Para Carolina B.G. que las escribe excelsamente
Me gusta leer las dedicatorias de los libros. Esos guiños que dan un crédito fugaz a la familia, pareja, o ser benefactor (muchas veces una misma persona supone las tres) que hicieron posible el milagro, de la idea a la página, de la página a la imprenta.
La dedicatoria es una suerte de graffiti, apunta Janet Fitch, es decir, “un momento privado en un objeto público”. No deben confundirse con los Agradecimientos o con el epígrafe. La dedicatoria, es la única parte de la obra, en teoría, que está destinada a una persona, dice Fitch.
No parece haber demasiada rigidez en el genus de las dedicatorias. Algunas primeras ediciones iban dirigidas a entrañables amigos o parejas que ya para la segunda tirada se habían hecho sal y agua [de una apasionada: “To my wife: I carry you like a passport everywhere”, el novelista británico Graham Greene terminó, en ediciones posteriores, con un aséptico agradecimiento a su prima: “To my cousin Barbara Strachwitz”]. Otras, amorosas, persisten. Leonardo Padura le ha dedicado todos sus libros a Lucía López Coll, su compañera de vida y de labores. De la mano de Mario Conde o no, inicia sus novelas con “y otra vez, y como siempre, para ti, Lucía”. Treinta años después, ‘con amor y escualidez’, reitera: “todavía, para Lucía”.
En ocasiones, las dedicatorias pueden tratarse de un ajuste de cuentas. e.e. cummings, por ejemplo, le dedicó su colección poética No Thanks (1935) a las catorce editoriales que habían rechazado su manuscrito. Las menciona una a una y cada nombre da forma a la urna funeraria.
Algunas dedicatorias pasan por máximas. Claudia Piñeiro, apóstata, les ofrece una de sus novelas policíacas a “los que construyen su propia
catedral, sin dios”. Y otras, son homenajes a los incondicionales, a los amigos“en las buenas y en las mejores”, “en las malas y en las peores”, escribe Luis Rafael Sánchez.
En las librerías de viejo hay mares de dedicatorias a puño y letra. En un ático en Santurce encontré una copia firmada de la primera edición de La bomba increíble (1950) de Pedro Salinas, obra poco convencional y de ciencia ficción, acuciada por el terror atómico, que ideó mientras vivía en exilio. No he descifrado todavía la endiablada tinta verde del poeta pero sí distingo a leguas su firma y la destinataria a la que dirige la copia. Curiosamente, aparte de estos hallazgos azarosos y autógrafos, el autor no le dedicó la obra a nadie. Da vértigo pensar en los cantazos que dan los libros y esos pedacitos de arqueologías personales que desempolvamos fortuitamente.
Hace unos días di con una caja de libros de mi biblioteca juvenil. Han resistido en el apartamento de mi mamá a varias purgas y mudanzas. Enumero: libros escolares, libros que me regalaron (anotados por sus dueños originales), poemarios cuidados en micas de plástico, tomos de fotos y prosa, copias ajadas y marcadas con azul. Sigo: notas autógrafas de amigxs y dedicatorias de algunxs autores en ediciones de bolsillo con mensajes chistosos, cursis, entrañables, y uno que otro, encendido, de gente que años va que no he vuelto a ver.
Para continuar con el ejercicio arqueológico de aleatoria conservación y desparrame, los donaré a libros libres o a la biblioteca que los acepte. Tal vez le interesen a alguien. Y si se despitan de la lectura podrán volver a la dedicatoria impresa o escrita a mano y figurarse o fantasear aquello que fue o que no y que nos sobrevive.







