En lo profundo de las grutas más recónditas de la sociedad puertorriqueña se escuchan los ecos de las voces del pueblo. Ecos de voces que reclaman justicia y un nuevo orden sistémico con gobiernos del pueblo y para el pueblo. Donde el futuro ofrezca una nueva alborada. Un porvenir no sustentado en la retórica hueca y promesas demagógicas. Sin el humo de idearios fantasiosos. Más bien, un futuro con transformaciones en el presente y ofrecimientos tangibles y pragmáticos basados en realidades factibles con la participación activa de todos.
Abrir los oídos y hacerlos sensiblemente perceptibles al eco de esas voces es condición necesaria para un buen político. Sin esa sensibilidad su quehacer se convierte en mera futilidad. En un quehacer político vacío de sustancia verdadera. Mera palabrería y retórica. Hace falta llenar la política puertorriqueña de sustancia para que no sea únicamente ruido; alboroto que se escucha por todos pero no convence.
No se trata de ser el político que más se escuche, sino de ser el que más buenas ideas convincentes proponga. Desde luego, haciéndose escuchar con ideas claras y no con ruido ensordecedor de mera retórica insustancial y hueca.
Empero, el pueblo necesita tener pensamiento crítico para poder evaluar bien las propuestas. No caer seducido por cantos de sirena. Para ser lo suficientemente analítico para ello no es necesario ser un genio o un intelectual. La gente del pueblo con su sencillez también es analítica. Su análisis desnuda las ideas y las lleva a su valor pragmático. A la utilidad que pueda tener en sus vidas.
A ese valor práctico se reduce la política. Porque la política tiene que tener una utilidad práctica para la sociedad. Si no carece de valor real alguno. Se diluye en mera retórica inútil. Sin utilidad alguna para el pueblo. En una taumaturgia palabrera para alucinar engañosamente a la gente. Es cuando la corrupción gana terreno en la gobernanza y la política se convierte en un ardid para enriquecerse y enriquecer a otros. Si no hay ideas, entonces el vacío en la política se llena con intereses mezquinos.
Tal parece que esto es lo que está aconteciendo en Puerto Rico. La política ha ido perdiendo ideas con contenido y sustancia. Se ha convertido en mero ruido. Un ruido vacío de ideas que resuena en los oídos de la gente. Así la política del presente pretende llenar el espacio que le corresponde en la sociedad.Y el vacío de ideas en la política puertorriqueña lo está llenando la corrupción. La gobernanza ha terminado pletórica de cabildeos en busca de satisfacer intereses particulares y mezquinos. El bien común se ha convertido en un adorno retórico en la política.
Hay apatía, escepticismo e incredulidad en el pueblo con la política y el gobierno. Y habiendo ansias de insurrección contenida del pueblo, ese coraje se desplaza hacia conductas de intolerancia en la cotidianidad gregaria y de violencia, tanto doméstica como de todo tipo. Se ha ido detonando una agresividad en todos los ámbitos de la sociedad. Los puertorriqueños no encuentran cómo canalizar ese coraje.
En medio de esta frustración colectiva, se hace imperioso encontrar sosiego en un plan de país que canalice consensuadamente la ira del pueblo en la construcción colectiva de un porvenir promisorio y esperanzador que nos una como nación, sin importar las preferencias políticas de cada cual. Un proyecto de país patriótico, no políticamente sectario.
No hay mejor cura para la desesperanza de un pueblo que el patriotismo unificador. Canalizar todas las energías colectivas en un sentimiento común para la construcción de un mejor presente y de un futuro promisorio con miras a ver realizado un nuevo país. Es así como la sana política canaliza las energías de todo un pueblo. Y esto se logra mediante ideas consensuadas y unificadoras. En procurar esas ideas consiste la sabiduría de la buena, eficiente y constructiva política. Para ello es necesario escuchar los ecos de las voces del pueblo en las más recónditas grutas de la sociedad puertorriqueña.







