Especial para En Rojo
A Federico Irizarry Natal
Indiferencia a la nostalgia aduce el fabulador. Encara, sin embargo, oposición de algunos personajes. Antígona ofrece su vida en aras de regresar a un tiempo en que se dignificaba la muerte mediante el ritual del entierro, término que suscita equívocos que le encantarían a Dafne la diva. Lo liminal, después de todo, configura las prácticas transgresoras de Dafne. Ella actúa convirtiendo la norma social en áreas grises. Imposible acudir a los parámetros de las buenas costumbres para evaluarla. Derrota las pretensiones regulatorias de la real academia. No hay precepto moral que encasille su proceder. No está codificado. Habita el ser o no ser de la impudicia.
Dafne expresa sorpresa fingida ante el aplauso que le concede el Congreso de Asuntos de la Familia. Se desarticula la nostalgia ante un futuro decodificado de antemano. Aspira al mito, sujeto de un imaginario que tritura la nostalgia porque suscita adulación infinita que trivializa el tiempo. La inmanencia que anima al mito oblitera el recuerdo, contraviene el sentido de pérdida.
Que no tiene fechas el aire concluye una voz en La importancia de llamarse Daniel Santos. Si la vida moderna nos descalabra el espíritu, dice Bianca, se busca solaz en un tiempo previo de sosiego.
El bolero, sin embargo, concreta el umbral que trasciende, confirma o niega la nostalgia. La ambigüedad propone polisemia, la palabra inasible, las aristas disímiles que suscita una percepción, la muerte del autor si, como dice Barthes, los lectores se apropian de palabras ajenas y configuran su propia interpretación. Si le creemos a Mandrake el Mago, la nostalgia es ensayada. En el libreto espontáneo de Papa Morrison, la nostalgia es un artificio, un recurso teatral que traza un hilo emocional con la audiencia dado que la vida consiste en una secuencia de pérdidas. ¿Qué constituye el bolero al que se accede en las velloneras de América que visitó Luis Rafael? Ensayar, repetir, reiterar, recordar enmarcan al bolero, animan el dialogo con la vellonera. Cerveza en mano, se intenta anular el tiempo revisitando una angustia primigenia. Se intentan difuminar aflicciones del corazón. Yo no he visto a Linda, pero sí la veo no la conozco. La congoja performativa ocupa el primer palco existencial.
La nostalgia supone fronteras temporales, un antes y después que anula el ahora. Si la vida es una cosa fenomenal, lo mismo pal de alante que pal de atrás, nos ahorramos la elipsis, el presente que se disipa al momento de enunciarlo. Pero el tapón automovilístico que enmaraña al muy pulcro senador Vicente Reinosa oblitera la nostalgia dado que la inmovilidad concentra la energía en el aquí y en el ahora. Por eso recurrimos a la nostalgia porque el presente también puede ser una tara, que hay mucha doña deprimente y deprimida, confiesa el doctor Severo Severino. No hay mejor antiséptico que un viaje al pasado, al mundo imaginario de Disney, que el caos mental se remedia conversando con el perro Pluto, recomienda el galeno.
El primer perro Buddy Clinton apuesta también a contrarrestar la nostalgia mediante su incorporación al libro Guiness por ser el primer animal que opera como un Perry Mason, el primero en “interceder por el honor de un presidente norteamericano”. Su salto a la fama anularía el tiempo, constituiría un túnel cuántico que conecta al ayer con hoy. Merecida tiene la inmortalidad si logra librar al maculado mandatorio de su condena ciudadana por haber avasallado la inocencia de una púber, una relación de poder asimétrica similar a un peso pesado contrapuesto a un peso pluma. Se engañó a sí misma Mónica suponiendo un camino franco al primer dormitorio de la nación, ignorando las malas artes de Hillary, la misma que logró que una comentarista demócrata de CNN le adelantara unas preguntas del debate contra Bernie Sanders, lo que demuestra una afinidad de los Clinton con conductas indecorosas.
El perrito presidencial muestra un conflicto de interés al defender un amo que no solo le alimenta con Alpo gourmet, sino que además engalanó su pata izquierda delantera con un Rolex, y como no hay nada nuevo bajo el sol dicen que dijo Salomón, Buddy se propone actuar como el Michael Cohen de Trump. El affaire Lewinsky es de poca monta; lo que intentará Buddy es librar a su amo del lastre histórico que supone haberles declarado la guerra a los pobres, de intentar descalabrar la red social de protección a los estadounidenses más vulnerables a la vez que fortalecía el welfare corporativo. Que la presencia histórica de Buddy se concreta por los sobos recibidos en su barriga por gente importante como la voz primera del Vaticano y el Dalái lama.
Buddy reniega de la nostalgia, que agua pasada no mueve molino, que la inclinación temporal del primer perro coincide con la infalible brújula de Jack Sparrow, todo gravita hacia el norte, la vida gravita hacia el ahora dice Buddy, “solo en el presente radica toda vida” (97), fin de la cita filosófica del primer sujeto perruno.
