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¡Hasta la Victoria de la Idea!

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NaciÓN

En los días del cometa

 

Año: 2061, entre junio y julio

Noah mira hacia los cayos de Pozuelo. En otros años había cayos más al sur; quedaron sepultados cuando subió el nivel del mar. Los que se ven ahora fueron formados por la erosión y la entrada de la marea donde hubo manglares en otro tiempo. Él no vio esos manglares. El sargazo, con su olor peculiar, acapara lo que queda de orilla.

Sus gafas digitales le protegen la vista de los intensos rayos solares. No se ven las cintas de espuma de las olas en su vaivén de antes. Ve los muros de contención que los vecinos improvisaron antes de mudar sus negocios más cerca de la Número Tres. Oye el rumor de drones, prestando diferentes servicios a distancia: servidrones llevan alimentos recién preparados desde un restaurante hasta algún hospedaje; dronmeds, los únicos con luces rojas intermitentes, acarrean materiales médicos a una sala de emergencia. Ese cielo saturado de hélices ha devorado el espacio de la contemplación.

Noah bendice a los viejos. Han tomado importancia desde 2045. Con la obsesión por una sociedad sin papel, se redujo el número de periódicos y bibliotecas casi al de extinción. El leer se consideró una pérdida de tiempo; para aprender estaban las redes. Pero el aprendizaje se fue convirtiendo en diversión, con un aumento de contenido cada vez más liviano. Las centrales de Inteligencia Artificial llegaron a su máxima capacidad de acumulación de datos y comenzaron a olvidar selectivamente la información que no se consultaba.

No fue rebelión de máquinas; fue obediencia algorítmica a la apatía humana. Al principio, pequeños olvidos en que la biografía de algún artista era reducida a su mínima información; terminó en olvido catastrófico. Los cerebros digitales descartaron filosofía, poesía e historia cuando las consultas se volcaron hacia entretenimiento, bochinche y respuestas cortas.

Así dejaban lugar para lo nuevo. Los centros de datos no sólo olvidaban la información guardada, sino que la inventaban al responder. De la información se pasó a la falta de ella; y de allí, a la desinformación total.

Esa es la escuela electrónica del presente: un balbuceo de chismes continuos carentes de profundidad, sin reflexión de lo pasado ni planificación para el futuro.

Noah busca algo más. Ha escuchado historias, y se dedica a recopilarlas. Por la escasez, hace su papel con sargazo, en el que escribe todo aquello que encuentra en su camino.

Noah llega a la casa de María, una de esos vecinos con quien le gusta conversar, cuando el sol comienza a esconderse. El cielo está de un tono ocre, con una bruma de polvo sahariano que flota sobre la región, difuminando las luces de un dronmed que cruza como una sombra hacia el hospital.

Ella, al principio con aprehensión, le ha permitido investigar en su colección de elepés muy bien cuidados, acumulados a lo largo de sus setenta y cinco años de vida.

Hoy descubre una danza que nunca había oído: Tú y yo, compuesta por Ángel Mislán en mil novecientos seis de un poema escrito por Bécquer en el siglo diecinueve. María se ausenta unos minutos para buscar una mejor versión. En lo que ella regresa, Noah escribe la nueva información, buscando no dejar nada fuera.

Cendal flotante de leve bruma, rizada cinta de blanca espuma, rumor sonoro

de arpa de oro,

beso del aura, onda de luz:

eso eres tú. 

—¿A dónde se ha ido la poesía? –, comenta María-. Hoy es una desconocida. ¿Quién podrá escribir algo así?

—En Internet hay páginas de esto.

—Esto se llama Poesía, y lo de Internet no lo es. Dictar una idea para que un cerebro digital lo versifique no es hacer poesía.

—Pero un cerebro electrónico lo podría escribir más rápido, y hasta mejor.

María le espeta una mirada seria y prolongada. Hay silencio sostenido. Noah siente que acaba de infringir una ley no escrita que ha aprendido con los mayores: a los viejos no se les contraría. Puede llevar a una reprimenda ruda e inmediata. «Si sabes tanto, ¿pa qué carajos me preguntas? Vete a Internet, que allá aprendes.» Podría significar un destierro de conversaciones futuras.

—Poesía es expresar lo que siente el alma. Eso es indelegable. Y no hablo solo del cerebro artificial. Otro ser de carne y hueso no puede sentir lo que tú sientes. Dejárselo a otros es silenciar tu expresión humana.

La aguja del tocadiscos salta con un chasquido, regresando al silencio que solo interrumpe el zumbido de una motora que pasa por allí.

—¿Conoces del Cometa Halley, el que pasará cerca de la Tierra? -, pregunta ella, mientras coloca la versión que trajo (cantada por un Danny Rivera) en el plato.

