ya no existe. Su padre le contaba que después del 1898, la marina americana construyó cuarteles para la soldadesca invasora. Esos fueron los primeros turistas y nos trataban como si fuéramos un pueblo salvaje. Los americanos secaron la laguna, luego le tiraron capa relleno. Luego se comenzó a vender solares a los extranjeros. Así fue como se fundó este barrio de Ocean Park. Las nuevas calles fueron identificadas con nombres americanos personeros de la invasión. Tales como la avenida Ashford, McLeary, Taft, Washington, McKinley y muchas otras. De modo que los lugareños de toda la vida se convirtieron en carpinteros, albañiles, choferes, estibadores, jardineros y servidumbre. Los barrios de Cangrejos fueron los primeros en ser libres y los primeros también en ser sometidos. A pesar de todo, muchos cangrejeros conservan un rincón en estas orillas que despiertan fascinación y cercanía. Llevan por orgullo que Cangrejos fue el primer lugar de la creación de Loíza, Carolina, el Condado y Santurce.
Donde estoy sentado puedo conversar con María cálidamente. Y mientras la escucho pienso que me hace infeliz ver cómo la playa se va llenando de turistas y gente que desconoce que Cangrejos fue una comunidad antillana, fuerte, cultural y de larga vida. Este lugar no se vive como era. Se ha americanizado. No tomaron en cuenta la continuidad de Cangrejos. Por tanto, la americanización urbana y comercial derrotó al antiguo pueblo que intentó ser una ciudad, pero quedó inconclusa. El hecho es que Cangrejos ha desaparecido y la narrativa de su gente quedó abandonada. María me habla con un nudo en la garganta. La entiendo. Ha perdido su mundo de ayer.
Para ella los meses, días y noches, siempre fueron de época estival. Gracias a su lucidez, y la tenacidad de recordar, María recobra su razón de ser y su pasado, mamá y papá. Sus memorias de gente buena es lo que la retiene aquí en su mundo sobre cemento y asfalto; entre el caserío del poeta Luis Llorens Torres y la orilla de arenas de Ocean Park. Hoy, el mar luce al fondo como un retablo sin columnas, ajeno a mis paisajes de campo y piedras. María conoce los olores del mar: el de la ola, la sal y la arena. Me siento tan pequeño recordando las mañaneras de buena conversación con María.
Esa arena es íntima para María, pero lejana a mí porque mi intimidad está adherida a memorias de una plaza esperando por los campesinos. Llevo los nervios del campesino rural. Entonces, cabe decir que María pervive como «la filosofía que nace del asombro y la contemplación”. El poeta es el villano más libre de la humanidad. Ese carácter me lleva a frecuentar mañana y tarde la resaca que nos trae el Atlántico. Y lo más importante para mí es la tertulia que me regalan los paisanos que aún viven en las marismas de Ocean Park. He conocido tantas historias inacabadas de paisanos como don Esteban Díaz. Es un cangrejero que lleva más de cinco décadas recorriendo arenas con un aparato que detecta metales. Es un buscador de oro desde el litoral del Condado a Isla Verde.
Don Esteban nació en Villa Palmera. El mismo barrio de doña María. Estas arenas, el mar y los cocoteros son un refugio fresco aún para los cangrejeros. En otra ocasión les hablo del buscador de oro que hoy se muere de cáncer. Su tenacidad y ganas de vivir son de piedra sobre piedra. María y Esteban tienen memorias de plomo, saben de dónde vienen, quién eres y hacia dónde vas. Un enjambre de turistas estadounidenses ocupa la playa del último Trolley. Es la alarma de que nuestro encuentro de hoy ha terminado. “¿Qué es eso María?” Y me responde: ”Esos no son de aquí». Nos despedimos, abandonamos la playa con garbo y mucha chispa.








