A Félix Córdova Iturregui
Introducción:
Immanuel Kant privilegia al Otro, una visión relacional anclada sobre el respeto y el amor que debemos al prójimo. En su Crítica del juicio (1790), Kant le adjudica a nuestra conciencia el punto de partida de nuestra ley moral autoimpuesta. En otras palabras, la conciencia revela la autonomía que devela la libertad de todos los seres humanos. En ese sentido, nadie tiene derecho a incidir sobre la libertad del Otro. Como veremos, actores financieros de la Gran Recesión de 2007 actuaron de forma irracional y egoísta en menoscabo del bienestar de las demás. A raíz de esa debacle financiera, nueve millones de familias estadounidenses perdieron sus hogares, casi ocho millones de personas quedaron sin empleo, y grandes compañías consideradas “too big to fail” colapsaron, entre otros resultados devastadores.
Un informe del Congreso estadounidense (2011) identificó la deshonestidad de las agencias de calificación de riesgo crediticio como causa medular de la crisis económica. Estas compañías traficaron con su credibilidad institucional vendiendo al mejor postor clasificaciones AAA adjudicadas a productos financieros de alto riesgo.
La ética kantiana
Kant cree que todo ser humano está dotado del poder natural de la razón. De la razón pura, desvinculada de lo material, surge la ley moral a priori que viabiliza hacer el bien. Se hace lo correcto porque es lo correcto; no requiere motivo ulterior alguno. Como observa Kant en Crítica del juicio, «el poder de juicio proporciona el elemento mediador entre los conceptos de naturaleza y el concepto de libertad, lo que hace posible la transición de lo puramente teórico a lo puramente práctico» (p. xxii). En su prefacio a la Crítica del juicio, Mary McGregor concluye que «los agentes morales pueden, sin embargo, sentirse en casa con la naturaleza» (p. xxii). La razón es el puente habilitador que une los conceptos de naturaleza y los conceptos de libertad.
Por esta razón, Kant exalta a los individuos como seres morales. La moralidad inherente a nuestra humanidad constituye una hoja de ruta para la convivencia pacífica y el progreso de la sociedad. Ese es el desafío diario al que nos enfrentamos. Según el filósofo alemán, la moralidad revela nuestro propósito existencial superior, actuar a tono con «el bien supremo». Este esfuerzo colectivo redunda en seres humanos felices, un estado natural propio de una verdadera civilización.
Kant: El agente moral
Un agente moral kantiano resiste los requiebros de la tentación material. Ignorar impulsos externos refleja la preeminencia de la libertad. Nuestro potencial destructivo, problematizado por Freud, se desactiva a través de nuestro albedrío, una voluntad neutralizadora de inclinaciones egoístas y destructivas.
En su Doctrina del Derecho (1797), Kant, un ávido estudioso de la historia, subraya la proclividad humana de privar a las personas de su derecho a una vida feliz y fructífera, influjo nocivo de pulsiones materiales que neutralizan la ley moral intrínseca que inclina al bien, que redundan en conductas irracionales. Esa expresión antisocial confirma nuestra falibilidad por cuanto «Libertad de elección es esta independencia de ser Determinado por impulsos sensibles» (Metafísica de la moral, 1785, p. 42). Impulsados por deseos sensoriales, renunciamos a nuestra libertad al permitir ser determinados por objetos o deseos externos.
Kant propone una actitud moral congruente con la libertad, a la búsqueda irrestricta de la felicidad y el progreso en su Metafísica de la Moral: «Así, la ley universal del Derecho, de modo que el libre uso de tu elección puede coexistir con la libertad de todos de acuerdo con una ley universal, es en efecto una ley…» (p. 56). Siendo así, Kant enmarca la libertad de la siguiente manera: «La libertad (independencia de estar limitada por la elección ajena) en la medida en que puede coexistir con la libertad de todos los demás de acuerdo con una ley universal, es el único derecho original que pertenece a todo hombre en virtud de su humanidad». (p. 63). Así, una voluntad unilateral es inmoral porque lesiona a otra persona; es una imposición (Metafísica, p. 77). Excluye «la comunidad de seres libres» (Metafísica, p. 95).
