Especial para CLARIDAD
Cuando se toca el cuatro, se baila bomba y plena y se comparte la comida típica, no solamente se celebra una tradición cultural: se celebra la puertorriqueñidad. En estos actos cotidianos de afirmación cultural comenzamos también a cuestionar y superar el gringocentrismo. El gringocentrismo considera a Estados Unidos como un centro hegemónico desde el cual se imponen modelos económicos, epistemológicos y culturales que se presentan como universales y superiores. Esta imposición ocurre en múltiples dimensiones: económica, cultural, mediática, educativa, política y militar. Desde esta perspectiva, los valores, las normas y las costumbres de Estados Unidos se presentan como referentes válidos para todo el mundo, mientras se ignoran o menosprecian los aportes y conocimientos de otros pueblos y sociedades.
El gringocentrismo también impone una determinada manera de comprender la ciencia, la economía y la política, llegando a catalogar a otras sociedades como atrasadas o inferiores cuando no responden a sus paradigmas. En términos sencillos, supone que lo que Estados Unidos dice y hace se convierte en el modelo que los demás deben seguir. Esta visión se transmite constantemente a través de los medios de comunicación masiva y no únicamente mediante el sistema educativo o el conocimiento académico. De esta manera, moldea nuestra comprensión de la belleza, el éxito, la historia, el desarrollo y hasta aquello que consideramos normal.
Superar el gringocentrismo forma parte de una resistencia y de una estrategia de liberación mediante la cual los pueblos oprimidos y colonizados pueden reapropiarse del conocimiento, la tecnología y el arte, incluso de aquellas herramientas desarrolladas dentro de los sistemas que históricamente los han oprimido. El reto consiste en apropiarnos de esas herramientas y utilizarlas desde nuestras propias necesidades, experiencias y realidades.
Descolonizar la economía
Pero ¿cómo podemos superar, desde la economía, las opresiones que impone un gringocentrismo económico dogmático? Este puede entenderse como la tendencia a analizar, medir y estructurar la economía desde experiencias, leyes, intereses y modelos que toman a Estados Unidos como principal referente y desde el neoliberalismo.
Descolonizar la economía representa un gran reto, especialmente cuando los discursos dominantes provienen de las escuelas de economía, los libros de texto y las interpretaciones que utilizan modelos y teorías profundamente influenciados por el pensamiento neoliberal y por perspectivas eurocéntricas y gringocéntricas. En nuestros estudios de economía muchas veces encontramos poco espacio para pensar críticamente, cuestionar y superar las teorías económicas que se presentan como verdades establecidas. Las discusiones sobre economía feminista, economía ambiental, economía social y solidaria, economía comunitaria y otros pensamientos económicos alternativos permanecen con frecuencia relegadas a cursos o espacios opcionales.
En una colonia existe poco espacio para la disidencia creativa cuando se intenta desafiar los paradigmas dominantes y construir otra economía desde la experiencia de la subordinación y la colonialidad. Cuando la economía se convierte en dogma, deja de funcionar como un campo de investigación abierto y comienza a tratarse como una verdad absoluta, innegable e indiscutible. Cuestionar los principios que sostienen un sistema teórico y plantear que existen otras maneras de comprender la realidad económica constituye, por tanto, un acto de resistencia. Pensar que puede existir otra forma de entender la economía y cuestionar el paradigma vigente representa un reto dentro de una estructura colonial. Sin embargo, precisamente ese cuestionamiento constituye una de las vías para superar el gringocentrismo.
Desde la economía debemos superar los dogmas impuestos y abrir espacios para otras formas de pensar y hacer economía. Esto implica construir una economía que cuestione las opresiones existentes y proponga lógicas alternativas de desarrollo. Para ello, es necesario desplazar el foco desde la acumulación de capital hacia la sostenibilidad de la vida.
Una economía alternativa debe reconocer las prácticas que democratizan los recursos, valorar los trabajos históricamente invisibilizados —como el trabajo de cuidado— y respetar los límites de la naturaleza. Se trata de avanzar hacia una economía humanizada, entendida como un modelo que coloca a las personas, las comunidades y su bienestar en el centro de la actividad económica, en lugar de priorizar exclusivamente la acumulación de capital y el crecimiento económico.
A tono con esta resistencia, la economía también exige cuestionar las métricas tradicionales de carácter gringocéntrico y eurocéntrico. No se trata necesariamente de descartar indicadores tradicionales como el Producto Interno Bruto (PIB) o el crecimiento, sino de reconocer sus limitaciones y evitar que se conviertan en la única manera de medir el bienestar y el desarrollo de un país.
