Especial para Claridad
Puerto Rico vive en un sobresalto permanente. Esto no es una metáfora, es la respiración diaria de un país empujado a la incertidumbre por la ineptitud de quienes han administrado el gobierno y el dinero público como si fueran botín, no una responsabilidad.
La escasez de agua y la inestabilidad eléctrica son síntomas visibles de un colapso que lleva años gestándose. No son accidentes ni fatalidades naturales: son el resultado directo de la mediocridad con que se ha gobernado. Cuando un país moderno no puede garantizar agua ni luz, lo que falla no es la tubería ni el cable; lo que falla es el Estado. Lo advirtió el sociólogo Ulrich Beck: las sociedades que no administran sus riesgos “se condenan a vivir en un estado de ansiedad crónica”. Puerto Rico está ahí, atrapado en esa ansiedad que se siente en cada apagón, en cada interrupción del servicio, en cada excusa oficial que pretende disfrazar la incompetencia.
La falta de agua en pleno siglo XXI es una humillación pública. Es la evidencia de que la planificación ha sido sustituida por la improvisación, y la improvisación por el abandono. La crisis eléctrica, por su parte, es el espejo más claro de la decadencia institucional. Apagones constantes, plantas que fallan, excusas recicladas, promesas vacías. La ciudadanía vive en un estado de vulnerabilidad que no debería tolerarse en ninguna democracia funcional. Tenemos un gobierno desconectado del país y esa desconexión abre la puerta a la indignación, al rechazo y a la ruptura del pacto social. Esta situación se profundiza cuando el gobierno de Jenniffer González decide burlarse abiertamente del país.
El nombramiento de Norma Burgos como secretaria de la Gobernación es una muestra clara de esa burla. En lugar de buscar entre las decenas de profesionales competentes que abundan en Puerto Rico —personas con preparación, trayectoria, ética y capacidad para dirigir la administración pública con rigor— la gobernadora opta por revivir figuras de un pasado político desgastado, marcado por controversias y por una larga historia de desempeño cuestionado. No es un nombramiento, es un retroceso y una bofetada al país.
El mensaje es claro y ofensivo, en vez de apostar por la excelencia, se apuesta por lealtades partidistas; en vez de promover renovación, se reciclan fantasmas; en vez de fortalecer la gobernanza, se perpetúa la mediocridad. Esa designación no solo revela la falta de visión de la administración, revela su desprecio por la inteligencia colectiva del país. Es otra mentira. Otra burla. Otra falta de respeto.
La incertidumbre se ha convertido en la atmósfera política del país. Una incertidumbre que no nace del azar, sino de la negligencia. De la falta de visión. De la incapacidad de administrar recursos públicos con rigor y ética.
La crisis de agua, la crisis eléctrica y la crisis de liderazgo revelan la distancia entre el país oficial y el país real. El país oficial vive de conferencias de prensa, de nombramientos reciclados, de narrativas vacías, de fiestas y mariachis. El país real vive de cisternas, plantas eléctricas, velas, filas interminables, gastos adicionales, pérdidas económicas y un cansancio que ya no se puede ocultar. Esa fractura es política, pero también es moral.
En Fortaleza deben poner oido en tierra porque la rabia y el colapso producen intolerancia. El país está como agua para chocolate. Estamos llegando a ese punto donde la paciencia se quiebra. La ciudadanía empieza a comprender que la mediocridad gubernamental no es destino, sino consecuencia de decisiones que pueden —y deben— ser confrontadas. Y esa tarea no puede seguir esperando.








