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NaciÓN

Elecciones en » la casa del trompo» 

Cuando Donald Trump resultó electo presidente de Estados Unidos la primera vez en 2016, todo el mundo pensaba que su elección había sido un «blooper», uno de esos disparates que, de vez en cuando, se cuelan por las entretelas de la historia. A lo largo del siglo veinte y lo que iba del veintiuno hasta ese momento, la historia electoral en Estados Unidos había sido predecible, más bien aburrida, con la eterna alternancia de dos partidos cuasi únicos, Demócrata y Republicano, cuya diferencia principal entre uno y otro era, y sigue siendo hasta hoy,  una cuestión de énfasis. Realmente, muy poco sustantiva. Así se habían sucedido las administraciones presidenciales desde el Republicano William McKinley,  reelecto en 1900 tras haber ganado la Guerra Hispanoamericana y haber tomado posesión de Filipinas y Puerto Rico, hasta entonces colonias de España. Esa victoria militar muy predecible  convirtió a Estados Unidos en un imperio colonial y una potencia mundial antes de que McKinley fuera asesinado en 1901, en medio de su segundo mandato.

McKinley y su Vicepresidente y sucesor Theodore Roosevelt (1901-1909) fueron los impulsores del poderío naval y armamentista que más adelante contribuyó a consolidar la hegemonía militar de Estados Unidos durante el siglo veinte, un siglo convulso y marcado por eventos que cambiarían el rumbo de la historia de la humanidad: las dos grandes revoluciones en Rusia y China, las dos guerras mundiales en Europa, el lanzamiento sobre poblaciones vivas de Japón de las dos primeras bombas nucleares, la Guerra Fría que dividió al mundo en dos bandos, las guerras en Corea, y Vietnam, Camboya  y Laos, y en sus postrimerías, la expansión guerrerista hacia la región del Medio Oriente, cuyo impacto aún reverbera con consecuencias fatales en el mundo entero.

No empece todos esos acontecimientos trascendentales, la irrupción intempestiva de Donald Trump en el escenario político de Estados Unidos, bajo el Partido Republicano, fue como una descarga eléctrica de voltaje fatal, para la cual las élites políticas y económicas tradicionales, dentro y fuera de Estados Unidos, aún no han encontrado explicación ni consuelo.

Sus dos términos presidenciales – interrumpidos por la fallida presidencia del Demócrata,Joe Biden- han sido el motor tras la revuelta electoral del pasado martes, 3 de noviembre, con el vuelco de tuerca en Senado, Cámara de Representantes, Gobernaciones, Legislaturas Estatales, que han pasado de un bando al otro, reconfigurando el mapa político- electoral de Estados Unidos con el propósito de poner un freno a la agenda desbocada de Trump. Sus políticas favorecen al gran capital tecnológico y financiero, y han creado una mayor desigualdad económica y social, afectando el acceso a bienes esenciales, como alimentos, salud y vivienda asequibles, y encareciendo el costo de vida para cientos de miles de familias trabajadoras.

Por nuestra condición de colonia y mercado cautivo de Estados Unidos, el efecto de esas políticas de hegemonía y control económico se sienten con particular dureza en Puerto Rico, con un impacto devastador en nuestras familias trabajadoras y vulnerables. Los costos de energía, transporte y alimentos,  entre otros, se han disparado exponencialmente en Puerto Rico a partir de estos últimos dos años.

No hay duda de que Trump ha sido el presidente de los billonarios que lo llevaron al poder, y que detrás de su gobierno hay una agenda ideológica de ultra derecha, para garantizar los privilegios y el poder de la clase dominante a perpetuidad. Esa es la razón por la cual se persigue a los migrantes, se atenta contra los recursos y haberes de otros países, se recortan servicios esenciales, y se amenaza y extorsiona a los más débiles para, poco a poco, irlos sometiendo a su poderío.

Pero Donald Trump no salió de la nada. Es el «heredero» del impulso imperial de McKinley y Theodore Roosevelt, y de las políticas comerciales arancelarias (the McKinley Tariffs) y de las guerras depredadoras ( como la Hispanoamericana de McKinley y Roosevelt) y ahora la ocupación de Venezuela y la guerra de Irán por el petróleo, y la amenaza sobre Groenlandia por su ubicación geográfica, y sobre Canadá por el gas natural y los depósitos de metales raros, y el recrudecimiento del bloqueo y las sanciones contra Cuba. Y el afán por América Latina (como lo fue el control naval del Caribe, el canal de Panamá, y el Atlántico Norte por McKinley y Roosevelt) y ahora Trump por intereses geopolíticos y de minería. El neoimperialismo ultra derechista de Trump viene del mismo origen que permitió hace más de un siglo el crecimiento imperialista de Estados Unidos y las políticas comerciales depredadoras que, en su momento, impidieron el desarrollo de nuestros países  y convirtieron a nuestra región del Caribe y América Latina en «el patio trasero» de Estados Unidos.

Pero la historia es la mejor maestra. Y de ella se aprende que de las contradicciones surgen las soluciones. Y el paso de Donald Trump y su gobierno Republicano y ultra derechista por la política de Estados Unidos ha traído su propia contradicción. Y desde el fondo de esa misma sociedad, nuevos esfuerzos de progreso emergen para recoger los reclamos de los que el «sistema» abandona y organizarlos en una renovada fuerza política. Por eso, vemos con esperanza emerger nuevos rostros en la política de Estados Unidos, como los de la boricua Alexandria Ocasio Cortez, reelecta abrumadoramente, Claire Valdez y Dairaliza Avila Chevalier, ganadoras de escaños al Congreso por Nueva York,  del nuevo Senador electo por Michigan, Doctor Abdul Al Sayed, y muchas otras y otros  candidatos progresistas que engrosan las filas de los ganadores del Partido Demócrata, que esperamos que puedan hacer avanzar su agenda de progreso y alivio para los sectores trabajadores y desfavorecidos, y proteger a los migrantes y demás sectores marginados y excluidos  por las políticas inhumanas del gobierno de  Donald Trump.