¿Qué hace un general con un antiquísimo traje blanco? ¿Por qué Quintina le remienda el corazón a Don Goyito? Todo recala en la disolución de la nostalgia, en abrogar el pasado. Bien lo dice el General Cataplum en Farsa del amor compradito: “Las tradiciones pasaron de moda”, según consta en su proclama unilateral (28). De una acotación misma surge una nostalgia deshilvanada por la ambigüedad dado que hay “un viejo baúl que parece recuerdo de piratas” (7). Algo sabemos de piratas porque uno de los nuestros, Roberto Cofresí, ocupa un lugar en el salón de la fama de la piratería. Que Roberto evidenció las bondades de la globalización lo sabe todo el mundo porque se requirió una alianza mundial para poner fin a sus travesuras marítimas. De confrontar al enemigo resulta ducho el General Cataplum porque puede que aparezca con la escopeta de una bala o con la de dos. Ese equívoco militar impide que cuaje la nostalgia ante la indefinición que desarticula la sensación de pérdida o ausencia. Ni siquiera el final de La farsa acoge la nostalgia porque no se echa de menos lo que no es, que Pirulí Pulcinello abjura de la caída absurda del telón porque “esta obra ha sido alterada”, pero jura y perjura el Pirulí e invita a regresar al teatro para atestiguar un final diferente.
Devórame otra vez propone reiterar, alargar el presente. Nadie puede acusar a Luis Rafael de inconsistente, que en su texto “Palabras viajeras” destaca lo atemporal del bolero, “los boleros sin tiempo” y escribo las comillas de rigor para que nadie me acuse de plagio. Atestiguo que ha sido el escritor quien consagra la eternidad del bolero, que el reloj se ha tornado superfluo donde impera la inercia del tiempo. Newton no lo vio venir, pero Luis Rafael sabe que la imaginación tercia en la abolición del tiempo. Nos permite reinventar el siglo a lo Rabelais. El capital desequilibra sus bondades en favor de los suyos, pero la naturaleza, nos asegura el genial Darwin es democrática, dispensa sus parabienes a todos por igual. Gente con connections exuda privilegio, ostenta una falaz ecuanimidad, endeble fachada que descalabró un agresivo juey palancú en La Guagua aérea. El juey ancestral, de los 60’ digamos, devela lo prolífico de la naturaleza, el palancú horada una madriguera donde mejor le parece, convive con excelsos cañaverales, una caña brava enhiesta que opaca la explotación laboral que precedió a un tiempo muerto infinito, alardeando de su extinción, papel inolvidable de manos a la obra y el país se convirtió en un semillero de fábricas, loas a Santo Teodoro Moscoso. Escribo estas palabras y me invade la nostalgia que pretendo deslegitimar al recordar la Farmacia Moscoso instalada en la plaza de recreo de Ponce. Volvamos al palancú, inolvidable la indignación contagiosa que modela José Luis Chavito Marrero en la versión cinemática. Chavito nos abandonó y se llevó su furor ético, ausencia ideal en estos días de descontrol fiscal en los que procónsules financieros han gestado una descomunal transferencia de fondos públicos a manos privadas. Que solos se quedan los vivos.
El anhelo elusivo también suscita nostalgia. Píramo y Tisbe, protagonistas de La hiel nuestra de cada día, tratan de escapar de su pobreza superlativa retrotrayéndose a un pasado de plenitud que pudo haber sido realidad inefable o fábula. He ahí el eje de la ambigüedad.
Leo en La importancia que los empobrecidos de San Paolo apabullan a la nostalgia poniendo colores donde no existen; se apoderan de su imaginación y renuevan el presente, “reinventan la vida”, lo mismo pal de adelante que pal de atrás. Así dispensaba sus atenciones Daniel Santos. Leo que no tiene fechas el aire. Que no tiene fechas el fuego. Agente aséptico fue Daniel Santos que nos libró de las fútiles penurias que reparte la melancolía. Las velloneras de América eternizan su proceder bolerístico, cada moneda invalida la angustia que podría suscitar su deceso, esa voz única aniquila la melancolía, expone su sexualidad sin tiempos muertos, acota la voz de la Importancia.
Afortunadamente la naturaleza nos concedió herramientas para desarticular la melancolía. La voz del texto considera que la risa es un remedio congénito boricua contra la melancolía. Si se contrabandean esperanzas en los dos extremos del charco, existe la utopía posible que pregona Kant, se vive en un eterno presente a espera de la vida digna, que no todo el mundo puede vanagloriarse de un de Hostos, un Betances, un Tapia en un mismo siglo (guárdenme el secreto: estas últimas palabras no son mías, pertenecen a Félix Córdova Iturregui).
La prosa fragmenta, se tiende en el tiempo, tonifica al presente, induce a esperar el próximo fragmento, que la conferencia magistral El himno de la vida de Luis Rafael Sánchez consta de 15 fragmentos. En ese texto, el escritor abjura del sentimiento de insatisfacción o fracaso. Apabulla la melancolía al prometer que la frustración no sería ni el norte ni el sur de su vida. Como sentencia cuasi final nos recuerda las palabras inmortales de Martí: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”.
Impropio resulta renegar de la melancolía. Se ha estipulado que se viene a sufrir a este valle de lágrimas, la muerte es jurisdicción de Dios, que Sócrates desmitologiza a la muerte prefiriendo el mundo de las ideas platónico a las incertidumbres de la vida material, “resolver el problema de la vida” es agenda inconclusa proclama Antígona.
La nostalgia venida a menos aplaca el sopor de la pérdida, bálsamo para el espíritu, paz que fructifica al amparo de un mohín de indiferencia, concilia y reconcilia con la madre fortuna. La muerte de la nostalgia concreta la disolución de la cultura determinista, un imaginario centrífugo que democratiza su dispersión, que consigna la vellonera, la santera del pueblo, que conjura los males del corazón, yo no he visto a Linda pero espero al cartero todas las tardes, la posibilidad, la espera que reniega de la melancolía, la fruición lúdica que no discrimina, que cobija lo mismo al de adelante que al de atrás.