Nuestra voluntad inmuniza contra urgencias materiales que dañan o privan al Otro de libertad y felicidad. Así, Kant sostiene que «la base de los grandes crímenes es simplemente la fuerza de inclinaciones que debilitan la razón» (Metafísica, p. 189). Kant define el egoísmo: «Alguien que es indiferente a cómo van las cosas para los demás si solo les va bien a sí mismo es egoísta» (Metafísica, p. 245). Así, el egoísmo se opone a la «benevolencia práctica (beneficencia) haciendo del bienestar y la felicidad de los demás mi fin… Actuar bien, es decir, promover según los propios medios la felicidad de personas necesitadas, sin esperar algo a cambio, es deber de todo hombre» (Metafísica, p. 246).
Kant reitera el alcance social de la moralidad: «Toda acción que por sí sola o por su axioma permite la libertad de cada individuo para coexistir con la libertad de todos los demás conforme a una ley universal es correcta» (Political Writings, p. 23). En ese sentido, Marey (2017) sostiene que «la tesis política central de Kant, [es,] a saber: que solo la voluntad unida del pueblo puede ser una autoridad legítima» (p. 168). Si un pensador independiente ha alcanzado la madurez, ya no está sujeto a la tutoría de fuerzas externas; entonces, como concluye Marey (2017), «la ilustración es un concepto político, diseñado para desempeñar un papel indispensable como condición de posibilidad para el gobierno de la voluntad unida» (p. 170).
Según Gallino, «Una empresa se define como irresponsable si, aparte de obligaciones legales elementales, asume que no tiene que responder ante ninguna autoridad o privada ni ante la opinión pública respecto a las consecuencias económicas, sociales y medioambientales de sus actividades» (Vignini & Rusconi, 2023, p. 30). Como observan Vignini & Rusconi, «La exigencia kantiana de una moralidad intrínseca y desinteresada puede constituir un baluarte contra diversas formas de degeneración inmoral» (pp. 32-33). El mundo está plagado de tentaciones, «expuesto a toda clase de corrupción» (Kant, Groundwork, p. 57). La búsqueda de la felicidad ha sido delineada por el instinto, un motor falible de las acciones humanas. Tales impulsos permiten «interferir incompetentemente en los propósitos de la naturaleza» (Groundwork, p. 63). Además, estas mentes débiles «descubren que en realidad solo han traído más problemas sobre sus vidas de los que han ganado en el camino hacia la felicidad» (p. 63). La razón podría haber frustrado tales inclinaciones peligrosas, pues «nos ha sido impartida como un poder práctico», una «influencia sobre la voluntad» (p. 64). En otras palabras, la buena voluntad desarma nuestras peores inclinaciones. Kant reitera su preocupación por el Otro, al afirmar que «Ayudar a otros donde uno puede es un deber» (p. 66). También subraya la importancia de respetar la humanidad del Otro, pues no tenemos derecho a dañar a una persona, privando al individuo de disfrutar de la libertad y de la paz inherente a una vida fructífera.
En una persona moral, la voluntad y la libertad se fusionan; el individuo está «sujeto solo a leyes que él mismo elabora y que, sin embargo, son universales» (Groundwork, p. 100). El filósofo presenta una interesante dualidad. Todo lo que tiene costo puede ser sustituido. Pero «si es exaltado por encima de todo precio y, por tanto, no admite equivalente, entonces tiene dignidad» (Groundwork, p. 102). Kant matiza su idea: «Lo que es relativo a las inclinaciones y necesidades humanas universales tiene un precio de mercado” (Groundwork, p. 102). Kant es tajante respecto a la destructividad que generan deseos materiales: «Principios empíricos no siempre operan como base para las leyes morales» (Groundwork, p. 109). La búsqueda de la felicidad personal desplaza la virtud como condición suprema de la persona que acata la ley moral racionalmente autoimpuesta A priori. Mina la bondad porque «basa la moralidad en motivos sensoriales que en cierto modo la socavan y la destruyen totalmente…en la medida en que los motivos de la virtud se sitúan en la misma categoría que los del vicio y solo se nos instruye a mejorar en el cálculo, la diferencia específica entre virtud y vicio se oblitera» (Groundwork, p.110).
