Especial para En Rojo
Como no soy historiador, no me acerco a este libro de historia desde esa perspectiva académica. Me refiero al libro recién publicado por Emanuel Figueroa Rosado, Borinquen rojo: historia del comunismo en Puerto Rico, 1919-1845 (San Juan, Ediciones Laberinto, 2026). En el pasado me he acercado y muy probablemente en el futuro me acercaré (¡Espero!) a otros libros de historia de la misma forma: desde la perspectiva de un lector interesado. Es que el no ser historiador no quiere decir que no pueda comentar este u otros libros de esta materia. Así es porque me acerco a estos como un lector intrigado y comprometido que tiene algunos conocimientos sobre este campo, aunque no sea especialista en el mismo. Y, por ello, desde esa perspectiva y como aprendí de mi mentora y modelo, Nilita Vientós Gastón, puedo comentar humilde y honestamente un libro de historia sin reclamar, por ello, ser experto en esa materia. Y puedo hacerlo pensando en que de alguna manera puedo aportar algo, aunque no sea desde una perspectiva técnica. Zapatero a tu zapato, me dijo una vez alguien a quien no le gustó mi comentario sobre un libro que no era de literatura. Y yo respondo ahora: mi zapato es el libro y mi taller es la lectura atenta e interesada.
Como lector interesado, pero no técnico, leí este voluminoso estudio (661 páginas) de Figueroa Rosado sobre el desarrollo de los partidos comunistas en Puerto Rico. El libro fue su tesis doctoral y en muchos sentidos se nota su origen académico, especialmente en su rigurosa constancia por apuntar las fuentes que emplea. Las notas a pie de página ocupan gran espacio, en algunos casos casi la mitad de estas. A veces, en esas notas no sólo aparecen las fuentes o las referencias bibliográficas en que el autor se apoya, sino que ahí se esconde algún otro dato de gran interés, algún detalle de la vida de las personas a quien estudia. Por ello no podemos descartar esas notas que a veces pueden parecer excesivas. Pero estas y las seiscientas páginas del libro no deben asustar ni ahuyentar a los posibles lectores porque Figueroa Rosado sabe contar una historia y lo hace muy bien. Su libro es entretenido y casi lo podemos leer como una obra de ficción. Detrás de esta aseveración, aclaro, se esconden las ideas de Hayden White y su Metahistory… . Pero ahora no viene al caso examinar mis conceptos de la historia sino comentar los aportes de Figueroa Rosado en su libro.
Aquí quizás entra en mi lectura mi propia formación o deformación profesional ya que me interesé grandemente en la manera que Figueroa Rosado cuenta los hechos. El libro está estructurado de manera muy clara y hasta pedagógica; los capítulos y los apartados en que se divide el texto evidencian el interés del autor por ir construyendo de manera lógica y hasta didáctica su argumento. Pero, al hacerlo, este no deja de ir creando personajes según va narrando los hechos. Sí, los individuos que pueblan el libro existieron y todo lo que el autor dice sobre ellos se basa en evidencia histórica. Pero, casi como si fuera un novelista, Figueroa Rosado crea un gran interés narrativo a partir de esas vidas que reconstruye parcialmente. Y lo que no se dice sobre ellos es porque no viene al caso o porque se desconoce. Pero así crea interés o expectativa narrativa en los lectores. Los actores históricos del libro parecen personajes de ficción o, así es sin ir en contra de lo que dice la evidencia histórica que tenemos sobre estos luchadores comunistas. Figueroa Rosado deja al lector intrigado sobre la vida de estas figuras que son más que meros actores en una trama histórica y, con la lectura, se convierten en personajes de una narración. Por ejemplo, terminé de leer este libro con ganas de saber más sobre la vida de José Antonio Lanauze Rolón, el médico negro comunista de Ponce, o de Jean Speed, la comunista de Alabama que terminó en Puerto Rico, o sobre Alberto Sánchez, el comunista aguadillano que se hizo muñocista, o sobre Consuelo Lee Tapia, la marxista de la alta burguesía ponceña que fue central en la transformación ideológica del que fue su segundo esposo, Juan Antonio Corretjer, o sobre Elmer Ellsworth, el gringo aliado de Muñoz, o sobre Ramira Mangual, una de las pocas mujeres que se mencionan en el libro, o sobre Juan Santos Rivera quien repartió entre distintas familias a sus cinco hijos y recluyó a su esposa en un manicomio para irse a estudiar teoría marxista a Moscú, o sobre Deusdedit Marrero, un joven campesino de Adjuntas, que es el personaje más trágico de todos los que pueblan este libro. No se diga cómo quedé de interesado en saber más sobre César Andreu Iglesias – a pesar de que ya tenemos un estudio sobre su vida y su obra escrito por Georg H. Fromm – porque este se convierte en el gran personaje, casi en el héroe, de todo el libro. A veces, con sólo mencionar a alguien – a Francisco Manrique Cabrera, a Tomás Blanco, a Clemente Soto Vélez – Figueroa Rosado es capaz de hacernos repensar nuestra imagen de la persona a quien menciona sólo de pasada. Es que Figueroa Rosado va construyendo personajes históricos que mucho tienen de personajes literarios. Y eso lo hace porque dice algo sobre estas figuras reales, pero no lo dice todo porque no lo sabe todo. ¡Cuánto no daría yo por saber más sobre estas vidas reales que en el texto se van convirtiendo en personajes de ficción por lo que no se dice sobre ellos, a veces porque no se sabe más! En este sentido Figueroa Rosado es un excelente narrador. O quizás mi lectura de su libro sea demasiado literaria.
