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NaciÓN

Academia itinerante adiestra a jóvenes en la música

 

 

La iniciativa organiza sesiones intensivas en distintos pueblos del país

CLARIDAD

En miras de acercar la industria de la música a jóvenes de todo el país, la Fundación Rimas lanzó, en alianza con Spotify, la Academia Móvil, un estudio de grabación andante que expone a diversos estudiantes a talleres de escritura creativa, composición, grabación, baile y paneles de discusión con recursos expertos en el tema. La parada más reciente se dio, el 23 de octubre, en Coamo.

Para Yamira Flores Rodríguez, directora de Programas de la Fundación Rimas, la Academia Móvil forma parte de otras dos iniciativas que emprende la organización: una convocatoria de subvenciones para jóvenes universitarios que estudian alguna carrera relacionada con el arte, el deporte o la música; y la Academia, que comprende el vagón viajero y otras ubicaciones fijas en diversos puntos del país. Por último, Rimas tiene un programa de canalización de proyectos filantrópicos.

“Nosotros estimamos que para ahora, 2026, hemos impactado más de 5,000 jóvenes de manera directa e indirecta, porque nosotros nos ubicamos en unos espacios y podemos hacer programas muy intencionados, como este. Aquí trabajamos con 30 jóvenes a la vez, pero está la Escuela Rosalina Caraballo, en el barrio Amelia (Guaynabo), donde tenemos el vagón-estudio fijo con un currículo para más de 200 estudiantes de escuela pública”, compartió Flores Rodríguez.

La directora comentó del entusiasmo que este programa provoca en los diferentes estudiantes que les visitan, particularmente porque muchos no tienen contacto con estas actividades extracurriculares. En el caso de Coamo, los estudiantes de la Escuela José Ignacio Quintón aprovecharon tres días para participar de talleres que, al final, produjeron piezas musicales al son de merengues y plenas.

“Tratamos de buscar municipios donde usualmente no llega este tipo de recurso y repasamos los criterios de vulnerabilidad: índice de pobreza, índice de desempleo. De ahí partimos a reconocer una organización con la que ya hemos trabajado, como es el caso de la Fundación Ángeles del Centro (en Coamo). Respetamos muchísimo a las comunidades y sus criterios”, agregó.

De fondo, mientras Flores Rodríguez hablaba, sonaban los cueros de unos tambores y los mambos de algunas trompetas. Eran, según contaron después, las ediciones finales que recibieron las piezas producidas por los estudiantes. Un merengue acompasado competía por la atención de los reporteros que atendían a la directora de Programas. Al lado, escuchando las canciones con miradas impasibles, otra decena de estudiantes pintaban cuadros alusivos al vagón-estudio.

“Nosotros hacemos una preprueba con la organización sede. Durante esa preprueba, le preguntamos sobre los intereses de los jóvenes. A base de esa preprueba, nosotros organizamos la Academia. Ninguna academia es igual, ninguno de los talleres es igual, ninguno de los municipios que hemos visitado ha tenido la misma estructura. En esta escuela, quisimos que los jóvenes conocieran otros aspectos de la industria de la música”, elaboró.

La Academia Móvil, que comenzó este año, inició su recorrido por Caguas, Salinas, Loíza, Aguadilla y, ahora, Coamo. Aparte de estas paradas, la Academia está ubicada en el residencial Las Margaritas, en San Juan; en el Centro de Tratamiento Social, en Villalba, y el barrio Amelia, en Guaynabo. Todas las semanas, contó Flores Rodríguez, los recursos de la fundación visitan las distintas ubicaciones.

“Aquí, hoy, la Academia Móvil se ve más musical, pero la Academia Móvil que pasó, en Aguadilla, estaba más orientada hacia el deporte y la cultura. Todo va a depender de la comunidad que visitamos”, aseguró.

El último taller para esta parada

Fotos suministradas

En el taller principal, el comunicador José Carlos Figueroa charlaba con los 30 jóvenes participantes. Calzado con zapatos de distintos colores y una gorra de visera curva, recordaba los días entrañables de su niñez en que la abuela le decía «José Carlos, ¡qué mucho tú hablas! ¡Cógete un buche!». Desde entonces, contaba con orgullo, jamás abandonó su apego por las palabras, su ánimo parlanchín.

Al final de la tertulia, “el maestro Figue” –como le llamaban con cariño– repartió sobres con cartas para cada uno de los estudiantes. Cada cual los tomó y comentaba sus sospechas del posible contenido. Reían, cuchicheaban y todo se reunía, al unísono, como los grandes desconciertos de los gallineros. Hasta que Figueroa les reveló el secreto.

“Son cartas escritas por otros jóvenes de la Academia. Los jóvenes nos necesitamos los unos a los otros”, decía. De modo que cada participante debía, luego de leer la carta, redactar su propio recado para los futuros participantes.

Para escribir las cartas, el maestro Figue dejó un estuche en el medio del salón. Y cada estudiante, como palomas impelidas por un pitipuá callejero, salió de su silla para recoger algún material para escribir. Movían valijas negras que parecían de flautas, clarinetes, trompetas, percusiones y guitarras. La muchachería, acabado el frenesí, fruncía la mirada y blandía lápices de todo color.

La ceremonia final consistió en oír las tres piezas finales de los jóvenes. Le llamaron un listening party, y al final todos recibieron una mochila. El maestro Figue, empero, demoraba la gran develación. Los estudiantes, ansiosos, descorrían la cremallera del bulto mientras el comunicador evidentemente les corría la máquina. Los gritos despuntaron cuando todos se enteraron de los abrigos, las camisetas, gafas y gorras playeras que guardaban los bolsos.

“Engáfense, engáfense”, les ordenaba el maestro Figue para una foto grupal afuera del salón. La risería y la euforia siguieron puerta afuera.