En Puerto Rico es necesario prestar atención a fenómenos como la subordinación política, el extractivismo financiero, la dependencia de las importaciones, y las lógicas comunitarias de subsistencia. El objetivo debe ser visibilizar cómo opera la colonialidad económica en el archipiélago y, al mismo tiempo, identificar y sistematizar las alternativas de soberanía económica que ya existen en nuestro territorio.
La disidencia creativa como herramienta económica
La disidencia creativa en la economía utiliza el arte, la innovación social y el llamado hackeo cultural para cuestionar el modelo económico dominante y construir alternativas concretas. No se trata únicamente de protestar contra aquello que rechazamos, sino de crear prototipos vivos de la economía que queremos ver, comprender y construir.
El primer paso consiste en cuestionar aquello que hemos aprendido a considerar «normal» o «inevitable». Esto supone un cambio cultural: identificar las ideas que damos por ciertas, preguntarnos de dónde provienen y reconocer que existen otras formas posibles de organizar la vida económica. Desde Puerto Rico tenemos el derecho y el deber de crear, con conciencia crítica, otras formas de hacer economía. Por ejemplo, podemos desarrollar sistemas alternativos de intercambio que reconozcan valores distintos al dinero convencional, como el costo ecológico de un producto, el valor del tiempo de cuidado o la contribución de determinadas actividades al bienestar colectivo.
En este proceso, el conocimiento, la tecnología y el arte se convierten en herramientas de liberación.
El arte puede desempeñar un papel fundamental. Podemos crear teatro combativo que visibilice el absurdo del consumismo y la especulación financiera, así como utilizar las redes sociales para abrir espacios de discusión. El humor y la sátira pueden convertirse en herramientas educativas capaces de cuestionar las estructuras económicas y políticas sin perder su capacidad de conectar con la gente. Aportaciones como las De la Nada y Kike Estrada ofrecen alternativas de cómo con humor podemos educar y dialogar para cuestionar.
También podemos desarrollar auditorías ciudadanas creativas que presenten, de manera accesible y satírica, información basada en datos reales sobre subsidios corporativos, exenciones contributivas, costos sociales y ambientales de determinadas industrias y otros elementos de la estructura económica del país. De esta manera, podemos cuestionar el discurso que presenta automáticamente ciertas actividades como crecimiento económico sin considerar quién se beneficia, quién paga los costos y cuáles son las consecuencias sociales y ambientales.
Una de las formas más importantes de disidencia consiste en crear redes autónomas y comunitarias dentro de los espacios de la economía intersticial. Esta expresión, economía intersticial, hace referencia a las prácticas económicas informales, comunitarias o de supervivencia que operan en los espacios vacíos, intermedios o resquicios del sistema capitalista dominante. La economía intersticial representa precisamente aquello que se encuentra «entre otras cosas», espacios donde pueden surgir relaciones económicas diferentes a las estructuras dominantes. En Puerto Rico existen y pueden desarrollarse múltiples proyectos capaces de construir otra economía desde esos espacios.
En distintos países, por ejemplo, algunas comunidades han creado sistemas locales de intercambio donde la unidad de cambio es la hora de trabajo. No importa si una persona es médica, carpintera o cuidadora: el tiempo de cada persona tiene el mismo valor dentro del sistema. También existen iniciativas como las tiendas gratuitas o mercados comunitarios, donde los bienes se comparten, regalan o intercambian, desafiando directamente la lógica de la compraventa y del descarte. Otro ejemplo es la gestión de los bienes comunes. Las comunidades pueden organizar recursos como herramientas, semillas, software, espacios y tierras bajo modelos de gestión colectiva que eviten su privatización y promuevan el acceso compartido.
El cooperativismo también constituye una alternativa importante. Podemos desarrollar plataformas digitales de transporte, entrega u otros servicios donde los trabajadores sean propietarios de la plataforma, participen en la toma de decisiones y reciban los beneficios generados por su trabajo. De esta manera, el conocimiento y la tecnología dejan de ser exclusivamente instrumentos de acumulación y se convierten en herramientas que pueden ser apropiadas, compartidas y utilizadas para el bienestar colectivo.
Esto también permite cuestionar la imposición de modelos teóricos inadecuados: la idea de que todo debe medirse mediante determinados indicadores que muchas veces no explican lo que realmente ocurre en nuestras comunidades. Desde nuestros propios espacios podemos construir nuevos indicadores que respondan a nuestras necesidades y realidades.
Las monedas sociales constituyen otro ejemplo de alternativas que se han desarrollado en comunidades de Europa, Estados Unidos y América Latina. Estos sistemas crean formas de intercambio local mediante vales, créditos o monedas comunitarias que pueden circular dentro de determinados espacios y comercios. Su propósito puede incluir fortalecer las economías locales y reducir la fuga de capital hacia grandes corporaciones.