Kant advierte sobre la endeblez de la naturaleza humana. Sostiene que los deseos materiales impulsan conductas egoístas, producto de pensamientos irracionales ajenos al bien común. Los individuos egoístas no son libres; sus acciones utilitarias muestran el control de los deseos sobre una voluntad atada a objetos empíricos, una puerta de entrada a la irracionalidad que precede a acciones contingentes y precarias. La buena voluntad, en cambio, es incondicionalmente buena; desarma nuestros peores instintos. Como argumenta en su texto Groundwork of the Metaphysics of Morals, Kant argumenta que el privilegio económico y social puede impulsar la irreflexión, un sentido ilusorio de libertad sin restricciones, una perspectiva existencial egocéntrica. Esa sensación seductora de éxito ilimitado presagia problemas complejos. Resalta una razón nublada por ofuscaciones materiales. Sin embargo, los humanos pueden frenar sus impulsos antisociales viviendo bajo los estándares de una ley moral auto legislada, un deber de hacer el bien porque es lo correcto independientemente de los motivos o sus consecuencias. La moralidad kantiana se basa en acciones de índole universal. Kant sostiene que los humanos gobernados por los sentidos contravienen la razón. Dada esa posibilidad, el Estado debe usar sus poderes políticos y legales para desactivar el daño potencial que podrían causar estos actores irracionales (Church, 2013: 65). Lo que nos lleva al desastre financiero del 2007.
La Gran Recesión del 2007
Agentes financieros y bancarios indujeron personas a suscribir hipotecas impagables, ocultaron información crítica a los inversores, vendieron calificaciones inexactas al mejor postor y sobrevaloraron los valores subprime (de alto riesgo), entre otras conductas deshonestas (Schoen, 2017; Ellsworth & Porapaiboon, 2009; Larreina, 2018; Bernt et al., 2004). Como resultado de la implosión subprime, millones de personas resultaron perjudicadas. Actuar cónsono con la ética kantiana habría evitado esta catástrofe económica. Según Larreina, «Dado su papel fundamental en la asignación de recursos en nuestra sociedad, las finanzas deben estar al servicio del pueblo, teniendo también en cuenta el interés de la vida misma y el de las generaciones futuras» (2018: 442).
Desde un punto de vista kantiano, las normas éticas propician la conducta racional, fomenta el bien común. No se necesitan leyes externas cuando codificamos estándares de conducta que resultan en equidad y justicia social. Como señala Nielsen, la Gran Recesión de 2007 «… no trató de crear riqueza ni de mejorar a nosotros mismos y al mundo, sino que, en cambio, favoreció la destrucción masiva de la riqueza y permitió que algunos ganaran mucho dinero a costa de otros» (2010: 300).
Admitamos que la deuda corporativa (leverage) puede tener consecuencias positivas. Personas pueden comprar sus viviendas, surgen nuevas empresas y crece la economía. Sin embargo, esta crisis permitió que actores financieros infligieron sufrimiento a una escala sin precedente, dado que, por ejemplo, los bancos pasaron de un proceso de «originar y mantener» hipotecas, en el que un banco retenía un préstamo hasta la fecha de vencimiento, al modelo de «originar para distribuir», en el que los préstamos se empaquetan y reempaquetan en segmentos y se «aseguran», otro eufemismo, para fusionar activos generadores de ingresos de contenido y valor dudosos en un producto financiero rentable (Gilreath, 2018). Para 2007, los servicios financieros representaban el 41% del total de beneficios corporativos en Estados Unidos (Nielson, 2010: 310).
La ética kantiana destaca el poder innato de los humanos para actuar de forma práctica en el mundo a partir de una elección moral razonada derivada de una ley moral autoimpuesta a priori, o lo que Kant denomina el Imperativo Categórico. Es el núcleo del pensamiento racional universal. En este sentido, el razonamiento no es un privilegio de clase socioeconómica; es una facultad natural inherente a todo ser humano, sin excepciones. Kant, por tanto, enfatiza lo que la humanidad tiene en común, lo que une a las personas a pesar de las diferencias. La idea kantiana de dignidad acentúa la igualdad. Respetar la dignidad significa que ninguna institución tiene derecho a utilizar a un ser humano como objeto; no tiene derecho a provocar sufrimiento a otras personas.
