El pasado domingo, 25 de octubre, el pueblo brasileño demostró que ha aprendido muy bien las lecciones de su historia y que no está dispuesto a permitir que se juegue con su soberanía, su democracia, su patrimonio ni sus conquistas. Eso es exactamente lo que significa el cuarto triunfo electoral del legendario líder de multitudes y fundador del Partido de los Trabajadores ( PT) de Brasil, Luiz Inacio «Lula» da Silva: una respuesta contundente a la disyuntiva histórica que enfrentan nuestros países entre izquierdas y derechas políticas, y las consecuencias que estas representan para los derechos y la vida diaria de los pueblos. En la actual coyuntura del mundo, votar sin medir consecuencias puede comprometer a largo plazo la existencia misma de una sociedad.
El pueblo brasileño, sus jóvenes, sus organizaciones de la sociedad civil, sus trabajadoras y trabajadores, sus comunidades populares, las y los religiosos progresistas, y todos los funcionarios y personas de bien en esa gran y diversa patria latinoamericana, se movilizaron al unísono, con precisión, disciplina, y una férrea voluntad patriótica para superar el resultado desalentador de una primera vuelta electoral desabrida, y remontar hacia una victoria por más de 4 millones de votos. Fue un triunfo que superó todas las expectativas y que ha abierto una vía de esperanza al progresismo latinoamericano, en repliegue desde que el derechismo filibustero del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su doctrina imperialista, lanzaron su ofensiva para acaparar los recursos de nuestros pueblos y así expandir su hegemonía en la región y el mundo.
Este triunfo de Lula es particularmente importante como detente al avance arrollador de las políticas del capitalismo neoliberal y extractivista, capitaneado desde Estados Unidos por el gobierno de Donald Trump y su claque aliada de billonarios, y el riesgo existencial que esto representa para las poblaciones autóctonas, los recursos naturales y el medioambiente de los países.
El contraste entre Lula y su principal adversario, Flavio Bolsonaro, no podía ser más flagrante. De un lado, el veterano arquitecto del Brasil moderno, el visionario abanderado de su pueblo que ha sacado a millones de sus compatriotas de la pobreza y abrió amplias oportunidades de trabajo y crecimiento a las masas empobrecidas de su país, víctimas de la exclusión, la represión y el aislamiento de una sociedad de castas. Por su parte, Bolsonaro, de 45 años y muy poca vida útil ni experiencia política, es el hijo protegido del ex presidente Jair Bolsonaro, archienemigo de Lula y de los derechos humanos de los más débiles, un ex militar ultraderechista con vocación dictatorial y un apetito voraz por las riquezas que no le pertenecen. Resentido hasta el tuétano, Bolsonaro padre languidece en prisión domiciliaria por golpista, y lanzó a su hijo al ruedo presidencial, confiando en que su amigo Donald Trump, les cargaría al triunfo como lo hizo antes con otros ultraderechistas latinoamericanos.
Dentro de esa órbita, y por intereses personales y de claque familiar, Flavio Bolsonaro, como antes lo hizo su padre, Jair, eran los aliados naturales que Trump quería para abrirle paso al capital estadounidense a las tierras raras de Brasil y a la minería en la zona del Amazonas. Cuadraban a perfección en el esquema de la pretendida hegemonía estadounidense. Apoyados en los algoritmos de inteligencia artificial que les organizaron sus aliados Zuckerberg de Meta y Musk, de X, intentaron invisibilizar a Lula, distorsionar sus mensajes y crear una falsa narrativa de victoria para Bolsonaro y su claque. De ahí que Bolsonaro, al ganar la primera vuelta, se sintiera tan confiado en su burbuja que se durmió en los laureles.
El pueblo brasileño volvió por sus fueros. No permitiría que una claque advenediza y mafiosa le arrebatara sus conquistas. En el Amazonas, hubo miles de indígenas que caminaron varios días para llegar a sus centros de votación, y en todo Brasil se reprodujo el mismo escenario: filas masivas de brasileños de a pie desafiaron lluvias, sabotaje del transporte, desinformación y amenazas para ejercer su derecho como Lula y el PT les enseñaron. El resultado fue un triunfo limpio y resplandeciente, en ningún modo ensombrecido por las protestas infundadas del aspirante derrotado, hoy fugitivo en Miami, bajo el palio de sus aliados, Javier Milei y Donald Trump.
Otra vez el contraste. Lula triunfal por cuarta vez, reivindicado por la historia y por su pueblo. Bolsonaro, huyendo de Brasil como ladrón en la noche para no responder por sus fechorías. Y Brasil, al menos por ahora, continúa imbatible su marcha hacia el futuro, a salvo de la mafia Bolsonaro que sólo le hubiera traído destrucción.








