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¡Hasta la Victoria de la Idea!

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NaciÓN

El Chapulín Enamorado

 

En Rojo

 

—¡Su escudo es un corazón!

 

Lo vi tan pronto entré. Vestía un pantalón corto de tonos claros, unos tenis del mismo color de suela gruesa, calcetines largos y andaba descamisado. Tabla cobriza de admirable tersura. Yo, en cambio, llevaba puesta una camisa polo verde monte, unos mahones-cortos y unos tenis negros. 

Sorbía un trago de vodka con agua de coco desde la barra de afuera. La acera colindaba con el parapeto, de modo que podía ver a los peatones, saludarlos, aspirar la peste a mar que se paseaba por las pencas, los almendros y los uveros. Los hoteles ofrecían, a la vista, decenas de turistas recostados de los balcones. Los veía desde la entrada, y la pista de adentro— al otro lado— estaba abarrotada con hombres turistas. Ebrios descamisados, lúbricos de todo perfil. Me asomé brevemente antes de recibir una andanada de miradas que me dirigió, por no saber qué hacer, a las mesas de afuera.

De pronto, como a quien le cae un balde de hielo en la nuca, se me acercó. Ya me había resignado a que un nene así, rodeado con gente así, no estaba para hablarme una noche como aquella. Pero apareció allí, frente a mí, con ese peinado de champiñón que le sentaba tan bien a esas cejas, a esos ojos de luna escondida, a esas bembas que juraba nacionales, a ese bigote de cantinflas.

—Hola. ¿Estás solo? ¿Cómo te llamas?—- me preguntó mientras daba pasitos de discotequero.

—Hola. Sí. Adrián. ¿Y tú?—

—- Ay, yo me llamo Damián. Adrián, Damián. ¿Viste? Un placer— y se echaba a reír por los acentos agudos que le daban, en cadena, cierta cadencia a nuestros nombres. Sonreí al verle un diente trizado debajo de los labios carnosos. 

—Encantado, Damián—

— Adrián, ¿por qué estás solo? ¿Por qué no viniste con tus amigos?—

— No sé. Digamos que no son muy de estos ambientes—

— Ah, pues no importa. Yo soy tu amigo esta noche. Ven conmigo—

Me llevó, para mi sorpresa, hasta su corillo. Otro puñado de hombres descamisados que se hacían compañía entre cizañas y miradas torvas. Saludé a algunos, y varios nos hicimos los locos como buenos pendejos. Los había visto, mas en mi oro de recuerdos, recuerdo que los olvidé. Le pedí un momento a Damián para pedir otro trago.

—… Tito’s con agua de coco… Mmm… Yo estoy bebiendo Tito’s con agua de soda—, dijo con su vaso crepitando con hielo sin licor.

Entonces, impelido, regresé con otro suyo y otro mío. Algo como un brillo se le salió de los ojos. Y en los abrojos de la jarana, me volvió a regalar, con la fugacidad de una estrella, su mirada de ángel bribón. Ya no sabía qué decir, así que le pregunté por el baño.

Él entró primero puesto que también le hacía falta un momento. En la pared contigua, durante la espera, un espejo reflejaba los celajes pululantes de decenas de hombres. Sombras mudas al acecho. Más de uno me importunó con preguntas insulsas, y no fue hasta que Damián salió de miar— así le dijo—que recordé qué, en el más santo de los carajos, hacía yo metido en aquel antro solo. Una cosa era el trago al margen…

— ¿De dónde eres? Hablas muy lindo para ser de aquí— pregunté por su acento torpe pero intrépido.

— ¡Soy mexicano!— gritó con orgullo. Y todo encajaba. Solamente la tierra de Chespirito, de Derbez, de los elotes y los birrias y las enchiladas y las tortas me podía engatusar así. Solamente el Chapulín, el Chavo, la Chilindrina, el chipote chillón y las micheladas podían engendrar semejante lindura. 

