Compañeras, compañeros, compañeres,
Nos encontramos hoy en esta montaña para pronunciar dos nombres que el Estado quiso convertir en silencio: Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado.
Los pronunciamos completos. Los pronunciamos con respeto. Los pronunciamos con rabia y con ternura. Los pronunciamos porque un pueblo que permite que le borren sus mártires termina olvidando también las razones por las que lucharon.
El 25 de julio de 1978, Carlos y Arnaldo, dos jóvenes militantes de la independencia de Puerto Rico, fueron conducidos hasta Cerro Maravilla mediante una operación de infiltración y entrampamiento. La Policía sostuvo inicialmente que habían muerto en un enfrentamiento mientras resistía al arresto. Las investigaciones y los procesos posteriores revelaron otra historia: fueron capturados, asesinados y luego se levantó un amplio encubrimiento para proteger a los responsables. Los tribunales describieron lo ocurrido como una emboscada brutal, un asesinato en frío y una conspiración para ocultar la verdad.
Pero no estamos aquí para recordar una tragedia aislada. Estamos aquí para denunciar un crimen de Estado. Estamos aquí para decir que Cerro Maravilla no fue un exceso individual, ni un error de procedimiento, ni el acto descontrolado de unos cuantos policías. Fue el resultado de una estructura colonial que ha perseguido, vigilado, infiltrado, encarcelado y asesinado a quienes se atreven a afirmar que Puerto Rico tiene derecho a ser libre.
También debemos recordar la fecha. Fue un 25 de julio: aniversario de la invasión estadounidense de 1898 y fecha utilizada para celebrar el régimen colonial establecido en 1952. En Cerro Maravilla se encuentran varias capas de nuestra historia: invasión, represión, encubrimiento y resistencia.
Recordar a Carlos y Arnaldo exige hablar de independencia. No como una consigna vacía. No como una bandera que sacamos una vez al año. No como una nostalgia por un pasado heroico. La independencia es la posibilidad de decidir sobre nuestra tierra, nuestras costas, nuestra energía, nuestros cuerpos, nuestro trabajo, nuestra alimentación y nuestro futuro.
La independencia significa que ninguna potencia extranjera pueda decidir qué leyes nos gobiernan, qué presupuesto podemos aprobar, qué escuelas deben cerrar o qué servicios esenciales se sacrifican para pagar una deuda. Hoy Puerto Rico continúa bajo los poderes territoriales del Congreso de Estados Unidos y bajo una Junta de Control creada por la ley PROMESA, con amplias facultades sobre nuestros planes fiscales y presupuestos. Esa realidad confirma que el colonialismo no es una metáfora: es una relación material de poder.
El colonialismo se siente cuando una familia abandona el país porque no puede pagar la vivienda; cuando las costas y montañas se entregan a inversionistas; cuando la salud y la educación se convierten en mercancías y nuestra juventud entiende la emigración como única alternativa.
Se siente también sobre los cuerpos. El colonialismo nunca ha gobernado solamente territorios; ha intentado gobernar la reproducción, la sexualidad, la familia, la raza y la vida cotidiana. Las mujeres puertorriqueñas, particularmente las mujeres negras, pobres y trabajadoras, han enfrentado explotación laboral, esterilización, experimentación, pobreza impuesta, violencia institucional y desplazamiento. Las personas trans y cuir han sufrido la violencia combinada del patriarcado, la colonialidad y el abandono estatal.
Por eso afirmamos con claridad: no habrá descolonización sin feminismo.
No habrá independencia verdadera si la mitad del pueblo es llamada a sacrificarse por la patria, pero se le niega el derecho a dirigirla. No habrá libertad nacional si las mujeres tienen que permanecer en silencio ante la violencia de sus propios compañeros. No habrá revolución si dentro de nuestras organizaciones se reproduce el mismo poder patriarcal que decimos combatir afuera.
Las mujeres nunca hemos sido auxiliares de la lucha por la libertad. Hemos sido pensadoras, organizadoras, combatientes, educadoras, cuidadoras, comunicadoras, presas políticas y constructoras de comunidad. Desde Mariana Bracetti y Lola Rodríguez de Tió, pasando Juana Colón, por Blanca Canales —aquí, en Jayuya—, Lolita Lebrón e Isabel Rosado, nuestra más reciente ancestra Denise Oliver-Vélez, hasta las innumerables mujeres anónimas que sostuvieron huelgas, comunidades, campañas y organizaciones, nuestra historia demuestra que la nación también ha sido pensada y defendida por mujeres.
Pero no basta con homenajearlas después de muertas. No basta con colocar sus fotografías en los actos mientras hoy se desconfía de las feministas, se ridiculizan nuestros reclamos o se nos acusa de dividir el movimiento cuando denunciamos el machismo.
Tenemos que decirlo aquí, frente a la memoria de dos compañeros asesinados por el Estado: nuestras organizaciones no pueden exigir justicia afuera y administrar impunidad adentro.