Borinquen rojo… tiene también para mí otros méritos. Por ejemplo, su autor explora la relación de los comunistas puertorriqueños con otros latinoamericanos para ver cómo la defensa de las ideas progresistas que estos defendían se relacionaba con el ideal independentista y con una visión latinoamericanista de nuestra cultura y realidad política. Hasta hay dos capítulos, el 31 y el 32, específicamente dedicados a establecer los contactos de los boricuas con los movimientos progresistas en México y Cuba respectivamente. Figueroa Rosado apunta como algunos importantes intelectuales y políticos boricuas “…se cartearon con uno de los comunistas más importante de toda América, José Carlos Mariátegui” (30). Entre estos menciona a Vicente Géigel Polanco, Samuel R. Quiñones, Emilio R. Delgado y Juan Antonio Corretjer. Figueroa Rosado también apunta al importante papel que desempeñó tanto en su país, como en Puerto Rico y el resto de América Latina, el líder obrero mexicano Vicente Lombardo Toledano (1894-1968). Otro dato curioso que sirve para recalcar la relación de México con el Caribe es que Isabel Lombardo Toledano (1902-1970), hermana de este líder obrero, fue la esposa del gran intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña (1894-1946). Y los contactos con los comunistas cubanos también fueron fuertes e importantes. Muchas veces los libros y la propaganda política que los comunistas boricuas vendían o distribuían en la Isla venían de Cuba. Juan Marinello (1898-1977) fue uno de los cubanos que más contacto tuvo con los comunistas boricuas.
La relación de los comunistas boricuas con el Partido Comunista Estadounidense (CPUSA) como apunta frecuentemente Figueroa Rosado fue estrecha y, a veces, hasta contraproducente. El partido puertorriqueño, siempre con pocos miembros y, por ello, con muy pocos recursos económicos, dependía grandemente del estadounidense. Esta relación paradójicamente reflejaba la de la dependencia política y económica de la Isla con la metrópolis. Esta y el reconocimiento de los comunistas de la Isla y los de Estados Unidos de la trascendencia de la emigración boricua a la metrópolis llevó a hacer evidente la importancia de esa relación y la necesidad de reconocer la contribución de los comunistas puertorriqueños en Nueva York. Pensemos, por ejemplo, en Bernardo Vega y en Jesús Colón. Y, sobre todo, pensemos en el importante papel que desempeñó Juan Antonio Corretjer como editor de la revista Pueblos Hispanos, revistas subvencionada por el CPUSA y donde se publicaron importantes textos de Julia de Burgos, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y de muchos otros intelectuales progresistas latinoamericanos. Figueroa Rosado reconoce la importancia de esa revista, pero también ve los problemas que trajo la relación entre el partido comunista de la metrópolis y el de la colonia.
He recalcado la accesibilidad de la escritura de Figueroa Rosado. Pero también tengo que apuntar problemas estilísticos y gramaticales que hallo en su prosa. El principal es el de los calcos del inglés (“correr” por “ser candidato”; “hacía sentido” por “tenía sentido”) y el abuso del gerundio, sobre todo el término el del verbo ser: siendo. Hay también inconsistencias en la ortografía de ciertos nombres (Cuevas y Cuebas). Hallo uso incorrecto de términos: “El pueblo con la mayor cantidad de comunistas era Cabo Rojo…” (540) Cantidad se emplea preferentemente para algo inanimado; en este caso se debe hablar de número de comunistas. Muchas veces hay cambios de tiempos verbales en una misma oración. Pero, en general, el estilo es correcto y hasta ameno.
Sea como sea y a pesar de estas críticas gramaticales y estilísticas, este es un libro de interés por su temática, por su estructura, por las puertas que abre a otros investigadores, por las fuentes que recopila, por el amplio contexto histórico que construye. Ya espero otro volumen de este autor donde continúe explorando las corrientes comunistas en nuestra historia. Por todo ello y sin ser historiador, recomiendo la lectura de Borinquen rojo.
*ESte libro está disponible en CLARITIENDA