Nos quedamos un rato en la pista oscura antes de salir de nuevo. Él me preguntó si sabía bailar. Contesté que no puesto que me pareció inadecuado— en aquella disco— decirle que solo me sabía los básicos de la salsa. Así que comenzó a mover la tabla cobriza de admirable tersura, y yo tuve que inventarme un chachachá medio trinco. Él parecía no fijarse. Se fijó en que llevaba rato mirándole los labios, cerca suyo, rozando con la mano su cintura, perdido entre los ojos y los labios.

— ¿Qué pasa?— dijo risueño. No contesté. Lanzó una carcajada arriba, bajó la mirada, tentamos varios besos y nos picoteamos con uno. Fui feliz. Noche lograda. Noche de campeón, de bichote, de mascaracachimba que le caen las bendiciones. Carajo. Sé que es ante de mi muerte, ¡pero es que tanta suerte va a matar!

Como no llegó conmigo, se despidió al cabo de unos minutos y partió con sus amigos. No sin antes dejarme, cual Cenicienta con corona de setas, el rastro necesario para emprender la temeridad de buscarlo.

Dos semanas después, muertas las ascuas de la primera ilusión, le respondí a algunos de sus estados. Yo bebía cervezas mientras veía episodios viejos del héroe más ágil que una tortuga, más fuerte que ratón, más noble que una lechuga; y Damián me hería el corazón. Yo, pobre flechado, tirando maíz a un gallo de pelea. Él, condenado por la costumbre a recibir halagos, contestó más simpático de lo esperado. Los mensajes se demoraron por dos o tres días, de modo que todo encajó, el viernes, cuando resolvimos salir a una barra en Santurce. Yo, que había resuelto ser feliz, que bien pude quedarme con mis noches de bohío y aquella apacible calma, caí en las trampas de verle los ojos.

Salí enchancletado y sin verdadero norte. Damián habría llegado con su mejor amigo, de manera que no tenía idea de cómo sería la dinámica. Sopa de ansiedades bien cocida entre las tripas. Me estacioné, para rematar, lejos del local. Caminé calle abajo hasta dar con la entrada. Y apareció de nuevo, así, zas, como las mariposas que aletean entre las margaritas, o como las margaritas que tientan a las mariposas. Algo así. Llevaba una camisa de mangas que le escondía la tabla cobriza de admirable tersura, aunque restaban las dos macanas café de sus brazos. El suéter era naranja, con una Corvette tatuada en su diseño. Unos mahones y los mismos tenis de la otra vez remataban su atavío.

Me presentó a un personaje que no había conocido: Estrada. Rumba contenida de sonrisas y chistes, de valentía contagiosa y aires de alma emancipada. Para desdicha de la memoria, no recuerdo su vestido entero. 

Entramos a otro antro— más limpio que el primero— mucho más frecuentado por señores mayores. Cuarentones y sesentones que le barbotaban lisonjas fáciles a cualquiera. Formaban un camino angosto al averno de las mesas. Yacían, en el fondo del salón, bajo dos pizarras llenas de nombres.

—¿Estabas viendo el Chapulín Colorado?— me preguntó Damián.

—Sí, ¿cómo sabes?—

—Lo vi en tu story. Y las cervezas—

—Lo sospeché desde un principio—

— ¿Sabes jugar pool, Adrián?— y mi nombre, en su boca, se me hacía como los ríos surcando los guijarros, o como el timbre meloso de un violín. 

—Sí. Me defiendo—

—Pues, anótate—

—Bien—

Me sonreía desde el otro lado. Apunté mi nombre, comenté zanganerías al muchacho más próximo y regresé adonde Damián. Sentía, en mi desnudez de chanclas, salpicaduras de licor rozar mis dedos. Hablamos un rato. Estrada conoció mi lado periodístico y hubo cierta conmoción. Fraternidad de riopedrenses encontrados por el mundo. 