Ese no es un tema muy mencionado en las conversaciones hoy día. Noah ha leído algunas cositas y ha visto imágenes en la Red. Contesta que sí, aunque sin mucho convencimiento.

—Pues Bécquer nació el año en que pasó ese cometa en el siglo diecinueve. Mil ochocientos treinta y seis. Quizá es con ése con el que se compara en el poema. Un niño del Cometa, como yo.

Para cuando ella nació (1986), la gente se congregaba frente a los televisores para ver las imperfectas imágenes satelitales, pues no existían las redes inalámbricas (ese año, el Gobernador Hernández Colón realizó la primera llamada de teléfono celular en Iberoamérica, desde Fortaleza hasta Naranjito-).

—

Tú, sombra aérea, que cuantas veces voy a tocarte te desvaneces

voy a tocarte te desvaneces.

¡Como la llama, como el sonido, como la niebla, como el gemido del lago azul!

 Desde ayer en la tarde, los versos de la danza siguen orbitando en su mente. Compás de un dos, un dos. También recuerda las últimas oraciones de su conversación con maría.

—En aquellos tiempos era fácil hacer un poema. Pero hoy día ni siquiera hay olas en la playa.

Ni siquiera hay playa. Y ni siquiera se ven bien las estrellas como antes. Todo ha cambiado para peor.

—Y por eso es más importante el hacer poesía. Porque no depende de lo que se ve afuera, sino de lo que está en el alma. Escribir unos versos, y ver lo eterno en lo fugaz, ya es cambiar lo que se ve. Para eso, hay que saber escuchar lo que se tiene adentro. Pero sin prisa.

Y Noah piensa que hoy día todo se hace a la prisa. Difícil poder hablar con alguien más de cinco minutos sin que la conversación derive a la trivialidad. Y luego, se olvida. Si se le pregunta a alguien acerca de una conversación anterior, se descubre que ya borró el programa. Nada parece tan importante como para recordarlo. Se vive y se habla sólo en presente. Quizás por eso muere la poesía; porque busca lo eterno en lo pasajero, sin acomodarse en ello. Mientras sólo se busque lo fugaz, el alma no tiene espacio en el mundo.

—

En mar sin playas onda sonante, en el vacío cometa errante, largo lamento

del ronco viento,

ansia perpetua de algo mejor,

¡eso soy yo!

 Mientras yerra por la orilla, Noah levanta la vista buscando el firmamento a través de la densa neblina. Se espera una depresión tropical en los próximos días.

Con sus gafas digitales busca alguna foto que le familiarice con el inquieto errante. Aparecen muchas imágenes nítidas, enviadas por los observatorios desde el espacio. Distintas a lo que se puede ver a simple vista.

—

Año: 2061, 17 de julio, 3:45 A.M.

 

Yo, que a tus ojos, en mi agonía, los ojos vuelvo de noche y día;

yo, que incansable corro y demente

¡tras una sombra, tras la hija ardiente de una visión!

 Noah está sentado en el muro de contención. La madrugada le enfría su cara descubierta.

Vuelve sus ojos hacia la oscuridad del este, por dónde saldrá el cometa. La bruma sahariana es una gaza que apenas deja colar la luz estelar. Ajusta sus gafas a modalidad nocturna. Eso Ayuda. Las estrellas más potentes aparecen con un poco de brillo.

Le pide a Internet que despliegue un mapa celeste virtual. Enseguida, el cielo se convierte en un diagrama con paralelos y meridianos, con constelaciones marcadas con rayas y puntos.

Todavía mirando al este, da la directriz: «Cometa Halley». Un punto rojizo se ilumina, casi en la línea del suelo.

Manda quitar el mapa. Una luz muy tenue tirita allá. Se quita las gafas para observar mejor el fenómeno. Es casi imperceptible. Tan claras que se ven las imágenes que envían los observatorios espaciales a través de la red, y él está viendo esto.

Piensa que quizás esta será la única vez que lo verá, o que la humanidad sepa de su visita. Siente que debe escribir algo; dejarlo registrado por si en el futuro alguien desea conocer qué sintió verlo. Buscar lo eterno en lo fugaz.

No le dicta a ninguna máquina; ni siquiera ha traído su cuaderno. Está demasiado oscuro para escribir. Deja que el aire salobre y el pulso de su propio corazón dicten el ritmo. Escribirá luego.

No es perfecto, pero para él es un comienzo:

Tras mi cristal te veo brillante, limpia, pescada despacio…

pero tan fría en la red.

Yo quiero escudriñarte de frente, en la orilla, apartar la bruma que te escondió…