Cuando una compañera denuncia acoso, agresión, control, hostigamiento o abuso, la respuesta no puede ser proteger al dirigente porque “ha dado mucho por la lucha”. No puede ser pedir silencio para evitar un escándalo. No puede ser cuestionar primero la conducta de la sobreviviente. No puede ser convertir la disciplina organizativa en obediencia al agresor.
El encubrimiento nunca es revolucionario.
El silenciamiento nunca es revolucionario.
El machismo nunca es revolucionario.
Las feministas no debilitamos la lucha independentista cuando denunciamos estas violencias. La fortalecemos. Le impedimos parecerse al orden colonial que busca sustituir. Le recordamos que la libertad no se mide únicamente por quién ocupa el gobierno, sino por las relaciones sociales que somos capaces de construir.
Las mujeres dentro de organizaciones en Puerto Rico y de la diáspora hemos tenido que desafiar la división sexual del trabajo y el liderato machista. Las mujeres de los Young Lords, por ejemplo, lograron que la organización abandonara la exaltación del llamado “machismo revolucionario” y reconociera que combatir el chauvinismo era parte de la revolución.
Hoy enfrentamos nuevos retos y viejas amenazas con otros rostros.
Enfrentamos un imperialismo que no solo utiliza la Policía, los tribunales y las cárceles. También utiliza la deuda, los algoritmos, la vigilancia digital, la desinformación, la precariedad y el cansancio. Busca convencernos de que no existe alternativa, que organizarse no sirve, que todo proyecto colectivo está destinado al fracaso.
Enfrentamos la privatización de lo común, el acaparamiento de tierras, la crisis climática y el desplazamiento. Enfrentamos ataques contra el aborto, la perspectiva de género y las vidas trans; el racismo, el fundamentalismo y el autoritarismo. Enfrentamos un imperio que militariza fronteras y castiga a los pueblos que reclaman soberanía.
También enfrentamos el reto de no convertir nuestras diferencias en trincheras permanentes. La unidad que necesitamos no significa uniformidad, silencio ni subordinación. No significa esconder contradicciones. Una unidad construida sobre el encubrimiento es frágil; una unidad construida sobre la verdad puede transformar un país.
Necesitamos una unidad con principios: anticolonial, feminista, antirracista, obrera, ambientalista y profundamente democrática. Una unidad capaz de reunir al movimiento independentista, al movimiento sindical, a las luchas comunitarias, estudiantiles, ambientales, feministas, antirracistas, cuir y trans; a quienes defienden la vivienda, la educación pública, la soberanía alimentaria y una vida digna.
Tenemos que encontrarnos no solo alrededor de lo que rechazamos, sino alrededor del país que queremos construir.
Un Puerto Rico donde nadie sea perseguido por sus ideas; donde ninguna mujer tenga que escoger entre la militancia y su seguridad; donde la niñez crezca sin pobreza, la tierra y las costas pertenezcan al pueblo y migrar sea una opción, no una condena.
Un Puerto Rico que se gobierne a sí mismo y practique, desde ahora, la libertad que proclama.
Compañeras y compañeros:
La mejor manera de honrar a Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado no es convertirlos en figuras lejanas e intocables. Es continuar preguntándonos qué exige su memoria de nosotras y nosotros.
Su memoria exige combatir la represión política.
Exige defender el derecho de nuestro pueblo a la independencia.
Exige no tolerar el encubrimiento, venga del Estado o de nuestras propias filas.
Exige cuidar a quienes luchan, escuchar a quienes denuncian y construir organizaciones donde la dignidad no sea una promesa futura, sino una práctica presente.
Que Cerro Maravilla sea memoria, pero también advertencia.
Que nos recuerde de qué es capaz el Estado colonial cuando un pueblo se organiza.
Que nos recuerde de qué somos capaces cuando vencemos el miedo, rompemos el silencio y nos unimos.
Hoy, desde esta montaña, afirmamos que Carlos y Arnaldo no han sido olvidados.
Que sus nombres siguen caminando en cada huelga, en cada comunidad que defiende su tierra, en cada joven que descubre la historia que quisieron ocultarle, en cada mujer que se niega a callar y en cada persona que levanta la bandera de una patria libre.
Por Carlos Soto Arriví.
Por Arnaldo Darío Rosado.
Por todas las personas perseguidas, encarceladas y asesinadas por luchar.
Por las mujeres que han sostenido y transformado nuestra lucha.
Por un movimiento independentista digno de la libertad que proclama.
Por la unidad de quienes enfrentamos al imperio.
Por la justicia.
Por la dignidad.
Por la libertad.
Por la independencia de Puerto Rico.
¡Que viva Puerto Rico libre!
Mensaje pronunciado el 25 de julio 2026 en el Cerro de los Mártires
La autora es integrante de la Colectiva Feminista en Construcción