Estrada ofreció, en cierto momento, chicles para todo el mundo. Como los chicles no rindieron para tanta esplendidez, me quedé sin mascar goma. Pero Damián, viéndome desamparado por la menta que ahora poblaba el aliento de todos, sacó el suyo de la boca y lo metió en la mía. Oleaje incontenible del deseo, marejada feliz, reverenda y soberana estratagema, esta que me hacen. Quedé lobo domesticado. 

Se fueron al rato. Estrada debía partir a Bayamón, y Damián no iba a desampararle al filo de la medionoche. Salieron juntos y quedé importunado por un muchacho regordete y de verbo barato. Me olvidé del turno y seguí hasta la guagua. 

Me emborraché algo despechado, y aquel despecho embriagado me empujó a escribirle el comentario más tonto y desesperado imaginable.

—Me encantas, Damián. Eres lindo y simpático. Me dices cuando podamos vernos again—

—Tuve un buen tiempo. Eres tan bello. Nos vemos pronto—, respondió para la dicha de mi quimera.

Como me quedé dormido, no pude responder hasta la mañana siguiente. De modo que respondí «tututú» a su halago; una hora después me preguntó qué haría ese día.

—No plans for now. You?—

—Just asking. I’d love to go play pool with you—

—Let’s play pool. ¿Tienes algún sitio en mente?—

—Eso lo podemos decidir luego—

Pasaron las horas y no hubo confirmación. Pregunté al rato y, a los quince minutos, ya se estaba vistiendo. A diferencia del viernes, quería que yo lo recogiera en mi carro. ¡Acángana! Pidió que llevara unos tragos a su casa, en Río Piedras. Cuando llegué, nunca más nos escribimos. 

Damián estaba en mi carro, con los ojos de luna robada, con otra camisa de Corvette pero azul oscura. Mahones parecidos y los tenis blanquitos que le hacían parecer más alto de lo que era. Eran sus antipastillas de chiquitolina. Me trajo un arroz con salsa soya que cocinó antes de yo llegar. Resolvimos luego ir a la misma barra de la noche anterior. Despliegue de Tito’s con coco y Tito’s con agua de soda. Orgía de sonrisas disimuladas. 

Volví a apuntarme y no duramos mucho en la espera. Pude, empero, bromear entre todos que los mexicanos no sabían jugar al billar porque se comen los tacos. Cayó bien. Damián rio. La espera nos inquietó y comenzamos a hablar con un exdecano de la Facultad de Educación de la Iupi, un tal tío de Damián. Que no era sino el tío de su expareja.

La tertulia desembocó en asuntos de la universidad pública, el periodismo, la educación y la palpable desidia que arropa al país. El señor, objetivamente, quedó encantado. Me propinó elogios en demasía, se desternillaba al menor comentario y casi infartó cuando recité, de memoria, que yo salí de Collores en una jaca baya, por un sendero de mayas arropás de cundiamores. Supuso, por falta de contexto, que Damián y yo éramos novios. Veía a Damián reír, mas sentí la imperiosa necesidad de aclarar el asunto. Entonces fuimos a otra barra.

—¿Llevas a mi tío con nosotros? Así podemos llevarlo a su casa más tarde—. Accedí porque la noche era virgen y la verdad, después de estar con Damián, poco importaba el lugar o la hora o l.

—Este muchacho es tremendo, Damián. Claridad no es cualquier cosa. He queda’o bobo con este nene—, decía con la ligadura que los borrachos le dan a sus peroratas. 

—Ay, sí. Es talentoso y detallista y humilde—, respondía mientras, muy cabrón, me mordía el hombro disimuladamente.

En la barra, el llamado tío quedó casi dormido, de modo que Damián me pidió que lo llevara a su apartamento. Allí le esperaba al exdecano un matrimonio mustio de antipatías repetidas, de rencores reciclados. De camino, solos, el señor no pudo sino pedirme que nunca me permitiera caer en semejante monotonía. Lo decía, algo soberbio, mientras desatinaba la orina encima de sus zapatos. Zapatos que pisarían la alfombra de mi carro. Pero poco importaba la hora, el lugar o las pestes de miao después de estar con Damián. Él, centella de plata, me esperaba en la barra en lo que volvía.