En este sentido, Kant rechaza el privilegio social y económico; la dignidad no es una construcción social sino una cuestión de derechos humanos (Bayefsky, 2013, p. 811). Esas premisas éticas constituyen la prueba de fuego del edificio moral de Kant. Las consideraciones materiales permiten conductas poco éticas, forman codicia y egoísmo. Todos podemos, sin embargo, vivir acorde con una ley moral puesto que «La autonomía moral es una forma de objetividad que también descarta el interés propio, el egoísmo, las convenciones o normas sociales, la codicia y otros medios de introducir sesgos en un análisis» (Bowen, & Li, 2018, p. 238). Después de todo, los individuos están «influidos… por tantas inclinaciones» (Kant, Groundwork). El sentido a priori del deber desarticula esos impulsos tendenciosos. Actuar así subyace a la premisa kantiana de no causar daño. Dañar a individuos o a la sociedad constituye una grave infracción ética; muestra la irracionalidad como motor de acciones interesadas.
La buena voluntad implica hacer el bien a los demás, secuela de un sentido del deber ajeno a interés personal alguno. La voluntad constituye el único límite de tales acciones en beneficio del Otro. Todo proviene del deber, reitera Kant, guiado por la ley moral autoimpuesta como único referente. Un optimista Kant insiste en que la buena voluntad puede contravenir la propensión humana de usar a otras personas para beneficio personal. Ninguna acción supera una voluntad razonada, ámbito de la expresión más excelsa del bien.
La humanidad es su punto de partida. Desviarse de la ley produce conducta social disruptiva. La reverencia por la ley moral a priori desarticula el influjo pernicioso que suscitan lo material y lo sensorial, como evidenció la Gran Recesión. Años de especulación financiera irresponsable, objetivos financieros fantasiosos y la desregulación, entre otros factores, provocaron esa debacle histórica. La Comisión de Investigación sobre la Crisis Financiera del Congreso concluyó que la crisis era evitable. Señala como causas significativas, entre otras, actividades financieras no supervisadas o desreguladas, compra y venta masiva de productos financieros derivados exóticos de alto riesgo, nivel de deuda e inversión irracional, un gobierno indiferente, y la irresponsabilidad y codicia de Moody’s y Standard & Poor’s. En realidad, estas compañías magnificaron la crisis al legitimar complejos productos financieros de valor y riesgo imprecisos.
Como consecuencia de sus acciones temerarias, el 90% de los valores respaldados por hipotecas residenciales (Residential Mortgage-Backed Security) calificados AAA entre 2006 y 2007 terminaron degradados a nivel de chatarra. La investigación del Senado identifica la calificación artificial de productos financieros de alto riesgo como una causa clave de este desastre financiero (2011: 6). La investigación descubrió que las agencias calificadoras pudieron haber anticipado la crisis porque fueron alertadas sobre la especulación con las viviendas, el elevado riesgo de los préstamos que se concedían y el fraude hipotecario desenfrenado» (2011,1.7).
Adherirse a la advertencia kantiana de hacer el bien porque es lo correcto habría evitado esa crisis económica global. Kant aboga por conductas éticas y racionales en aras del respeto a la dignidad y al valor humano de cada individuo. Nadie tiene derecho a usar al prójimo como medio para fines egoístas. Como argumenta Kant, «… no hace falta ciencia ni filosofía para saber lo que el hombre debe hacer para ser honesto y bueno…para ser sabio y virtuoso». (Groundwork, p. 72). De esta forma, convivir en el planeta, la casa de todas y todos, mueve a proteger la dignidad, el derecho a la vida plena de cada ser humano, el epítome de la ética kantiana.
Nota del autor: Esta es un versión resumida y traducida del inglés de una ponencia que presentara el autor el 14 de octubre en la conferencia internacional de la Association for Business Communication en Baltimore.