En Puerto Rico se desarrolló una experiencia conocida como los Pesos de Puerto Rico, un proyecto artístico y social que exploraba qué cosas valoran los puertorriqueños. La iniciativa tuvo elementos valiosos porque abrió una conversación sobre el significado del valor y sobre aquello que una sociedad decide reconocer económicamente. Sin embargo, una experiencia de este tipo también permite plantearnos una pregunta decolonial: ¿por qué las alternativas económicas que se experimentan en Puerto Rico tienen que depender de modelos externos para ser consideradas válidas? Ese gringocentrismo lo debemos cuestionar. El reto es desarrollar estos experimentos desde aquí, para nosotros, a partir de nuestras propias necesidades y experiencias. Podemos recuperar la idea de las monedas sociales como herramienta educativa y cultural para conversar críticamente sobre la dependencia económica y el colonialismo monetario. No se trataría simplemente de crear otra moneda, sino de utilizar el proceso como un experimento social que permita discutir qué valoramos, qué medimos y por qué determinadas actividades reciben reconocimiento económico mientras otras permanecen invisibilizadas. Así aprendemos y compartimos qué se puede hacer y crear comunidad.
Otra posibilidad, desde la economía social y solidaria, sería reunir en una comunidad a personas que sepan coser, reparar electrodomésticos, arreglar computadoras o trabajar con diferentes oficios. Podemos crear espacios públicos donde las personas lleven objetos dañados y, de manera gratuita, los reparen colectivamente mientras comparten conocimientos, conversan y toman café o jugos. Compartir y hablar para entender, mientras se repara un objeto, también se puede conversar sobre las contradicciones del sistema económico: la obsolescencia programada, el consumo excesivo, el desperdicio, el daño ambiental y la dependencia de comprar constantemente productos nuevos. Así se desafía la lógica de «comprar, tirar, comprar» y se recupera el valor del conocimiento, la reparación, el intercambio y la cooperación. Además, se fortalece el tejido social mediante el regalo, el conocimiento abierto y la colaboración.
Estos espacios pueden convertirse también en lugares para identificar problemas y construir soluciones. Hablamos de por qué determinadas ideas se nos imponen, de dónde surgen, qué intereses representan y cómo podemos combatir las formas de opresión que producen. De esta manera, la economía deja de ser solamente un asunto de números y mercados y se convierte en un espacio de educación, participación, creatividad y transformación social.
Sin embargo, debemos asegurarnos de que estas alternativas no se conviertan en burbujas elitistas. Una nueva economía debe responder a las necesidades reales de las poblaciones más vulnerables, integrarlas y crear espacios donde sus conocimientos y experiencias sean reconocidos. La transformación económica tiene que ser accesible, participativa y capaz de resignificar los espacios comunitarios.
Hacia una economía decolonial transformadora
De esta economía humanizadora, que incluye la economía social y solidaria y comunitaria, podemos avanzar hacia una economía decolonial transformadora. Esta perspectiva no entiende la economía como una ciencia completamente neutral, apolítica y separada de las relaciones de poder. Por el contrario, reconoce que las teorías económicas, las políticas públicas y las formas de medir el desarrollo están relacionadas con estructuras históricas de poder, incluyendo el estatus colonial de Puerto Rico.
Una economía decolonial transformadora debe devolverle a la economía su carácter de campo científico abierto a la duda, la investigación, la crítica y la transformación. Esto significa superar subjetividades y racionalidades que no han contribuido al bienestar de la sociedad y buscar alternativas capaces de responder a nuestras realidades.
Esta economía coloca la vida, el bienestar de las comunidades y la sostenibilidad ambiental en el centro de la actividad económica, en lugar de colocar el lucro y la acumulación capitalista como objetivos absolutos.
La descolonización económica consiste en desarrollar la capacidad crítica para decidir qué conocimientos, tecnologías, modelos y prácticas nos sirven, cuáles debemos cuestionar y cuáles podemos transformar desde nuestra propia realidad.
Por eso, cuando tocamos el cuatro, bailamos plena o bomba y compartimos nuestras comidas, también estamos afirmando que existen otras formas de valorar, producir, compartir y vivir. A la vez estamos construyendo identidad y autonomía donde la cultura puede convertirse en un punto de partida para cuestionar las estructuras económicas que nos han sido impuestas. Cuando cuestionamos los dogmas económicos, creamos alternativas y ponemos la vida por encima de la acumulación, avanzamos hacia una economía decolonial transformadora.
Crear economía decolonial transformadora donde el pensamiento crítico y el diálogo se convierten en herramientas fundamentales, mientras que el conocimiento, la tecnología y el arte pueden transformarse en instrumentos de liberación.