Cuando volví, bebimos pocos tragos y salimos para llevarlo a Río Piedras. En la acera opuesta al local, al salir, intenté tomarle la mano. Me la rechazó y me reprochó porque tú eres peligroso, porque tú eres peligroso y te odio y aléjate y no quiero que me toques o me mires. Y un porqué mío después, nos besamos antes de llegar al carro.

Frente al apartamento, sugirió que me estacionara. Cuando apagué la guagua, supe que el asunto acabaría como acabó: riéndonos a la suerte de tanta alegría repartida en afectos difusos. Al filo del conticinio, me preguntó:

—¿Esperabas estar aquí conmigo así?—

—No— jadeé —No me lo esperaba—

—¿Viste? Todos mis movimientos están fríamente calculados—

Mutismo involuntario, exceso de alegría, pérdida del sosiego; breve convalescencia. Recontrachanfle. No pude sino abrazarlo hasta la mañana. 

Se llama Damián porque quiso, porque una noche emprendió la retirada final y renació en Borinquen. La vida le había fijado la suerte de nacer Demian, como la novela alemana de Herman Hesse. Como el chico taciturno que nada tenía que ver con el mariachi prohijado que suponía Damián en la vida antillana. 

No sé si me lo dijo en el césped de la orilla, mientras mirábamos una nube lejana que parecía un surfer. Sé que su madre leyó la novela y le gustó. Sé que yo la leí en dos días, cuando cumplí 23 años, sentado en la orilla de Isla Verde. Nos picaban, al hablar, las hormigas en aquel pastizal, y mi hombro izquierdo aún guarda las cicatrices de las picaduras. 

En la noche, jugando al billar, me rasqué el hombro varias veces. Para desdicha de una camisa mona que compré, con Damián, en una tienda de ropa. Que compré mientras le veía olisquear las velas para enseñármelas después, mientras me mostraba los cojines que mejor combinarían con su sala, mientras se medía aquel arete esmeralda en el espejo. 

Me elogió la camisa, y más le valía porque la había escogido. Me miraba desde el otro lado de la mesa, midiendo las menores que me faltaban por anotar. Había una menor— la única opción factible— con dos posibles anotaciones exitosas. Ambas condicionadas por el más probable de los fracasos. 

—Sé que no la vas a meter—

—Yo sé que tú sabes—

—Bueno, si la metes, te regalo algo—

—Ah, pues bien—

Y las nalgas se me trincaron. Entendí, como nunca antes, que el billar era asunto de postura, de acomodar la cintura hasta que los brazos se tornasen en mirillas. Había que ser San Miguel Arcángel con la lanza. Yo, a diferencia de la gracia conque Damián movía el taco sobre el pulgar, sujetaba el mío como un cigarrillo. Así nada se me escapa, así retengo el control del taco y dispongo de él según mis antojos. Entonces, decidido, anoté la menor como un francotirador obsedido por matar un tirano. Boquiabierto, anonadado, ni yo mismo contaba con mi astucia. 

Se acomodó en la silla contigua a la mesa. Se paró en el travesaño de modo que lucía mucho más alto que yo. Me acerqué porque el agua de coco ya había cedido ante el Tito’s, y el desenfado me ubicó justo debajo de la mirada de Damián: justo debajo del edredón de su mirada. Nos besamos. Ni la Fania conoció tanto éxito. Ay, la gloria es sueño vano; y el placer, oler su aliento; y la riqueza, tormento; y el poder, ¡qué bellas sus manos! Si estuviera en mis manos borrar mis amores… No lo haría. 

—Me tienes enchula’o, papi—

Imposible, amor. Porque si has de tratarme así, de esa manera, no hay como pueda. Cortos circuitos y babeos son mi respuesta.